lunes, 6 de junio de 2011

Señor Ollanta Humala y señora Keiko Fujimori: la tarea ahora es la reconciliación





Felicitaciones señor Ollanta Humala Tasso, ha sido elegido nuevo presidente del Perú, en el marco de un proceso electoral transparente, sin objeciones ni hechos lamentables de ningún tipo que empañen su victoria. Felicitaciones compatriotas, el día de ayer hemos ido multitudinariamente a las urnas a cumplir con nuestro derecho y deber cívico con tranquilidad, calma y creo yo mucho respeto. Seguramente en algún lugar del país, de manera aislada y esporádica se habrá registrado algún hecho que lamentar, esperemos que los mismos con el correr del tiempo se conviertan en parte de una historia, una historia que los peruanos queremos dejar atrás para construir una nueva, una historia mejor.



Se cierra un capítulo y se abre otro en la historia política de nuestra república, el anuncio de la ONPE (Oficina Nacional de Procesos Electorales) al 84,4% no hace sino confirmar lo que todas las empresas encuestadoras no tardaron en afirmar hacia las 8 de la noche del domingo que pasó, el candidato de Gana Perú y nuevo Presidente de la República, Ollanta Humala vencía, en una de las elecciones más ajustadas de nuestra historia a la candidata del fujimorismo e hija del ex dictador Alberto Fujimori, Keiko Fujimori, por un margen que fluctuará entre 1,5 y 2,5 puntos porcentuales en la medida que los resultados vayan acercándose al 100% de las actas procesadas. Este capítulo, el de las elecciones presidenciales 2011 se cerró, nos guste o no nos guste, el líder del nacionalismo ha vencido en las urnas y esa es una verdad incontestable.



Para aquellos que se sienten perdedores, para aquellos que ven o siguen viendo en el señor Humala al mismísimos demonio, los días siguientes a esta elección deben servirles como una etapa de reflexión crítica y aguda en torno al porqué de este resultado. No debe caber en la cabeza de muchos peruanos, al menos por ahora, el hecho que la candidata mejor posicionada y favorita de los medios de comunicación, protegida de los grandes grupos de poder económico y mejor vista en la capital haya perdido esta partida. Quizá sea interesante que este mismo sector revise el comportamiento electoral en esta jornada, observe con detenimiento que la representante de la derecha solo ganó ampliamente en Lima, y en otros 5 departamentos aproximadamente pero por muy estrecho margen, porqué el resto del país le dio la espalda de manera contundente con cifras en las cuales Gana Perú superaba el 70% de la votación. Keiko Fujimori, el fujimorismo, y el sector al cual ella representó en esta jornada deben repensar el Perú y darse cuenta que la mirada del país no puede ser tan centralista, que el Perú es un país cuya complejidad y contradicciones son muy agudas y que por tanto requiere de una mirada mucho más integral.



Por su parte, Ollanta Humala, vuelve a capitalizar, vuelve a fortalecer a los departamentos del sur y la sierra central como verdaderos bastiones electorales. Ya en el año 2006, cuando compitiera con Alan García, había obtenido un importantísimo respaldo en estas zonas, el mismo que ha vuelto a ponerse de manifiesto en 2011, el mismo que hoy en día lo coloca en el sillón de Pizarro, para tranquilidad de algunos y para conmoción de otros tantos. Pero el señor Humala deberá formularse preguntas similares, deberá repensar su relación con la capital, deberá usar toda la inteligencia posible y la de sus asesores y equipo técnico para establecer una relación mucho más directa y cordial con el votante capitalino y el votante de las grandes capitales de departamentos, los mismos que en esta oportunidad decidieron girar su voto hacia su derecha. Lima, sigue siendo, y entiendo por mucho tiempo, el centro del país, es muy difícil que un presidente realice una gestión exitosa sino cuenta con un apoyo, con redes y alianzas que le permitan mantener el orden y la tranquilidad social en esta gran urbe de más de 8 millones de peruanos.



