jueves, 4 de octubre de 2012

Sobre el indulto a Alberto Fujimori





Veo con preocupación cómo los medios de comunicación hacen esfuerzos por “formar opinión” en torno a la posibilidad de que el Presidente de la República le conceda un indulto humanitario al reo Alberto Fujimori. Digo ello, pues en la mayoría de los casos la información y las reflexiones que ellos propalan no hacen sino distraer la atención sobre lo que en mi opinión debe ser el debate central en este tema: cumple o no Alberto Fujimori con los requisitos legales previstos para el otorgamiento de esta gracia presidencial.

De un lado, tenemos a un importante número de medios de prensa que más o menos sostienen la siguiente tesis: Alberto Fujimori fue un presidente que cometió errores como todos, pero si evaluamos sus logros y sus pasivos, los primeros son mayores que los segundos; y por tanto, es merecedor de este beneficio.

En la otra orilla, tenemos a otro sector en donde la lógica es la misma pero en sentido inverso: Alberto Fujimori fue un presidente que si bien tuvo éxitos, cometió crímenes contra los derechos humanos e innumerables actos de corrupción que de ninguna manera pueden ser perdonados, y por tanto, no merece ningún tipo de beneficio.

Creo que en ambos casos la reflexión es completamente errónea. Sostengo ello pues para conceder un indulto humanitario no se requiere de un análisis que pase por evaluar si la persona que lo solicita tiene o no una hoja de vida positiva. Dicho de otro modo, en el caso puntual del indulto humanitario para el condenado Alberto Fujimori, el Poder Ejecutivo no evaluará la gestión gubernamental de este señor, ni tampoco sus logros obtenidos, ni mucho menos el número de delitos por los cuales ha sido sentenciado.

Lo que vemos, en mi opinión, es la voluntad de cierta prensa de crear un clima a favor o en contra de Alberto Fujimori, para presionar con ello al Presidente de la República para adoptar una decisión que vaya en un sentido u otro. Es decir, recurren a la estrategia bajo la cual Alberto Fujimori es mostrado como un héroe nacional que merece el indulto, o lo hacen aparecer como un ser abominable cuya figura representa lo más vil y despreciable de la política peruana.

Al mismo tiempo, y con el concurso de “ilustres juristas”, cierta prensa trata de colocar en el imaginario colectivo la siguiente premisa: no existe ningún límite legal para que el Presidente conceda el indulto, y por tanto, la decisión pasa únicamente por la voluntad del Jefe de Estado.

En esa misma línea, tenemos a otro sector que con el mismo método no se cansa de afirmar lo siguiente: no procede el indulto para quienes han sido sentenciados por delitos que califican como delitos de lesa humanidad como es el caso del sentenciado Alberto Fujimori, por ese motivo el Presidente no podría concederle este beneficio. Sobre ambos planteamientos haré dos apuntes.

En primer lugar, es falso afirmar que la facultad presidencial de indultar sea ilimitada. Ningún acto de poder público es ilimitado o está exento de control. En una democracia los actos de todas las autoridades y funcionarios públicos, el Jefe de Estado entre ellos, se ejercen de conformidad con el marco constitucional y legal vigente. En tal sentido, si existe una ley que regula la concesión de indultos (inclusive los humanitarios), esta debe ser respetada pues el Presidente no puede actuar en contra de lo establecido por el orden jurídico (por ejemplo, de acuerdo a la legislación vigente, no procede el indulto para quienes como el reo Alberto Fujimori, fueron condenados por el delito de secuestro agravado).

En segundo lugar, si bien la justicia supranacional ha señalado que los derechos de gracia como el indulto o las amnistías no proceden a favor de quienes han cometido delitos calificados como de lesa humanidad, no es menos cierto que nada se ha dicho con respecto a la posibilidad de conceder “indultos humanitarios”, incluso para quienes han incurrido en este tipo de atroces delitos como es el caso del sentenciado Alberto Fujimori, con lo cual, desde un punto de vista estrictamente jurídico, no existe prohibición expresa que impida la adopción de esta decisión al Jefe de Estado.

