jueves, 13 de enero de 2011

Lluvia de candidatos presidenciales para el 2011


Cerrado el plazo para la inscripción de candidatos a la Presidencia de la República para las elecciones generales de este año, el jurado Especial de Lima centro recibió, en total, las solicitudes de 13 agrupaciones políticas que aspiran a ser gobierno y dirigir los destinos del Perú durante los próximos 5 años. Trece agrupaciones, trece movimientos, entre partidos y alianzas electorales, que pretenden conquistar el voto del electorado nacional y alzarse con la victoria en los comicios del próximo 10 de abril.

Sin lugar a dudas, uno de los grandes principios del sistema o forma democrática de gobierno, tal y como se entiende en la actualidad, es la promoción de la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones de poder público y en el proceso deliberativo o libre intercambio de ideas. Para ello resulta fundamental contar con un número importante de agrupaciones o partidos que canalicen los intereses de la gente, que fomenten su participación en la vida política nacional pero, sobre todo, que la institucionalicen brindándole seriedad y coherencia. En tal sentido, hemos, los demócratas, de saludar el entusiasmo que despierta en diversos sectores la posible participación de nuevos movimientos, de jóvenes agrupaciones, las cuales dotan de un aire fresco a nuestro statu quo político, imprimiéndole nuevos bríos y una mayor dosis de dinamismo. Sin embargo, aquello que nos puede parecer en un principio saludable para el fortalecimiento de nuestro sistema democrático, puede resultar siendo un problema mayor sino se lo observa con el detenimiento que la importancia del tema amerita. En tal sentido, en esta oportunidad, centraremos nuestra reflexión en torno a algunos problemas que un número exagerado, desde mi punto de vista, de candidaturas presidenciales puede traer consigo para el sistema político nacional.

¿Para un país como el Perú, resulta razonable y saludable contar con trece listas presidenciales? Yo creo que no. Afirmar que en nuestro país contamos con trece partidos, movimientos o agrupaciones de alcance nacional capaces de asumir con éxito, o mediana diligencia, el gran reto de sacar adelante al país sería de una ingenuidad mayúscula. Digo ello, porque en principio es imposible que en nuestro país, tomando en consideración la crisis institucional vivida por los partidos políticos desde inicios de la década de los noventa, puedan existir trece agrupaciones políticas que cumplan a cabalidad con los requisitos establecidos por la ley para lograr su reconocimiento por parte del organismo electoral correspondiente como auténticos partidos políticos nacionales. Cuando hablamos de requisitos nos referimos básicamente a aquellos que demuestran de manera fehaciente la presencia de dicha agrupación a escala nacional es, decir, la presencia de locales partidarios, establecimientos de base, comités a lo largo y ancho del territorio patrio. Si ello no es así, si en nuestro país debido a lo que ya señalamos eso no es posible entonces resulta fundamental el formularnos la siguiente pregunta: ¿Cómo entonces estas agrupaciones logran dicho reconocimiento? Muy simple. La debilidad de las instituciones electorales, su poca capacidad de control y fiscalización, el alto índice de corrupción que se registra en todos los niveles de la administración estatal, hacen que partidos fantasma, partidos inexistentes, comités distritales de fachada, pasen por agua tibia al momento del control y evaluación de requisitos, para luego, y gracias a la torpeza y, muchas veces, complicidad de la autoridad electoral, exhibir el documento que de manera formal les reconoce dicho estatus. El resultado es uno solo: la proliferación de “partidos” chicha, partidos de nombre, partidos sin identidad, partidos fachada, partidos de vida corta o muerte próxima, como se prefiera ver.

Si ello ya es preocupante, lo que está detrás de dicha problemática lo es aún más. En el Perú, teniendo como base la cabalística cifra del número trece, de un tiempo a esta parte, hemos perdido la capacidad de consolidar instituciones políticas sólidas, cuyo impacto social trascienda el breve tiempo de vida que al parecer el periodo de elección les ofrece a estas famélicas agrupaciones. Dicho de otro modo, en el Perú hemos perdido la capacidad de generar consensos, capacidad que les ha permitido a otros países, contar con tres o cuatro grandes agrupaciones que le otorgan estabilidad y le aseguran gobernabilidad al Estado.

