martes, 12 de abril de 2011

La primera vuelta electoral: cuando los ignorantes somos los que ignoramos


Ollanta Humala y Keiko Fujimori, en ese orden, serán los protagonistas de la segunda vuelta electoral. Su triunfo ha sido indiscutible y legítimo, eso es inobjetable. Ambos candidatos, a pesar de ser los más resistidos dentro del grupo de cinco que postularon en esta oportunidad a la presidencia de la república han logrado captar el mayor número de votos. Esas son las reglas del juego democrático, quien ingresa en la carrera electoral debe estar preparado para ganar y perder, un político debe ser grande en la victoria pero mucho más grande en los momentos de derrota.

Hace algunos meses, ni el más optimista de los partidarios de Ollanta Humala o Keiko Fujimori podía haber imaginado este escenario. Las encuestas colocaban al ex presidente Alejandro Toledo y al ex alcalde de Lima en la cúspide de las preferencias electorales. En palabras del Presidente Alan García, el futuro del Perú estaba asegurado, los antisistema, en especial referencia a Humala, no tenían mayor posibilidad, nuestro país elegiría por una opción democrática, el Perú elegiría a un candidato que represente y asegure la continuidad del modelo económico y del sistema político. ¿Qué ocurrió entonces?

Más allá de las responsabilidades personales existentes, que sin lugar a dudas deben ser asumidas por quien corresponda, más allá de señalar culpables, porque al parecer ese es el tenor de la mayoría de medios y periodistas en nuestro país, debemos preguntarnos por las razones estructurales que llevan a que casi el 50% del electorado se incline por opciones autoritarias y de escasa credibilidad democrática. Es cierto que Toledo cometió muchos errores en la campaña, que por ratos nos hizo recordar el porqué durante casi todo su gobierno su nivel de aprobación no superó los dos dígitos, es cierto también que la soberbia le jugó una mala pasada, pero no creo que el ex presidente sea el único responsable de este descalabro.

El segundo en las preferencias, el señor Castañeda se esforzó por desmostarnos su enorme incapacidad y talento para asumir una lid de este tipo. El señor Castañeda demostró, o confirmó la regla que en nuestro país, ningún ex alcalde capitalino logra vencer en las elecciones presidenciales. El señor alcalde no pudo jamás diseñar una campaña capaz de sintonizar con el ciudadano, sobre todo, con el poblador del interior del país. Su falta de capacidad comunicacional, sus continuos desencuentros con la prensa que cuestionaba su gestión, su falta de capacidad para sumir sus propios errores, su testarudez y empecinamiento al momento de culpar a todos, menos a los su propio entorno, por su estrepitosa caída y su patético intento por parecer siempre un perseguido, terminaron por sepultarlo. El alcalde que dejó la gestión con casi el 80% de aprobación, no logró alcanzar ni siquiera el 10% de los votos al final de la jornada.

A estos dos se suma la figura de PPK, un candidato que por momentos, sobre todo en días previos al anuncio de su candidatura, generó muchas expectativas, PPk terminó por convertirse en un payaso más en este circo al cual falsamente seguimos denominando contienda electoral. PPK, profesional de reconocida trayectoria a nivel nacional e internacional, con experiencia en el sector público, ministro de Estado en los gobiernos de Fernando Belaúnde y Alejandro Toledo, a quién trató de desacreditar a lo largo de toda la campaña, en un gesto que en lo personal me dejó serias dudas sobre el concepto de lealtad y las bondades personales de este señor, convirtió rápidamente a su campaña en un programa de farándula. Los electores esperábamos, dada su capacidad y su porte de hombre de Estado, algo más que polos coloridos con las iniciales de su nombre, algo más que sus bailes torpes al ritmo del PPKUY (la mascota de su campaña), algo más que sus desplazamientos a bordo del PPKAMION repartiendo llaveros y calendarios. PPK se dio por vencido rápidamente, puso bajo siete llaves su plan de gobierno, y se dedicó a hacer lo único que los políticos en nuestro país saben hacer, despotricar contra el adversario, farandulizar la campaña, a ritmo de huayno, cumbia u otro son, y empobrecer el debate político, aunque quizá denominar debate a lo que hemos tenido es caer en una exageración. Sin lugar a dudas, tanto PPK, Castañeda, Toledo, como los dos vencedores, Ollanta Humala y keiko Fujimori, nos regalaron la peor campaña electoral de los últimos años.