En síntesis, tanto Ollanta Humala como Keiko Fujimori deben hacer su tarea, deben tomarse un respiro para analizar el resultado de estas elecciones, con frialdad y mucha madurez política, hacer el control de daños correspondiente, y sentar las bases de lo que se tendrá que hacer en los próximo 5 años, Ollanta Humala, como presidente del Perú, y Keiko Fujimori, como líder de la oposición, nos duela a quien nos duela. Pero el deber sobrepasa a las personalidades de ambas figuras. La clase política en general, si es que la tenemos y eso lo dudo hace ya algunos años, deberá sumar esfuerzos para reconciliar el país. Esta elección deja abierta muchísimas heridas, muchísimos frentes de batallas en los cuales los sobrevivientes siguen dispuestos a blandir las espadas. La clase política debe ser coherente y madura, hacer saber a la población que en una democracia la participación se somete a determinadas reglas de juego, que el que pierde debe reconocer la victoria del vencedor, y que el que se alza con el triunfo debe ser grande y reconocer al otro como un rival político pasajero que desde el minuto uno del gobierno se convierte en su aliado hacia la construcción de un país mejor.



El Perú, y esa ha sido la voluntad ciudadana expresada en las urnas, tanto en primera como en segunda vuelta, requiere de un gobierno de ancha base. El Perú requiere del nuevo presidente la capacidad para dialogar y generar consensos con las diversas fuerzas políticas y sociales a fin de establecer un acuerdo programático en el cual se fijen los objetivos del Estado para los próximos años, metas en el sector educativo, salud, lucha contra la pobreza, seguridad ciudadana, fortalecimiento de la institucionalidad democrática y crecimiento económico con un manejo fiscal y monetario coherente, deberán ser los temas en torno a los cuales gire la discusión en los próximos meses. La campaña electoral ya terminó, los adversarios del ayer están cada uno en sus respectivos lugares, de lo que se trata en adelante es de sumar esfuerzos con el nuevo gobierno, lo que no supone complicidad con actos innobles en los cuales pueda incurrir, pues lo peor que nos puede pasar en esta hora es creer que quien es elegido goza de total libertad para hacer y deshacer en el Estado como mejor le plazca, esa historia es la que el Perú dejó de lado en esta elección, esa historia es la que no debemos volver a repetir nunca más.



Pero esta elección nos deja tres importantes ideas que a mí me gustaría sólo mencionar, seguramente habrá tiempo para un análisis muchísimo mayor, con el correr de los días podremos estudiar y leer con mayor frialdad el panorama político y social que esta elección nos deja, y seguramente volver a discutir y confrontar opiniones, espero ya no con el ánimo de polarizar el país sino con el firme deseo de establecer entre todos nosotros vasos comunicantes que nos acerquen y nos conviertan en ciudadanos de una misma nación, pero por el momento permítanme marcar tres reflexiones.



Ollanta Humala es el tercer Presidente de la República elegido democráticamente de manera consecutiva. Esto que podría parecer algo usual en cualquier país medianamente civilizado en el mundo es digno de resaltar en el nuestro, hasta diría es motivo de aplauso, orgullo y satisfacción. Un país acostumbrado a ver interrumpidos sus ciclos democráticos de manera abrupta, ya sea por la intervención violenta y arbitraria de los militares, llevados de la mano de un caudillo uniformado o civil, sea de derecha o izquierda, de derecha en más oportunidades para ser más fieles con nuestra historia, debe sentirse, por lo menos satisfecho al ver que el señor Ollanta Humala coronará el periodo más extenso de continuidad democrática y respeto por el orden constitucional de nuestra historia, al menos eso esperamos todos, todos los que en esta oportunidad le dimos nuestro respaldado, a pesar de los temores, fundados creo yo, que esto implicaba.