Lo anterior es muy importante, ¿Por qué se preguntarán algunos? Muy simple. Es cierto que el Perú, a diferencia de otras sociedades, es un país bastante diversos, multicultural, multirracial, multilingue, y hoy en día, porqué no decirlo, pluriconfesional, ello quizá podría explicar la presencia de un gran número de agrupaciones que buscan representar a una diversidad y pluralidad de intereses. Sin embargo, no podemos caer en una suerte de sobrevaloración desmedida de la palabra participación y representación, dejando de lado una muy importante conocida con el nombre de: gobernabilidad. La proliferación exagerada, desmedida hasta la locura diría yo, de candidatos presidenciales, y por consiguiente de agrupaciones políticas, hace que a nivel de la clase política no se cuente con una agenda, medianamente consensuada, de políticas de Estado y de desarrollo a largo plazo, que más allá del matiz que cada gobierno le pueda dar, garanticen la continuidad de programas y medidas del alcance general que trasciendan el mandato presidencial de tal o cual candidato, de tal o cual agrupación. Esto es muy preocupante, sobre todo si tomamos como referencia la historia reciente de nuestro país, en la cual la tendencia de cada gobernante ha sido la de pretender refundar la república cada cinco años, iniciando un nuevo camino, desconociendo lo ya avanzado por su antecesor, por muy positivo que haya sido el avance. Muchos hablan de una nueva Constitución, de una nueva etapa histórica, de refundar el Perú, de devolverle el Perú a los peruanos, discurso, discurso y más discurso. El resultado: una serie de medidas y políticas de reforma truncas que han frenado el crecimiento económico, el fortalecimiento de nuestro sistema democrático y el desarrollo patrio.

Vinculado a lo dicho anteriormente, ¿Qué ocurre cuando la configuración del nuevo parlamento nos presenta una sobrepoblación de agrupaciones políticas? Muy simple. Si ya resulta difícil ponernos de acuerdo entre dos o tres o cuatro personas, por la diversidad de intereses, por las diferentes visiones del mundo que uno tiene, por los miedos o temores que ciertas decisiones inspiran, traslademos ese escenario al comportamiento de las agrupaciones políticas, de las cédulas parlamentarias, de los grupos al interior del Congreso. No se necesita, como es de suponer por todo ciudadano medianamente informado, ser un especialista en la materia para darnos cuenta que la posibilidad de alcanzar acuerdos y consensos en torno a medidas legislativas necesarias para llevar a cabo reformas en sectores y temas sensibles es casi nula. Por ejemplo, muchas de las grandes reformas que nuestro país requiere, las del sector educativo, las del sector salud, la reforma de la Policía Nacional del Perú, la firma o ratificación de acuerdos de cooperación económica, la firma de tratados, entre otras decisiones, requieren de un número importante de votos congresales para poder ser implementadas, basta con recordar que para modificar o promulgar una ley orgánica se requiere del acuerdo de la mitad más uno del número legal de congresistas (Hasta ahora 61) y que para modificar la Constitución se requiere, en uno de los mecanismos, del voto de un número mayor a las dos terceras partes del número legal de congresistas (Hasta ahora 81 como mínimo), en tal sentido, si a la ya reconocida falta de capacidad de diálogo de nuestra clase política, caracterizada por la defensa de intereses particulares y apetitos personales, le sumamos un escenario como el que hemos tenido en los dos últimos congresos, presumo que esa tendencia se mantendrá, el resultado es el ya conocido: un importante número de medidas, de reformas, de iniciativas legislativas y constitucionales no podrán sacarse adelante, por la falta del consenso que asegure el número de votos necesarios para la aprobación del marco legal necesario que el Perú necesita. Señalo algo a tomar en cuenta como último comentario en este punto: más allá de lo positivo o negativo de propuestas como la implementación del voto voluntario, el retorno a la bicameralidad, la modificación del capítulo económico de la Constitución, queda claro que este tipo de iniciativas, tal y como ha sido durante estos años, seguirán durmiendo en el escritorio de algunos congresistas, pues la atomización de la representación, hace imposible la aprobación de las mismas.