En mi opinión, creo que todos los que venimos sosteniendo una posición a favor de los derechos humanos y la democracia en nuestro país debemos aceptar que “el indulto humanitario” sí procede para quienes fueron sentenciados por crímenes aberrantes como los perpetrados en el Caso Cantuta y Barrios Altos. Debemos entender que el “indulto humanitario” sí procedería incluso para el condenado Alberto Fujimori. Ello es así, pues en una democracia ninguna persona debería morir en la cárcel (subrayemos la palabra ninguna).

Un indulto de este tipo debe ser entendido como un gesto de humanidad y compasión que la democracia le estaría otorgando a un dictador que durante diez años se encargó de destruirla cometiendo actos tan deleznables como: quebrar el orden constitucional, violar los derechos humanos, secuestrar personas, comprar las líneas editoriales de los medios de comunicación, comprar la conciencia de congresistas tránsfugas, crear una red de interceptación telefónica clandestina, disponer del dinero público de manera ilegal, renunciar por fax a la Presidencia de la República, entre muchos otros que devastaron los cimientos de nuestra república.

No obstante ello, debemos ser respetuosos del dolor ajeno, del sufrimiento que han experimentado los familiares de quienes fueron asesinados y desaparecidos en los Casos Cantuta y Barrios Altos, de aquellos a los cuales el reo Alberto Fujimori se encargó de convertirlos en víctimas atroces de violaciones a los derechos humanos. La mejor manera de mostrar ese respeto y consideración para con todos ellos es evaluar estrictamente si en estos momentos el sentenciado Alberto Fujimori cumple o no con los requisitos para ser merecedor de este tipo de indulto (enfermedad terminal, grave peligro para su salud y/o desorden psíquico).

En mi opinión, luego de haber escuchado las declaraciones de Juan Postigo, médico de Alberto Fujimori desde el año 1997, creo que el condenado Alberto Fujimori no presenta el cuadro médico exigido por la ley para el otorgamiento de esta gracia presidencial. Por esta razón, el Presidente de la República debería rechazar dicho pedido.

Este artículo también será publicado en www.consultaprevia.net.com y www.muladarnews.com

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viernes, 19 de marzo de 2010

Ser ministro en el Perú: el caso Crousillat


Para ser ministro de Estado en el Perú sólo se requieren cumplir tres requisitos: ser peruano de nacimiento, ciudadano en ejercicio y haber cumplido 25 años de edad. A muchos estos tres requisitos les parecen suficientes. Otros tantos opinan que existen algunos requerimientos de tipo académico, profesional o ético que deben ser exigidos a todo aquél que asume esta importante responsabilidad. Yo me encuentro en el grupo de los primeros, aunque debo reconocerlo, los últimos acontecimientos suscitados en nuestro país a raíz del irregular indulto otorgado al hoy prófugo de la justicia Crousillat y la ridícula manera como el gobierno, a través del hoy despedido ex ministro de Justicia, Aurelio Pastor, ha tratado de maquillar y pasar por alto este descalabro político, me han hecho reconsiderar seriamente mi posición inicial.


Desde siempre, desde muy niño he escuchado que los ministros de Estado juramentan en el cargo llevando su carta de renuncia bajo el brazo. ¿Qué quiere decir ello? Simplemente que la estabilidad en el cargo de un ministro dependerá de la coyuntura política del momento y del nivel de responsabilidad que le toque asumir por algún error voluntario o involuntario que haya cometido induciendo a equivocación al Presidente de la República, y ello porque según señala nuestra Constitución, los ministros son responsables por sus propios actos y por los actos presidenciales que refrendan.