En el Perú, es la primera vez que la izquierda, o una confluencia de movimientos de izquierda o centro izquierda en la base de la plataforma política de segunda vuelta, llega al poder por la vía de las elecciones libres. Por vez primera, la izquierda, o los movimientos progresistas dan el salto a Palacio de Gobierno, es un dato no menor, que como tal corresponde destacar, sobre todo si se tiene en cuenta que hace 6 meses nadie le apostaba dos centavos a ese caballito de paso un tanto torpe y a veces desatinado llamado Ollanta Humala. Siendo ello así, espero, de todo corazón y con profunda honestidad, sobre todo por el bien de todos los peruanos, que la izquierda peruana, no desperdicie, no desaproveche la gran oportunidad que la generosidad del pueblo peruano le ha conferido en la hora actual. Quiero pensar que los líderes y personalidades que se han sumado, directa o indirectamente, al proyecto de Gana Perú serán lo suficientemente inteligentes para seguir la línea de una izquierda democrática, liberal, moderna, capaz de generar confianza en los inversionistas, generando nuevos puestos de trabajo, recaudando mayores ingresos, para ponerlos al servicio de todos los peruanos, en especial en manos de los que menos tienen, de los pobres del Perú, que para horrores de todos nosotros, aun siguen siendo una inmensa mayoría. Que Humala se parezca más a Lula y no a Chávez dicen algunos, yo creo, o en todo caso, a mi me gustaría que se parezca mucho más a la izquierda uruguaya de Tabaré Vasquez o la chilena del presidente Lagos.



Por último, esta elección nos deja una lección mucho más importante, una lección que debe hacer suya no solo la élite política sino todos los peruanos, debemos preguntarnos no por el resultado, sino por las razones que están detrás del mismo. Algo debe andar mal en el país para que el candidato al cual todos calificaron como el antisistema en primera vuelta (me incluyo, aunque Keiko también lo era y mucho más creo yo) le haya ganado la partida a la defensora de ese modelo económico al cual tantos endiosan y al cual nadie se atreve a criticar porque lo cree perfecto. Algo debe andar mal en el Perú para que a pesar de generar cifras de crecimiento mayores al 7% durante más de 5 años, casi un 50% de peruanos haya optado por el cambio (hablo de los porcentajes obtenidos por Ollanta y Keiko en primera). Algo debe andar mal en el Perú para que a pesar de las cifras de pobreza y pobreza extrema que tenemos exista un importante sector de ciudadanos, especialmente del sector empresarial y financiero que se oponen frontalmente al cambio con el único deseo de mantener el orden establecido, un orden que les permite vivir cómodamente de espaldas a un país y a una realidad que parece serles ajena, o en el peor de los casos y en el colmo del egoísmo parece simplemente no importarles. Algo debe andar mal en el Perú, para que la candidata que para muchos representaba el retroceso moral, la reivindicación de la dictadura, la representante de la corrupción, esa que amamantó con beneplácito y hasta con deleite a esos grupos de poder que pusieron a su servicio periódicos, radio y televisión, ayer y ahora, hace algunas horas nada más, haya estado a punto de alzarse con la victoria. Algo debe andar mal en Perú para que a quienes hablamos y defendemos principios éticos o creemos que la política no debe estar desligada de la moral, se nos tilde de cojudos, y a quienes cuestionamos el modelo imperante, y apostamos por un crecimiento y una economía con rostro humano o sostenemos la necesidad de empoderar al ciudadano fortaleciendo sus derechos y libertades, se nos tilde de izquierdistas, subversivos, marxistas, o en el lenguaje fujimorista, “caviares”. Suerte al próximo presidente, y que sus promesas se conviertan en realidades, algunos, no puedo decir todos, trataremos de ser su más férrea oposición si las circunstancias así lo exigen. Pues el ciudadano no debe perder ni renunciar jamás a su sagrado derecho a la crítica.

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viernes, 17 de diciembre de 2010

Las tendencias electorales en el Perú: ¿Quién ganará en el 2011?