Ahora bien, además de los problemas que este fenómeno trae consigo en cuanto a la gobernabilidad, el fortalecimiento institucional, la consolidación de partidos nacionales serios, la imposibilidad de llevar a cabo las reformas que el país necesita, ya a nivel puramente electoral, la atomización y banalización del quehacer político, que lleva a que cualquier lunático o lunática quiera o se reconozca como la persona idónea para semejante cargo, la sobre oferta electoral trae consigo un empobrecimiento del discurso y una pauperización del debate político. Al ser trece candidatos, lo más importante para todos ellos, más allá de la elaboración de un plan de gobierno coherente, de la confección de una lista congresal responsable, de la difusión de ideas programático, es lograr notoriedad en los medios. Los candidatos saben que siendo trece los que están en carrera lo primero que deben hacer es posicionarse en el imaginario de la gente. Para ello no interesa si lo que se tiene que hacer linda con el ridículo o el hazme reír. Lo importante para el candidato o candidata es aprender a mover bien las caderas o hacerlo de manera graciosa a ritmo de la cumbia, la chicha, el perreo u otro ritmo con el que el pueblo, distrito, barrio o provincia los reciba en cada caminata o marcha que deciden hacer en esos lugares. Si a ello le suman una sonata pegajosa en la cual se repita hasta la saciedad el nombre del candidato, si en sus caminatas van vestidos con colores fosforescentes, subidos en grupo de a cuatro a un mototaxi, con guardaespaldas incluido y comilona de cebichito de un sol en cada mercado que visitan, entonces la campaña empieza bien.

¿Qué ha pasado en nuestro país? ¿Por qué tenemos tamaña oferta electoral? ¿Por qué en nuestro país cualquier afásico o minusválido mental se siente presidenciable, incluido Humala y Keiko, desde luego? Yo encuentro no una sino varias respuestas. Como ya señalé en líneas anteriores, tanto en el Perú como en el mundo venimos asistiendo a lo que los politólogos denominan proceso de trivialización o banalización del quehacer político. Para ser político en el Perú, para ser parte de una plancha presidencial, para ser congresista no es necesario contar con una formación política o intelectual de valía, tampoco es necesario el trabajo previo que uno haya tenido en años anteriores, ya sea en el sector público o privado, tampoco es necesario el haber demostrado una trayectoria personal honesta y libre de cualquier tipo de cuestionamiento ético. Así, lo hemos comprobado en los últimos días, en el Perú basta con tener cinco mil nuevos soles para ser pre candidato al congreso, donar setecientos mil nuevos soles para formar parte de una plancha presidencial y lanzar algunos carajos, tener pinta de matadora de barrio o vestir la camiseta número diez de algún seleccionado para candidatear al Congreso por Lima, de la mano de la hija del matador, perdón, del dictador Fujimori.

Me duele pero nuestra política se ha convertido en un vulgar burdel, en el cual todo se vende y todo tiene precio, y digo vulgar, pues en este antro de mezquindades, acomodos y arribismos, no encontramos a ninguna puta de alto vuelo, alguna que no se venda por un plato de lentejas, un departamento en San Isidro, unos quince mil dólares para repartir pescado, con videíto en el SIN incluido, ojo, recordémoslo siempre. Si me lo permiten, termino diciendo lo siguiente, nuestro menú electoral es como el menú de un sucio Chifa del Centro de Lima, de poca calidad, llena pero no alimenta, pensado para el estómago de un camionero y no de un sibarita, siendo un poquito vulgares, escaso en carne y otros nutrientes, pero lleno de mierda, y de esa que mata a cualquiera, pero que a pocos parece incomodarles, y es eso lo que jode más.

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