jueves, 26 de marzo de 2015

LA LEY CONTRA EL ACOSO CALLEJERO


Hace algunas semanas, el Congreso de la República del Perú, aprobó con 76 votos a favor, cero en contra y dos abstenciones, la “Ley de prevención, atención y sanción del acoso sexual en los espacios públicos” (en adelante, la Ley), reformando el Código Penal (artículo 176°, 176°-A, 183° y 450°), y estableciendo la pena de 3 a 12 años para aquellos individuos que cometan el denominado acoso sexual callejero.

Es importante señalar que el Proyecto de Ley fue presentado por el Grupo Parlamentario Acción Popular, por iniciativa de la congresista Rosa Mavila León, quien a pesar de las críticas recibidas al contenido del mismo, ha sabido defender los alcances de su iniciativa en cuanto espacio ha tenido la oportunidad de participar, destacando la relevancia del mismo y la necesidad de incorporar la perspectiva de género en el proceso legislativo, sobre todo, cuando se trata de defender los derechos de las mujeres y niñas de nuestro país.

Por ello, y ante el desconocimiento que aún tiene la ciudadanía (pienso sobre todo en las mujeres) en torno al contenido y alcances de esta Ley, aprovecharemos esta columna para resumir brevemente los aspectos más saltantes de la misma, pues creemos fundamental que los ciudadanos, pero más las ciudadanas, tomen nota acerca de este nuevo marco de protección que las mujeres y niñas peruanas tienen a partir de la decisión congresal aprobada, como ya dijimos, de manera casi unánime por el Parlamento nacional.

Sobre la finalidad de la Ley
El objetivo de la Ley es prevenir y sancionar el acoso sexual producido en los espacios de uso público, como las calles y los medios de transporte público, que afectan por lo general la dignidad, la libertad, el libre tránsito y el derecho a la integridad física y moral de las niñas, niños, adolescentes y mujeres.



Sobre el ámbito de aplicación de la Ley y los sujetos implicados
Al hablar del ámbito, la Ley se refiere a los espacios de uso público, como calles, avenidas, parques, plazas, y otros de similar naturaleza. También incluye dentro de este concepto a los medios de transporte público.

Con respecto a los sujetos de la misma, la Ley hace alusión a dos figuras: 1) Acosador/a: toda persona, varón o mujer, que realiza un acto o actos de acosos sexual en los ámbitos antes señalados; y 2) Acosado/a: toda persona, varón o mujer, que es víctima de acoso sexual en los ámbitos señalados.

Sobre el concepto de “acoso sexual callejero”
Para la Ley, el acoso sexual callejero es la conducta física o verbal de naturaleza o connotación sexual, realizada por una o más personas en contra de otra u otras, quienes no desean y/o rechazan estas conductas por considerar que afectan su dignidad, sus derechos fundamentales como la libertad, integridad y libre tránsito, creando en ellas intimidación, hostilidad, degradación, humillación o un ambiente ofensivo en los espacios públicos.

Sobre la configuración del “acoso sexual callejero”
La Ley señala que para que se configure el acoso sexual callejero se debe presentar alguno de los siguientes elementos: 1) El acto de naturaleza o connotación sexual que afecta la conducta y libre tránsito de las víctimas, así como su dignidad, libertad e integridad; 2) El rechazo de los actos de acoso sexual que afectan la toma de decisiones en el normal desarrollo de las actividades regulares en la vida pública de las víctimas.


Sobre la manifestación del “acoso sexual callejero”
Según la Ley, el acoso sexual callejero puede manifestarse a través de las siguientes conductas: 1) Actos de naturaleza sexual o verbal o no. Se entiende por actos de naturaleza sexual no verbales a las miradas persistentes e incómodas, ruido de besos y/o silbidos, entre otros; 2) Comentarios, bromas e insinuaciones de tipo sexual; 3) Gestos obscenos que resulten insoportables, hostiles, humillantes u ofensivos; 4) Tocamientos indebidos, roces corporales, frotamientos contra el cuerpo o masturbación en el transporte o lugares públicos; y 5) Exhibicionismo o mostrar los genitales en el transporte o lugares públicos.

Ahora bien, tomando como base para nuestro comentario la exposición de motivos del Proyecto de Ley, considero necesario realizar algunas notas (datos, cifras, comparaciones) que ayuden a comprender la magnitud del problema que esta Ley (junto a otras medidas) busca solucionar, así como también la importancia que como sociedad le debemos dar a este tipo de iniciativas  -que desde una perspectiva de género- apuntan a proteger a las mujeres de nuestro país.