Alfredo Torres, director ejecutivo de Ipsos Apoyo Opinión y Mercado, empresa líder en su campo en el país, ha publicado hace apenas algunas semanas un libro titulado “Opinión Pública 1921-2021”. El libro hace un interesante recorrido a lo largo de los casi 200 años de vida republicana de nuestro país. El autor, con la rigurosidad y minuciosidad estadística que lo caracteriza, nos muestra una serie de datos y cifras que grafican de una u otra manera el proceso de consolidación democrática y desarrollo en nuestro país, centrando su mirada en 4 momentos de particular interés social, político y económico, en los cuales el estudio y el énfasis puesto en el análisis de la opinión pública han cobrado mayor relevancia.


Estos periplo se inicia en el año de 1921, fecha en la cual se celebró el Centenario de nuestra independencia, durante el gobierno de Leguía. Continúa en 1971 con la celebración por el Sesquicentenario, bajo el gobierno del general Juan Velasco Alvarado. Luego, el viaje tiene como siguiente parada el año 1991, fecha que marca el inicio de la dictadura de Alberto Fujimori. Para finalizar con el retorno de Alán García Pérez al poder en el año 2006, tres lustros antes de conmemorarse el Bicentenario de nuestra república.


El libro arroja una serie de datos y estadísticas que ilustran y evidencian la profunda transformación que nuestro país ha sufrido a lo largo de su vida republicana, los numerosos retrocesos y sin sabores que en materia de desarrollo económico y político hemos experimentado todos los peruanos, los cambios de opinión y tendencias políticas marcadas por el populismo, el clientelismo, y el autoritarismo, los cuales, en uno u otro sentido, explican o permiten extraer conclusiones en torno al porqué de nuestro atraso y al porqué de nuestra fragilidad institucional y democrática.


Por razones de espacio y tiempo no puedo hacer una breve reseña de toda la información que este importante trabajo de Alfredo Torres trae consigo. Es por ello que en esta oportunidad, dado el comienzo de una nueva campaña electoral en nuestro país, centraré la mirada en el análisis que Alfredo hace en torno a las grandes tendencias electorales que los estudios de opinión pública y las encuestas en materia electoral han arrojado a lo largo de las últimas décadas en el Perú. Alfredo, con rigor académico y minuciosidad propia de alguien que ha logrado ganarse el respeto de propios y extraños, a pesar de haber sido blanco de las diatribas de quienes no viéndose favorecidos por el voto popular buscan siempre culpar a las encuestadoras de sus propios fracasos, nos brinda una valiosísima información en torno a las grandes tendencias electorales que se han venido presentando en los comicios en nuestro país, sobre todo en cuanto a las elecciones presidenciales. Estos apuntes que serán resumidos en 7 grandes ideas son de necesaria revisión por parte de los ciudadanos, y en especial, por aquellos que competirán por el Sillón de Pizarro en el 2011.


Un primer apunte señala que los errores y desaciertos cometidos por el gobernante saliente determinan en gran medida las características y la oferta electoral que los candidatos a sucederlo le ofrezcan al electorado. Dicho de otro modo, el candidato debe ser capaz de mostrase ante la ciudadanía como una alternativa de cambio responsable capaz de enmendar los errores cometidos por el gobierno pasado, dando continuidad a todo aquello que es valorado por la población como un aspecto positivo en la gestión del presidente a suceder. Como ejemplo, Alfredo hace mención a lo ocurrido en la última campaña presidencial en la cual la impopular gestión de Alejandro Toledo polarizó a la opinión pública entre el cambio radical, representado por Ollanta Humala, y el cambio responsable, de Alan García, al final sabemos todos cual fue el resultado de esa contienda.