Creo, a diferencia de lo que sostienen algunos “analistas” o comentaristas de televisión, que si de buscar responsables se trata, habría que jalarle las orejas, y alguito más, no solo a estos tres señores, sino también a toda la clase política y empresarial a la que representan. Su mezquindad, su afán de protagonismo, su deseo caudillista por erigirse como los únicos predestinados para salvar a la república del desastre que para la salud democrática y el desarrollo económico resultan ser los dos candidatos restantes, hizo imposible la elaboración de un proyecto integral y coherente de centro, capaz de seducir a las grandes mayorías de nuestro país, aglutinando a todos los sectores democráticos en una sola candidatura, con un mensaje de estabilidad política y económica, que sirva como base para los cambios sociales que sin lugar a dudas deben darse en un país en el cual más del 30% de la población sigue viviendo por debajo de la línea de pobreza. La pluralidad de candidatos de centro, de candidatos demócratas, unos en mayor medida que otros, hizo posible los candidatos extremistas, apelando a un discurso populista y autoritario capitalicen dicha falta de unión, colocándose al frente de las preferencias ciudadanas. Qué distinto hubiera sido el panorama si la mezquindad no se hubiese apoderado de las mentes de estos “líderes”, una vez más la incapacidad de diálogo y de consenso de nuestra clase política, presente a lo largo de toda nuestra historia republicana, nos empuja a una situación tan desesperanzadora como la de la hora actual.

He escuchado también, a algunos directores de diarios, en especial a uno que suele tildar de comunista o terrorista, a quien no piensa como él, sin lugar a dudas José Carlos Mariátegui también sería un ferruco tan deleznable como el propio Abimael en la lógica de este señor, que esta elección es fruto de la ignorancia de los electores. Lo he escuchado decir, como en otras ocasiones en las cuales su candidato favorito no logra resultados positivos, que quien vota por Humala o Keiko, aunque al parecer con los electores de Keiko es más comprensivo, es algo menos que un retrasado mental. Lo he escuchado decir que solo los idiotas no se pueden percatar de las profundas contradicciones ideológicas y programáticas de ambos candidatos. Sin embargo, frente a esa andanada de comentarios, me cuesta denominar reflexiones o ideas a lo que dice este señor, que lo único que hacen es reducir el análisis político electoral a una confrontación entre electores educados y cultos versus los ignorantes y desinformados, creo debemos reflexionar sobre las razones de fondo, las razones estructurales que hacen que casi la mitad del electorado opte por candidaturas como la de Ollanta Humala o Keiko Fujimori, a pesar del peligro que estas generan.

En mi opinión, no es coincidencia, que teniendo en el Perú a casi el 30% de la población en situación de pobreza, sea este mismo porcentaje, y algunos puntos más, el que prefiera una opción de cambio, radical, populista, de derecha o de izquierda. Los analistas señalan que ese sector de la población elije siempre de manera irreflexiva, y que por tanto son ellos los que le dan vida a los antisistema. Me preguntó lo siguiente: ¿Cómo pedirle a aquella persona que vive con menos de tres dólares diarios, que no cuenta con servicios de agua, luz o desagüe, que vive en un clima de inseguridad y violencia constante, que carece de servicios de salud para atender sus enfermedades y la de sus hijos, que observa como la administración de justicia les da la espalda, que se indigna con los actos de corrupción presentes en cada gobierno “democrático” y que ve como los mismos quedan siempre, o casi siempre impunes, que crea en el sistema político, que crea en el modelo económico, que crea en un modelo que no los ha sacado de la pobreza, y que mucho menos los ha convertido en ciudadanos? En mi opinión, pedirle a este sector un nivel de análisis y reflexión ausente incluso en los sectores A y B, es una tamaña injusticia. No sé cómo algunos líderes de opinión pueden mirar a los ojos a quienes tildan de ignorantes, hacerlo sin sonrojarse, sabiendo que los bolsillos de estos pobladores solo están cargados de miseria.