Como bien se señala en el Proyecto, la violencia contra las mujeres es parte de un proceso continuado de violencia, que tiene sus orígenes en contextos de discriminación previos, marcados por un sistema social machista que no considera a la mujer como sujeto de derecho, con ejercicio pleno de su ciudadanía y sexualidad.

Además, la violencia de género, expone el Proyecto, adopta diversas formas, desde la violencia sexual hasta los feminicidios. Nuestro país registra la más alta tasa de denuncias de casos de violación sexual en América Latina, siendo que el 82% de los delitos de violación sexual reportados a nivel nacional se registraron en Lima y Callao.


Casualmente, refiere el Proyecto, una de estas formas de violencia de género, quizás la más “popular”, es el caso del acoso sexual callejero, es decir, aquellos en los que las mujeres que transitan por las calles, usan el servicio público de transporte urbano o en otros espacios públicos, se ven expuestas, a ofensas a su dignidad, a su libertad e integridad, con palabras obscenas, tocamientos, entre otras formas de acoso sexual.

Por ello, es importante señalar que son las mujeres las principales víctimas (excepcionalmente también son los varones) de esta forma de violencia. Así, un estudio realizado por la Pontifica Universidad Católica del Perú (2013), reveló que más del 40% de las personas que manifestaron que en los últimos 6 meses habían sido víctimas de acoso sexual en la calle o el transporte público, con personas desconocidas del sexo opuesto, eran mujeres.

Es necesario recordar, como también se hace en el Proyecto, que desde sus orígenes el acoso sexual estuvo muy ligado al centro de labores, sin embargo, actualmente el acoso sexual puede ocurrir en una variedad de circunstancias y lugares; en nuestro país se encuentra especialmente vinculado a los espacios públicos como las calles y al transporte público. Es justamente en estos espacios en los cuales se concentran una serie de formas de acoso sexual como tocamientos, frotamientos, masturbación, comentarios vulgares, entre otras formas de violencia sexual.

La gravedad de la problemática antes descrita, presente no sólo en nuestro país, sino también en otras partes del mundo, ha motivado que en la legislación comparada de otros países, sin considerar aquellos que han regulado el acoso sexual en el ámbito laboral, encontremos leyes que protegen a las mujeres frente a este tipo de actos de violencia sexual. Entre los países que han legislado sobre esta materia tenemos a Suiza, Reino Unido, España, Australia, Chile, Guatemala, Venezuela, Brasil, Bolivia y Ecuador.

Así, para la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la promulgación de instrumentos jurídicos internacionales que protegen el derecho de las mujeres a vivir libres de violencia refleja el consenso y el reconocimiento progresivo por parte de los Estados del trato que éstas tradicionalmente han recibido en sus respectivas sociedades, lo que ha dado como resultado que sean víctimas y estén expuestas a diferentes formas de violencia, que incluyen la violencia sexual, psicológica, física y el abuso de sus cuerpos.


Ahora bien, a partir de lo señalado en líneas previas, es fundamental tener en claro que el acosador puede ser cualquier persona como, por ejemplo, un trabajador en un restaurante, de una mecánica o construcción, un cliente, padre de familia, estudiante, vecino o simplemente un extraño. Asimismo, en el Proyecto se advierte que si bien el acoso constituye una conducta repetitiva, también puede tratarse de un hecho aislado o irrepetible.

Del mismo modo, se precisa en el Proyecto, que la víctima no necesariamente es la persona acosada sino que también puede ser un testigo del acoso que encuentra dicha conducta como ofensiva y, por ello, es afectado por ella. Sin embargo, en algunos casos es posible que no existan testigos, lo cual no implica la inexistencia del acoso, ya que esta conducta se da en lugares públicos y por extraños, que consiste en conductas verbales o no verbales relacionadas con la sexualidad tanto del acosador como de la víctima.

Finalmente, resulta fundamental que las entidades públicas encargadas de hacer cumplir esta Ley (Gobiernos Sub Nacionales, Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, Ministerio de Educación, Ministerio de Salud, Ministerio de Transportes y Comunicaciones y Policía Nacional del Perú) asuman cabalmente este compromiso, diseñando planes de acción, seguimiento, prevención y sanción de este tipo de conductas de violencia contra la mujer.


Por ello, creo que como sociedad, tal y como se dice en el Proyecto, debemos reconocer que el acoso sexual es un grave problema directamente relacionado con el ejercicio abusivo del poder, de la concepción de superioridad de los varones, que los coloca en una posición jerárquica de poder, lo que facilita la violencia contra las mujeres en el Perú. De allí, la gran importancia que adquieren este tipo de propuestas en sociedades machistas como la nuestra, pues ellas buscan prevenir y sancionar conductas que atentan contra la libertad e integridad sexual de las mujeres, así como su derecho al libre desarrollo y a llevar una vida libre de violencia. 