Un segundo apunte es el vinculado a la importancia que cobra la figura personal del candidato, la cual se erige por encima de la estructura o institucionalidad de la agrupación, movimiento o partido político que lo presenta como su candidato. En esa línea, queda claro que la capacidad y el carisma que el candidato proyecte entre los votantes será un factor decisivo y determinante en su carrea hacia la presidencia. Es justamente esa capacidad personal y de seducción la que le permitirá captar un importante número de votos entre los independientes, es decir entre aquellos electores, que son la mayoría en nuestro país, que no le deben fidelidad a partido o agrupación política alguna. Esta tendencia explica porqué tanto en el caso de Acción Popular o el Apra, dos de los partidos con mayor tradición en nuestro país, estos sólo han podido alzarse con el triunfo electoral cuando han contado con figuras carismáticas como Fernando Belaunde y Alan García, respectivamente. Cuando ello no fue así, cuando el candidato elegido para que los represente fue un militante carente de dicha capacidad el resultado obtenido se resumió en una sola palabra: Fracaso.


Un tercer apunte señala que en nuestro país la derecha democrática y liberal no ha ganado nunca una elección presidencial. Los electores identificados con los ideales de una derecha moderna y democrática, respetuosa del orden jurídico y de la institucionalidad democrática no han podido celebrar jamás un triunfo en las elecciones generales. Las ideas liberales han sido implementadas desde el gobierno no por los políticos del partido de gobierno de turno sino por los tecnócratas que afincados en algún ministerio u organismo han tratado de ponerlas en práctica, pero hasta el momento el Perú no ha contado con algún candidato que inspirado en los valores de una derecha democrática resulte vencedor. Lo preocupante es que en los últimos años los únicos dos triunfos de la derecha registrados en el país corresponden a los años 1995 y 2000, años en los cuales el dictador Fujimori, desprovisto de todo tipo de discurso ideológico, y amparado por el apoyo de las Fuerzas armadas, los grupos de poder económico, y algunos sectores de la Iglesia, asumió por puro pragmatismo el modelo económico de mercado, dejando de lado los principios básicos del Estado de Derecho, como el principio de separación de poderes, el respeto por la libertad de expresión o el resguardo de la institucionalidad democrática. En otras palabras, la derecha autoritaria y antidemocrática, a diferencia de la derecha democrática y liberal, apelando a un discurso populista y clientelista, ha logrado el respaldo popular, más allá de las series y comprobadas acusaciones de fraude difundidas en el país, en especial con motivo de la segunda reelección de Fujimori en el año 2000.


Un cuarto apunte nos dice que la izquierda en el Perú es una fuerza política y electoral marginal. Es decir, ni en su versión moderada ni en la más radical ha logrado recibir un respaldo popular importante que le permita ser gobierno. Los candidatos de la izquierda, la mayoría de ellos anclados en la vieja prédica marxista de años pasados, desprovistos de un discurso moderno, liberal, y auténticamente democrático, capaz de despertar en los jóvenes entusiasmo por el cambio y esperanza en el futuro, no han logrado hacerse del voto de las grandes mayorías, ni siquiera entre los trabajadores independientes, los pequeños empresarios o el campesinado. Así, tenemos que el único logro electoral de la izquierda importante se remonta al año 1983 con la elección de Alfonso Barrantes como alcalde de Lima, aunque en aquella oportunidad el discurso del mismo estuvo más cerca del populismo, el asistencialismo y el cooperativismo, que de un conjunto de principios auténticamente de izquierda. Quizá ello explique el porqué el actual candidato Ollanta Humala, tildado de radical o antisistema en las elecciones de 2006, no escatima esfuerzos por colocarse en el centro del tablero político, para lograr así un mayor acercamiento al sector independiente y desideologizado.