Siendo ese el panorama uno puede explicarse muchas cosas. Existe un sector de la población, casi un tercio de ella al cual el desarrollo no ha llegado, existe un tercio de la población que vive en condiciones extremadamente precarias, existe un sector de la población que quiere un cambio, que está dispuesto a dar un salto al vacio, pues nada tiene, y por tanto, nada tiene que perder. Existe un sector de la población que está dispuesto a renunciar a sus derechos y libertades cívicas si a cambio recibe la dádiva o el apoyo asistencialista del Estado. Para muchos de estos pobladores, y posiblemente para uno mismo si estuviera en la situación de ellos, una opción de este tipo, populista y clientelista es un mal menor, su situación no empeorará más de lo que está, porqué creer en aquello que los diarios llaman mercado o democracia, si por más de 20 años de crecimiento económico, la situación de su familia no ha cambiado, si la desnutrición entre sus hijos sigue siendo la misma. El problema señores analistas es que al parecer en nuestro país, la pobreza ha dejado de indignarnos, y se ha convertido en parte del paisaje de nuestra sociedad.

No me siento contento con el resultado electoral, jamás hubiera optado por una opción como la que Ollanta Humala o Keiko Fujimori representan. Ambos, desde mi óptica son o están fuera del sistema, no creen en las reglas básicas de la democracia, ambos presentan discursos autoritarios, de izquierda o derecha, para el caso resulta lo mismo. Ambos ponen en peligro los logros alcanzados durante los últimos años. Ambos pueden desatar una verdadera catástrofe en el país. Para mí no existe mayor diferencia. En todo caso, lo que corresponde es hacer una muy profunda reflexión, un mea culpa colectivo, preguntarnos cómo convencemos al elector, al más pobre sobre todo, que el desarrollo es posible en un clima de libertad y de respeto a los valores democráticos. Debemos de demostrar que la democracia también es eficiente, que es eficaz, que es capaz de mejorarle la vida a la gente, que es capaz de luchar contra la corrupción, que en democracia no solo las personas con recursos son ciudadanos. Ideológicamente las candidaturas de Ollanta y Keiko representan a sectores que se encuentran en las antípodas del escenario político, pero desde un punto de vista social, su electorado es el mismo, es el poblador del sector C, D y E, es el poblador de la sierra central, de las zonas rurales, de los sectores urbano marginales. Ha sido la incapacidad de la clase política, el egoísmo de los sectores de poder económico, y nuestra indiferencia, la que hoy en día no pasa la factura, una factura que deberemos pagar durante largos 5 años. El resultado del domingo, no es responsabilidad de una persona en especial, de un sector en particular, de un candidato, la culpa la tenemos todos, y en el colmo de los cinismos osamos llamar ignorantes a aquellos pobladores a los cuales siempre hemos ignorado.

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lunes, 14 de marzo de 2011

Huérfanos en ideas e imaginación: apuntes sobre el último debate presidencial


Así se mostraron los 11 candidatos presidenciales que el día de ayer participaron en un nuevo debate de cara a las elecciones del 10 de abril próximo. Luego de hacer repaso a todas y cada una de las intervenciones de los candidatos podemos concluir diciendo lo siguiente: fue más de lo mismo, y quizá un poco menos. Los postulantes, en especial aquellos que encabezan las preferencias del electorado, se dedicaron a repetir, palabras más, palabras menos, algunas de las ideas que ya habían sido expuestas en el anterior debate organizado por el diario El Comercio.