¿Qué pasó entonces? ¿Por qué en esta oportunidad el ex ministro de Justicia decidió abrazar con pasión su sillón ministerial y no dar el paso al costado cuando todo el Perú, salvo su esposa y algunos familiares, se lo pedía? ¿Porqué forzar una salida abrupta que más tuvo de jalón de orejas y patada en las cuatro letras que de retiro decoroso? ¿Por qué colocar al Presidente de la República en una situación tan complicada? ¿Por qué olvidar que la dignidad, el orgullo y honor propio están por encima de cualquier posición de privilegio que por más sabrosa que sea siempre será momentánea? Hagamos un poco de memoria.


En diciembre del año pasado el Poder Ejecutivo, nos sorprende con un sorpresivo indulto presidencial al hoy prófugo y otrora corrupto Crousillat. Las razones expuestas para la concesión de dicha gracia fueron dos básicamente: la avanzada edad del bribón (77 años) y la situación de salud crítica que este atravesaba. Como era de esperarse la decisión del Gobierno trajo cola y de inmediato los medios de comunicación levantaron la noticia sugiriendo algún tipo de irregularidad o prebenda en el trámite, análisis y concesión del indulto.


De inmediato, el ciudadano promedio del Perú, bombardeado por el sin número de notas periodísticas que sobre el tema circulaban en todas las redacciones y portales de noticias del país, se vio obligado a reflexionar sobre un tema que muchas veces no supera las fronteras de una clase de Derecho o la preocupación de algunos académicos que escriben e investigan sobre el tema. ¿Puede el Presidente de la República indultar a un delincuente? ¿Puede el presidente indultar a un corrupto y colaborador de una dictadura? Más aun ¿Puede el Presidente de la República indultar a Crousillat y que no pase nada? Sí. Si revisamos con atención el texto de nuestra Constitución, el Presidente de la República puede indultar a un sentenciado, con lo cual el Estado renuncia a hacer efectiva la pena que con anterioridad le impusiera. Es decir, jurídicamente el indulto es una atribución presidencial discrecional, que se concede incluso, sin ningún tipo de motivación o razones que justifiquen la decisión.


Lo particular en este caso es que si el Presidente hubiera indultado a Crousillat sin mayor razón que su “conocida tendencia a creerse el redentor de todos los peruanos”, hubiera generado una corriente de opinión tan negativa, que de inmediato no uno, ni dos, sino todos los peruanos hubieran visto en el actual mandatario a un cómplice más de la mafia y de la corrupción que azotó a nuestro país en la década pasada y sigue queriendo desestabilizar a nuestra débil democracia en nuestros días. En ese escenario, la intención debía de ser maquillada, había que buscar la manera legal de cumplir el propósito de una manera elegante, el Presidente quería ser visto como un ser magnánimo, como César cuando en el circo romano manteniendo el pulgar en alto salvaba de la muerte a algún cristiano o gladiador caído, así quería verse el Presidente, como César, jamás pensó que terminaría superando las actuaciones del mejor Cantinflas.


En ese escenario acudió a la persona que de acuerdo a ley es su asesor legal, el ministro de Justicia, conocido en el ambiente político con el nombre de “Aurelio el contradictorio”, “Aurelio el perseguido”, “Aurelio el mártir”. Este célebre personaje no tuvo mejor idea que decirle al presidente que la cuestión era sencilla, había que invocar la figura del Indulto Humanitario (como ya hemos dicho este se le es concedido a personas de avanzada edad o personas que sufren una grave enfermedad que les impide estar recluidos al interior de un penal). Sólo faltaba superar un escollo, había que conseguir informes médicos que acrediten la gravedad de los males que aquejaban a Crousillat, era necesario que en dichos informes se señale que la cárcel era un lugar inapropiado para el delincuente, que la permanencia en la cárcel empeoraría su ya maltrecha salud, y por tanto la única salida era indultarlo por razones humanitarias.