Etiquetas: , ,

lunes, 4 de marzo de 2013

¿Qué hacemos los peruanos para proteger a mujeres como "Bibi"?





Una mujer afgana, Bibi Aisha Mohammadzai, tenía apenas 12 años cuando  su padre la comprometió para que contraiga matrimonio con un combatiente del movimiento talibán. Cuando cumplió los 14 años, ella fue obligada a casarse con el combatiente. Así se inició el infierno trágico que le tocaría vivir por cometer el pecado de querer ser una “mujer libre”.

Desde que contrajo nupcias, Bibi fue víctima de violencia física y psicológica. No existen males que duren cien años, ni cuerpos que los resistan, eso Bibi lo entendió a punta de golpes y humillaciones, por eso, al cumplir los 18 años, se escapó de su casa para salvar su vida. Lo peor vendría después, al cabo de unos días, Bibi fue detenida y encarcelada por las fuerzas del orden de su país, quienes no tuvieron mejor idea que ponerla en manos de su desquiciado esposo.

La violencia que su esposo practicaba en contra suya llegó a límites insospechados, a Bibi le cortó la nariz y las orejas, para luego dejarla abandonada a su suerte como si fuera un animal degollado. Pero Bibi fue rescatada y atendida en un hospital estadounidense y pasó a ser protegida por una fundación dedicada a defender los derechos de las mujeres de esta parte del mundo.

Luego de muchas operaciones reconstructivas Bibi tiene una nueva nariz, sus cicatrices en su cuerpo desaparecen lentamente, no podemos decir lo mismo de las heridas que ella lleva grababas en el alma, tampoco de los traumas que su mente y su memoria no pueden olvidar. A pesar de todo su dolor, Bibi está decidida a luchar por salvarles la vida a los cientos de miles de mujeres afganas que en estos momentos padecen el martirio que a ella le tocó vivir.

¿Por qué ocuparnos de una historia que ocurrió a miles de kilómetros de nuestro país? ¿Por qué nos debería interesar conocer la historia de Bibi y de tantas otras mujeres que sufren a diario la violencia a manos de sus enfermas parejas? La respuesta es muy simple: en el Perú tenemos a miles de “Bibis” que por diversas razones son víctimas de humillaciones y vejámenes sin que ello genere mayor indignación en nuestra sociedad. De hecho, cuántas veces son los propios familiares de las víctimas los que justifican esta insana violencia y encubren a los responsables de tanta barbarie.

La realidad afgana, la vida de las mujeres y la violencia que contra estas se practica en esta región del globo no son ajenas a lo que ocurre en nuestro país, más aún si tomamos como referencia las cifras que las propias entidades de nuestro Estado han hecho públicas dando cuenta de los delitos que se cometen en contra de las mujeres y de la vida miserable a la cual ellas están condenadas sino se someten a las órdenes de sus captores, a los cuales ellas llaman esposos, novios o ex parejas.

De acuerdo a estadísticas oficiales elaboradas por instituciones como el Ministerio Público (no es la única), tenemos que en el Perú  se han registrado 135 (2009), 117 (2010), 64 (2011), 97 (2012) casos de feminicidio durante estos 4 años.

El feminicidio es el asesinato evitable contra la mujer por razones de género. Los estudios arrojan que en más de un 80% de los casos el victimario es la pareja o ex pareja de la víctima. Además, se sabe que muchas veces son los policías, jueces y fiscales los que terminan responsabilizando a las mujeres de los actos de violencia que ellas sufren. Frases como: ¿Quizá tú tuviste la culpa? ¿Por qué haces enojar a tu marido? ¿Qué ropas usabas cuando tu esposo te golpeó por celos?, terminan evidenciando la miseria moral y estrechez mental de los que tienen la misión de procesar las denuncias que las mujeres hacen en contra de sus agresores.

Asimismo, los informes señalan que en la mayoría de los casos las mujeres mueren acuchilladas, estranguladas, baleadas o golpeadas hasta su muerte. Nadie podría imaginar que el escenario en el que se cometen estos sangrientos delitos es el domicilio de la propia víctima (duermen con sus verdugos). Lo peor de todo esto es que en muchos casos las víctimas denunciaron a sus agresores por actos de violencia física, psicológica o sexual cometidos de manera reiterada por estos, sin que ello motivara a las autoridades a tomar las medidas necesarias para poner punto final a tanta violencia. Los agresores son tratados con benevolencia y al poco tiempo vuelven al hogar para seguir ensañándose con sus víctimas. En otras palabras, estos asesinatos se pudieron evitar. Esa es la dura y cruda realidad en nuestro país.