Tal y como señalan los medios, los candidatos de mayor peso decidieron seguir al pie de la letra su ya tradicional libreto. Toledo, empeñado en demostrarle al país que su experiencia de gobierno es su principal activo, ratificó su compromiso por continuar con todo aquello que hizo bien y en retomar la agenda pendiente. Keiko Fujimori, como ya es costumbre, colgada de los pantalones de su padre, decidió, como ya viene haciendo hace mucho tiempo, explotar la imagen del dictador, así no pierde la oportunidad de hacerle recordar al país los miles de colegios y escuelas construidos durante su gobierno, así como su supuesta eficacia al momento de combatir la delincuencia, qué pena que no pueda decir lo mismo en materia de respeto por los principios democráticos o el combate contra la corrupción. Castañeda, el de menor capacidad comunicativa, incluso por debajo de PPK, presenta a la Carretera de Los Andes como la obra que se convertirá en el motor del desarrollo del país, esperemos que esta obra, a diferencia de lo ocurrido con el Metropolitano, no resulte costándole al país 200% más de lo previsto en un inicio, y su finalización no sufra las innumerables postergaciones a los cuales nos tuvo acostumbrados para la inauguración del mencionado corredor vial. Humala, en lo suyo, aunque con una dosis menor de radicalismo a comparación de la elección pasada, pretende refundar la república, haciendo y deshaciendo todo el supuesto andamiaje del sistema político y económico que, de acuerdo a su prédica, solo han servido para favorecer a los ricos y poderosos, queda claro que este señor no acostumbra revisar las cifras o indicadores sociales, quizá así podría verificar las bondades que la economía de mercado y la apertura comercial han traído para todos los peruanos durante los últimos años. Finalmente PPK centró su mirada, como lo viene haciendo en los últimos días, en tres ideas fuerza, educación, infraestructura y seguridad ciudadana, no niego que tener ideas centrales en una campaña sea algo positivo, el problema es que si a ello no le sumamos cierta dosis de carisma por parte del candidato, estas ideas no logran calar en el imaginario colectivo, si me preguntan, no creo que esto le alcance.


Pero seamos justos y objetivos, qué más podrían haber dicho los candidatos con un formato y una dinámica tan confusa como la elegida por los organizadores. El tiempo para que cada candidato exponga sus principales planteamientos fue demasiado breve, entre el saludo al país y las primeras palabras de introducción los minutos con los cuales cada uno de ellos contaba se iban rápidamente esfumando. Si a ello le sumamos la “democrática idea” de invitar a los 11 candidatos presidenciales, por más minúsculos que sean los porcentajes de adhesión con los que varios de ellos cuentan actualmente, lo de ayer no pasó de ser algo más que una simple repetición, en otro tono y con menos color, de lo ya dicho en la cita anterior.


En todo caso, los ganadores de la jornada, si es que es posible hablar de ganadores en esta oportunidad, fueron los denominados candidatos chicos, los cuales a pesar del ridículo y de la orfandad de ideas, en ambos casos mucho mayores a las payadas a las que ya parece haberse acostumbrado el electorado en nuestro país, a veces pienso que incluso el elector promedio reclama la presencia de estos bufones, no desaprovecharon la oportunidad para ganar cámara y al mismo estilo que los invitados del programa de Magaly Medina, nos dejaron claro que lo único importante para ellos es figurar. Debo, sin embargo, por un acto de justicia, dejar fuera de este grupo de candidatos a estrellas de circo de tres por medio, a dos figuras: Manuel Rodríguez Cuadros y Rafael Belaúnde. Me apena por ambos señores el hecho que en esta oportunidad no hayan logrado hacerse del apoyo masivo del electorado, son, si lugar a dudas, personas con trayectoria y con un nivel de preparación y especialización profesional adecuado para el manejo de los asuntos públicos, además de ciudadanos con una trayectoria democrática intachable, cuentan con credenciales personales mucho mayores a dos o tres de los que encabezan las encuestas, se me ocurren dos nombres: Keiko Fujimori y Ollanta Humala. Espero que no se desanimen y que en una próxima contienda electoral ambos tengan mayores opciones.