El indulto se concedió, a pesar de la protesta de tirios y troyanos, Aurelio consiguió su objetivo. El enfermo grave, el moribundo era indultado. Lo que no imaginó Aurelio, ni en la peor de sus pesadillas, es que el enfermo grave, emulando al Lázaro bíblico, se levantó de entre los muertos y en lugar de ascender a los cielos fue de compras al Supermercado Wong de Asia y luego decidió nutrirse con los deliciosos potajes del Costanera 700. Es decir, el moribundo, se levantó, caminó, corrió, compró, tragó, y con una sonrisa socarrona y sacándole la lengua al propio gobierno, nos hizo una demostración de soberbia y de impenitente arrogancia.


¿Qué pasó entonces? Muy simple. El cacaceno nunca estuvo moribundo, la enfermedad grave que se decía atravesaba nunca existió, salvo en el imaginario del inefable Aurelio, Crousillat, y perdónenme el francés, nos volvió a meter el dedo a todos, a todititos. A pesar de ello, el gobierno se mantenía en sus cuatro, defendiendo a capa y espada el indulto dado. Nada podía hacernos presagiar que el indulto al fin y al cabo sería anulado. ¿Qué cambió entonces para que el gobierno diera un paso atrás? Muy simple también. Toda la opinión pública le empezó a hacer cargamontón al Gobierno, todo es una farsa, todo es una corruptela, García quiere poner de rodillas a Canal 4, García quiere a un medio de comunicación blandito para las elecciones que se vienen, comenzó a especularse en las calles. La jugada política había fallado, la bomba reventó en la cara del explosivo Aurelio, el estiércol le salpicó al gobierno, e incluso Alan tuvo que sacar su pañuelo blanco y limpiarse la mugre del rostro.


Alguien debía pagar los platos rotos, alguien debía asumir la responsabilidad política, se debía encontrar a un tonto útil contra el cual arremeter, ese tonto era Aurelio, la respuesta es evidente. Más aún, el propio Aurelio, haciendo gala de una dignidad que luego olvidó, le dijo a todos los peruanos que él renunciaría si el indulto era revocado. El camino estaba llano, Aurelio, obligado a firmar la nulidad del indulto que él antes concedió, no tardaría en presentar su renuncia. El presidente espero, espero sentado, tejiendo como Penélope en espera de Odiseo, pero la renuncia nunca llegó. Entonces, García recordó sus años de futbolista y estampó un tremendo puntapié en las posaderas de un ministro cuya presencia generaba una tremenda inestabilidad política.


¿Es así como se debe tratar a un ministro? No ¿Fue infraterno García? Yo creo que sí. O es que alguien cree que el hecho de que García lo haya despedido como a cualquier empleado de menor rango lo releva de su propia responsabilidad. O es que alguien cree que, como dice el propio presidente, García fue víctima de un engaño artero, y que él no sabía nada. Yo quisiera creer en la palabra de García, por la salud democrática de nuestro país preferiría creer que todo no fue más que un gigantesco error, pero no puedo mentirles, ni mentirme a mí mismo, este asunto huele mal, y el mal olor proviene de las más altas esferas del gobierno.


Aurelio, qué decir, seguramente luego de salir a arremeter contra los grupos de poder, luego de acusar al grupo El Comercio de ser responsable de su despido, y sobre todo, luego de saberse solo en su afiebrada alucinación, guardará reposo, volverá al Congreso, del cual nunca debió salir, será candidato por alguna región, y luego de algún tiempo, pasará piola como ahora lo hacen tantos politicastros que como él, prefirieron morir chamuscados a reconocer caballerosamente un error.


Les confieso algo, quisiera ser amigo de Aurelio, me parece un tipo anecdótico, criollo, buena gente. Pero tengo una duda, no sé si ser amigo del Aurelio que firmó el indulto, o amigo del Aurelio que lo revocó una semana después, esa bipolaridad, esa confusión de personalidades me perturba. Ustedes qué me aconsejan.



Rafael Rodríguez Campos

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