Un quinto apunte afirma que la alcaldía de Lima no es un trampolín confiable de cara a una elección presidencial. En otras palabras, ninguno de los alcades elegidos y reelegidos en el cargo de burgomaestres de la ciudad de Lima, logró obtener una votación importante en la elección presidencial en la cual decidió postular. Ello les ocurrió a Luis Bedoya, Alfonso Barrantes, Ricardo Belmont y Alberto Andrade, respectivamente. Ninguno de ellos pudo convencer a los votantes y lograr su respaldo mayoritario en las urnas. Al parecer, tal y como arrojan las estadísticas, los votantes del resto del país asumen que elegir a un ex alcande de Lima como presidente de la república lo único que ocasionaría es la consolidación del centralismo limeño y la consiguiente despreocupación por el Perú provinciano. En todo caso, si el señor Castañeda pretende ser presidente de nuestro país debe saber que tendrá que hilar muy fino ya que el reto es mayúsculo, no sólo tendrá que vencer a sus oponentes, sino también a la historia misma, aunque siempre hay una primera vez para todo.


Un sexto apunte dice que en el caso del Perú los ex presidentes pueden volver, por muy mediocres o catastróficos que hayan sido sus gobiernos. Belaunde, y en especial Alan García, son prueba de ello. Un dato interesante es que en ambos casos los ex presidentes volvieron a Palacio de Gobierno luego de un período de diez años. Tiempo durante el cual, en ambos casos, los candidatos guardaron perfil bajo y se abstuvieron, por una u otra razón, de cobrar un protagonismo superlativo en la política nacional. Ellos aparecieron en los meses anteriores a la campaña. Tal parece que a pesar de sus fracasos, el pueblo peruano exige un periodo prudencial para perdonar los pecados y echarlos al olvido. Incluso, se podría decir que a pesar de los fracasos se prefiere al malo conocido y con algo de experiencia que al bueno por conocer, jamás un dicho popular graficó mejor un escenario político creo yo. Ahora bien, en esta elección, con el dictador Fujimori, preso y condenado a 25 años de prisión por delitos contra los derechos humanos y de corrupción al más alto rango, será imposible poner a prueba esta tesis, salvo su hija se encargue, como hasta ahora lo hace, de utilizar la figura de su padre y exhibir los logros de su gobierno, como la única carta de presentación que avala su candidatura.


Finalmente, y vinculado al cómo armar un plan de gobierno, y sobre todo, a la manera de llevar el mensaje político por Costa, Sierra y Selva, en el libro se señala que la mayoría de votantes lo hacen de acuerdo a su identidad regional y socioeconómica. En el caso de Lima, y la costa norte del país, los electores se identifican más con un discurso más abierto a la globalización, al mercado, respaldan las medidas que fortalezcan la iniciativa privada. La sierra sur lo hace por posiciones más nacionalistas y paternalistas. Mientras que en el resto del país, los electores se identifican con posiciones intermedias, que buscan equilibrios tanto en el campo económico como social. Los resultados de la última elección presidencial son la prueba más tangible de lo que aquí se afirma, basta recordar que el candidato de la izquierda radical, tal como fue bautizado Ollanta Humala, tuvo como bastión electoral los departamentos de la sierra sur, y perdió categóricamente en Lima y otras ciudades de la costa.


Sin lugar a dudas, la obra de Alfredo Torres constituye una de las más importantes investigaciones hechas en el campo del análisis de la opinión pública. A mi modo de ver, es un libro de lectura obligatoria para cualquier ciudadano que pretende profundizar en el estudio de este campo, o que simplemente busca estar bien informado en cuanto a los procesos de transformación política, económica y social vividos en nuestro país durante nuestra historia última. Las ideas que hemos vertido en esta oportunidad tienen como base lo afirmado por Alfredo, sobre las cuales hemos tratado de reflexionar incorporando alguno que otro comentario. Creo que teniendo próximas las celebraciones de la navidad este libro es, sin lugar a dudas, un regalo a tener en cuenta durante las compras familiares. Solo debo darles un consejo, como señala el propio Alfredo: “Existen ciudadanos políticamente atentos, distraídos e indiferentes. Este libro está pensado para los primeros para aquellos interesados en la historia contemporánea y en el futuro del Perú, pues se trata de un viaje que nos permitirá descubrir cómo somos y qué queremos los habitantes de este país”.

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