Lo que si nos debe quedar claro hasta el día de hoy es que en esta campaña electoral el gran perdedor ha sido y sigue siendo el ciudadano. Ninguno de los candidatos ha sabido explicarle al país de manera clara, sencilla, con responsabilidad y de manera objetiva el programa de gobierno que cada uno de ellos dice tener. Las coincidencias entre todos o la mayoría de ellos en materia económica son mayores que en oportunidades anteriores, sin embargo, todos parecen trastabillar al momento de responder a la pregunta ¿Cómo alcanzaran el objetivo? Todos los candidatos conocen el diagnóstico de los problemas principales de la nación, pero al parecer no tienen claro el modo de encararlos y darles solución. Siendo ello así, vemos a diario el ofrecimiento irresponsable y desmedido de una serie de iniciativas de corte populista cuyo único propósito es, valiéndose del escaso nivel educativo de la población, hacerse de la mayor cantidad de votos al precio que sea. No importan si el día de mañana la propuesta exhibida en campaña carece de mecanismos de financiamiento que la hagan posible, lo primero es llegar a Palacio de Gobierno, después ya se verá, ese parece ser el pérfido ideal que inspira la conducta de todos ellos.


El ciudadano reclama, exige, requiere de un debate programático en el cual además de escuchar las propuestas de los candidatos, todos tengamos la posibilidad de observar la pregunta y repregunta entre ellos mismos, solo así podremos identificar con mayor claridad las bondades o falencias de los mismos, de sus equipos técnicos y del programa político de gobierno con el que pretenden conducir nuestro país. Pero ello es imposible si se pretende seguir insistiendo en el formato hasta ahora exhibido en los dos debates. Soy respetuoso de todos y cada uno de los ciudadanos que aspira legítimamente a la Presidencia de la República, creo que el fomento de la participación política de todos los ciudadanos en los asuntos públicos es un principio básico que consolida el sistema democrático y que todos debemos alentar, sin embargo, a escasas semanas de las elecciones generales de abril, es hora de darle la oportunidad al ciudadano de escuchar únicamente a aquellos personajes que presentan posibilidades ciertas de alzarse con la victoria, lo otro sería persistir en el error, desvirtuando el argumento democrático, bajo el cual todos merecen ser escuchados, independientemente, de las posibilidades reales que cada uno tiene de cara al 10 de abril.


Al parecer, y como puede apreciarse de la revisión de los planes de gobierno, salvo el caso excepcional del señor Ollanta Humala, cuya fórmula económica resulta por demás trasnochada e inconsistente, la mayoría de candidatos son conscientes que existen determinados principios y reglas básicas en materia económica que deben ser respetadas independientemente del partido o movimiento político que alcance la victoria este año. Lo que nos preocupa es que en cuanto a las reformas del régimen político y del sistema de gobierno, es poco lo que los partidos nos ofrecen. A partir de julio de este año volveremos a tener un Congreso de la República atomizado, con un número de agrupaciones políticas muy por encima del recomendable, seguramente incapaz de generar consensos capaces de llevar adelante las reformas constitucionales que el país requiere. La presencia de 11 candidaturas presidenciales, muchas de ellas condenadas al olvido, son una muestra clara de la debilidad institucional de nuestro sistema político, un sistema en el cual cualquier aventurero puede lograr la inscripción de un partido o movimiento cuya vida y trascendencia en el tiempo están condenadas al día siguiente de cada elección perdida. Además de las reformas económicas, es necesario realizar reformas en el sistema de partidos, en el régimen político, y sin lugar a dudas, en el sistema electoral, solo así podremos evitar que personajes oscuros y otros que solo contribuyen a colorear la fauna de politicastros con los cuales contamos lleguen a inscribir una candidatura presidencial al frente de partidos fantasmas que únicamente existen en los registros del Jurado Nacional de Elecciones o en los de la Oficina Nacional de Procesos Electorales.


No es mi estilo el ofender gratuitamente a ningún peruano, pero una vez más en el Perú queda demostrado que en épocas electorales la temporada de circos se adelanta de julio a abril. En esta oportunidad, algunos partidos vuelven a confirmar esa regla, sino basta con echar un vistazo a los payasos de esta temporada circense: Juliana Reymer, José Ñique, Humberto Pinazo y Ricardo Noriega. Ojalá, por el bien de todos nosotros, de nuestro sistema político y nuestra frágil democracia, esta situación cambie.

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jueves, 13 de enero de 2011

Lluvia de candidatos presidenciales para el 2011


Cerrado el plazo para la inscripción de candidatos a la Presidencia de la República para las elecciones generales de este año, el jurado Especial de Lima centro recibió, en total, las solicitudes de 13 agrupaciones políticas que aspiran a ser gobierno y dirigir los destinos del Perú durante los próximos 5 años. Trece agrupaciones, trece movimientos, entre partidos y alianzas electorales, que pretenden conquistar el voto del electorado nacional y alzarse con la victoria en los comicios del próximo 10 de abril.

Sin lugar a dudas, uno de los grandes principios del sistema o forma democrática de gobierno, tal y como se entiende en la actualidad, es la promoción de la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones de poder público y en el proceso deliberativo o libre intercambio de ideas. Para ello resulta fundamental contar con un número importante de agrupaciones o partidos que canalicen los intereses de la gente, que fomenten su participación en la vida política nacional pero, sobre todo, que la institucionalicen brindándole seriedad y coherencia. En tal sentido, hemos, los demócratas, de saludar el entusiasmo que despierta en diversos sectores la posible participación de nuevos movimientos, de jóvenes agrupaciones, las cuales dotan de un aire fresco a nuestro statu quo político, imprimiéndole nuevos bríos y una mayor dosis de dinamismo. Sin embargo, aquello que nos puede parecer en un principio saludable para el fortalecimiento de nuestro sistema democrático, puede resultar siendo un problema mayor sino se lo observa con el detenimiento que la importancia del tema amerita. En tal sentido, en esta oportunidad, centraremos nuestra reflexión en torno a algunos problemas que un número exagerado, desde mi punto de vista, de candidaturas presidenciales puede traer consigo para el sistema político nacional.

¿Para un país como el Perú, resulta razonable y saludable contar con trece listas presidenciales? Yo creo que no. Afirmar que en nuestro país contamos con trece partidos, movimientos o agrupaciones de alcance nacional capaces de asumir con éxito, o mediana diligencia, el gran reto de sacar adelante al país sería de una ingenuidad mayúscula. Digo ello, porque en principio es imposible que en nuestro país, tomando en consideración la crisis institucional vivida por los partidos políticos desde inicios de la década de los noventa, puedan existir trece agrupaciones políticas que cumplan a cabalidad con los requisitos establecidos por la ley para lograr su reconocimiento por parte del organismo electoral correspondiente como auténticos partidos políticos nacionales. Cuando hablamos de requisitos nos referimos básicamente a aquellos que demuestran de manera fehaciente la presencia de dicha agrupación a escala nacional es, decir, la presencia de locales partidarios, establecimientos de base, comités a lo largo y ancho del territorio patrio. Si ello no es así, si en nuestro país debido a lo que ya señalamos eso no es posible entonces resulta fundamental el formularnos la siguiente pregunta: ¿Cómo entonces estas agrupaciones logran dicho reconocimiento? Muy simple. La debilidad de las instituciones electorales, su poca capacidad de control y fiscalización, el alto índice de corrupción que se registra en todos los niveles de la administración estatal, hacen que partidos fantasma, partidos inexistentes, comités distritales de fachada, pasen por agua tibia al momento del control y evaluación de requisitos, para luego, y gracias a la torpeza y, muchas veces, complicidad de la autoridad electoral, exhibir el documento que de manera formal les reconoce dicho estatus. El resultado es uno solo: la proliferación de “partidos” chicha, partidos de nombre, partidos sin identidad, partidos fachada, partidos de vida corta o muerte próxima, como se prefiera ver.

Si ello ya es preocupante, lo que está detrás de dicha problemática lo es aún más. En el Perú, teniendo como base la cabalística cifra del número trece, de un tiempo a esta parte, hemos perdido la capacidad de consolidar instituciones políticas sólidas, cuyo impacto social trascienda el breve tiempo de vida que al parecer el periodo de elección les ofrece a estas famélicas agrupaciones. Dicho de otro modo, en el Perú hemos perdido la capacidad de generar consensos, capacidad que les ha permitido a otros países, contar con tres o cuatro grandes agrupaciones que le otorgan estabilidad y le aseguran gobernabilidad al Estado.

Lo anterior es muy importante, ¿Por qué se preguntarán algunos? Muy simple. Es cierto que el Perú, a diferencia de otras sociedades, es un país bastante diversos, multicultural, multirracial, multilingue, y hoy en día, porqué no decirlo, pluriconfesional, ello quizá podría explicar la presencia de un gran número de agrupaciones que buscan representar a una diversidad y pluralidad de intereses. Sin embargo, no podemos caer en una suerte de sobrevaloración desmedida de la palabra participación y representación, dejando de lado una muy importante conocida con el nombre de: gobernabilidad. La proliferación exagerada, desmedida hasta la locura diría yo, de candidatos presidenciales, y por consiguiente de agrupaciones políticas, hace que a nivel de la clase política no se cuente con una agenda, medianamente consensuada, de políticas de Estado y de desarrollo a largo plazo, que más allá del matiz que cada gobierno le pueda dar, garanticen la continuidad de programas y medidas del alcance general que trasciendan el mandato presidencial de tal o cual candidato, de tal o cual agrupación. Esto es muy preocupante, sobre todo si tomamos como referencia la historia reciente de nuestro país, en la cual la tendencia de cada gobernante ha sido la de pretender refundar la república cada cinco años, iniciando un nuevo camino, desconociendo lo ya avanzado por su antecesor, por muy positivo que haya sido el avance. Muchos hablan de una nueva Constitución, de una nueva etapa histórica, de refundar el Perú, de devolverle el Perú a los peruanos, discurso, discurso y más discurso. El resultado: una serie de medidas y políticas de reforma truncas que han frenado el crecimiento económico, el fortalecimiento de nuestro sistema democrático y el desarrollo patrio.

Vinculado a lo dicho anteriormente, ¿Qué ocurre cuando la configuración del nuevo parlamento nos presenta una sobrepoblación de agrupaciones políticas? Muy simple. Si ya resulta difícil ponernos de acuerdo entre dos o tres o cuatro personas, por la diversidad de intereses, por las diferentes visiones del mundo que uno tiene, por los miedos o temores que ciertas decisiones inspiran, traslademos ese escenario al comportamiento de las agrupaciones políticas, de las cédulas parlamentarias, de los grupos al interior del Congreso. No se necesita, como es de suponer por todo ciudadano medianamente informado, ser un especialista en la materia para darnos cuenta que la posibilidad de alcanzar acuerdos y consensos en torno a medidas legislativas necesarias para llevar a cabo reformas en sectores y temas sensibles es casi nula. Por ejemplo, muchas de las grandes reformas que nuestro país requiere, las del sector educativo, las del sector salud, la reforma de la Policía Nacional del Perú, la firma o ratificación de acuerdos de cooperación económica, la firma de tratados, entre otras decisiones, requieren de un número importante de votos congresales para poder ser implementadas, basta con recordar que para modificar o promulgar una ley orgánica se requiere del acuerdo de la mitad más uno del número legal de congresistas (Hasta ahora 61) y que para modificar la Constitución se requiere, en uno de los mecanismos, del voto de un número mayor a las dos terceras partes del número legal de congresistas (Hasta ahora 81 como mínimo), en tal sentido, si a la ya reconocida falta de capacidad de diálogo de nuestra clase política, caracterizada por la defensa de intereses particulares y apetitos personales, le sumamos un escenario como el que hemos tenido en los dos últimos congresos, presumo que esa tendencia se mantendrá, el resultado es el ya conocido: un importante número de medidas, de reformas, de iniciativas legislativas y constitucionales no podrán sacarse adelante, por la falta del consenso que asegure el número de votos necesarios para la aprobación del marco legal necesario que el Perú necesita. Señalo algo a tomar en cuenta como último comentario en este punto: más allá de lo positivo o negativo de propuestas como la implementación del voto voluntario, el retorno a la bicameralidad, la modificación del capítulo económico de la Constitución, queda claro que este tipo de iniciativas, tal y como ha sido durante estos años, seguirán durmiendo en el escritorio de algunos congresistas, pues la atomización de la representación, hace imposible la aprobación de las mismas.

Ahora bien, además de los problemas que este fenómeno trae consigo en cuanto a la gobernabilidad, el fortalecimiento institucional, la consolidación de partidos nacionales serios, la imposibilidad de llevar a cabo las reformas que el país necesita, ya a nivel puramente electoral, la atomización y banalización del quehacer político, que lleva a que cualquier lunático o lunática quiera o se reconozca como la persona idónea para semejante cargo, la sobre oferta electoral trae consigo un empobrecimiento del discurso y una pauperización del debate político. Al ser trece candidatos, lo más importante para todos ellos, más allá de la elaboración de un plan de gobierno coherente, de la confección de una lista congresal responsable, de la difusión de ideas programático, es lograr notoriedad en los medios. Los candidatos saben que siendo trece los que están en carrera lo primero que deben hacer es posicionarse en el imaginario de la gente. Para ello no interesa si lo que se tiene que hacer linda con el ridículo o el hazme reír. Lo importante para el candidato o candidata es aprender a mover bien las caderas o hacerlo de manera graciosa a ritmo de la cumbia, la chicha, el perreo u otro ritmo con el que el pueblo, distrito, barrio o provincia los reciba en cada caminata o marcha que deciden hacer en esos lugares. Si a ello le suman una sonata pegajosa en la cual se repita hasta la saciedad el nombre del candidato, si en sus caminatas van vestidos con colores fosforescentes, subidos en grupo de a cuatro a un mototaxi, con guardaespaldas incluido y comilona de cebichito de un sol en cada mercado que visitan, entonces la campaña empieza bien.

¿Qué ha pasado en nuestro país? ¿Por qué tenemos tamaña oferta electoral? ¿Por qué en nuestro país cualquier afásico o minusválido mental se siente presidenciable, incluido Humala y Keiko, desde luego? Yo encuentro no una sino varias respuestas. Como ya señalé en líneas anteriores, tanto en el Perú como en el mundo venimos asistiendo a lo que los politólogos denominan proceso de trivialización o banalización del quehacer político. Para ser político en el Perú, para ser parte de una plancha presidencial, para ser congresista no es necesario contar con una formación política o intelectual de valía, tampoco es necesario el trabajo previo que uno haya tenido en años anteriores, ya sea en el sector público o privado, tampoco es necesario el haber demostrado una trayectoria personal honesta y libre de cualquier tipo de cuestionamiento ético. Así, lo hemos comprobado en los últimos días, en el Perú basta con tener cinco mil nuevos soles para ser pre candidato al congreso, donar setecientos mil nuevos soles para formar parte de una plancha presidencial y lanzar algunos carajos, tener pinta de matadora de barrio o vestir la camiseta número diez de algún seleccionado para candidatear al Congreso por Lima, de la mano de la hija del matador, perdón, del dictador Fujimori.

Me duele pero nuestra política se ha convertido en un vulgar burdel, en el cual todo se vende y todo tiene precio, y digo vulgar, pues en este antro de mezquindades, acomodos y arribismos, no encontramos a ninguna puta de alto vuelo, alguna que no se venda por un plato de lentejas, un departamento en San Isidro, unos quince mil dólares para repartir pescado, con videíto en el SIN incluido, ojo, recordémoslo siempre. Si me lo permiten, termino diciendo lo siguiente, nuestro menú electoral es como el menú de un sucio Chifa del Centro de Lima, de poca calidad, llena pero no alimenta, pensado para el estómago de un camionero y no de un sibarita, siendo un poquito vulgares, escaso en carne y otros nutrientes, pero lleno de mierda, y de esa que mata a cualquiera, pero que a pocos parece incomodarles, y es eso lo que jode más.

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