En el año 2012, Lima registró 24 víctimas de feminicidio, seguida por los departamento de Junín (9), Puno (6), Tacna (6) y Lambayeque (5). Es decir, en estos departamentos se registró el 51.6% de los casos de feminicidio a nivel nacional. Cifra que grafica la magnitud de este problema social cuyo saldo final arroja el estremecedor número de aproximadamente 410 mujeres asesinadas en los últimos 4 años por razones de género.

¿Qué hace el Estado para frenar esta violencia y proteger adecuadamente a sus mujeres? Al parecer, los esfuerzos que se han venido dando en los últimos años no han dado los frutos que todos esperaban. Falta una política integral que ataqué el problema de modo estructural. Se requiere de una coordinación y cooperación constante entre las instituciones involucradas. Además, es necesario que la sociedad sancione y repudie drásticamente este tipo de actos atroces, y para eso, no existe otra fórmula que no sea la de fomentar una educación con enfoque de género a nivel nacional.

Los peruanos y peruanas debemos exigir sanciones ejemplares no sólo para ladrones o delincuentes, sino también para esos maridos o ex parejas cobardes que violentan a las mujeres. Mientras no seamos capaces como sociedad de entender que nadie tiene derecho a maltratar a una mujer, que ningún marido celoso puede agarrar a trompadas a su esposa, que ningún novio o enamorado puede destrozarle la cara a su pareja en un arranque de cólera, no lograremos vencer a este problema que trasciende la esfera de los estrictamente penal, y nos muestra la peor cara de lo que somos como sociedad, y de lo que debemos dejar de ser. No es posible hablar de un país que crece y se desarrolla cuando tenemos una de las tasas de violencia contra la mujer más altas del continente. Decir eso es una infamia.

Nota: Este artículo será también publicado en http://elcristalroto.pe/ portal institucional de la Facultad de Derecho de la Universidad del Pacífico.

Etiquetas: , , ,

miércoles, 7 de marzo de 2012

¿Es Lima una sociedad enferma de machismo?








Esa es la pregunta que intenta absolver la doctora Raquel Hurtado La Rosa en su libro titulado “Caracol de Piedra”. Esta publicación, elaborada y redactada con profunda rigurosidad, tiene por finalidad hacer visible el problema del género en nuestra sociedad, a partir del reconocimiento de un sin número de estereotipos sociales que definen la manera de ser mujer u hombre en nuestro medio. Ello conlleva a reconocer y redefinir el problema de la masculinidad, además de hacer visible la situación de subordinación y desventaja de las mujeres en nuestro país.






Luego de revisar los datos recogidos a nivel de campo, del análisis de las opiniones de los entrevistados y de la sistematización de la información hecha por la autora, el lector, cualquiera que sea su profesión, oficio o actividad, llega a una sola conclusión: En nuestra sociedad, los hombres de Lima Metropolitana son todavía profundamente machistas. A continuación haré algunas referencias y apuntes que no dejan dudas sobre la veracidad de lo antes afirmado.




La mayoría de los entrevistados reconoce la importancia de la participación de la mujer en el espacio público y privado. La mayoría reconoce la necesidad de brindar a la mujer el mismo número de oportunidades laborales y académicas de las cuales goza el hombre. Todos o casi todos, reconocen que tanto la mujer como el hombre tienen los mismos derechos y responsabilidades.




Sin embargo, al ser preguntados por los roles que ellos asumen o si asumirían roles domésticos al interior de su hogar, la respuesta cambia. La mayoría señala que ello se justifica siempre que la mujer trabaje fuera del hogar, lo cual supone una desvalorización de la mujer ama de casa. Asimismo, esta justificación se consolida si la mujer gana más que el hombre, ello es así pues si ella es quien trae más dinero al hogar es justo que el hombre asuma la carga doméstica. No obstante ello, otro importante grupo de hombres señaló que solo asumiría estos roles en situaciones excepcionales: Cuando la mujer enferma o cuando ellos se quedan sin trabajo. Es decir, para un número importante de hombres solo se asumen roles domésticos cuando ellos están en incapacidad de cumplir con el rol que la sociedad les impone, ¿Cuál es ese rol? No es otro que la del hombre proveedor, el hombre capaz de solventar solo a su familia, el hombre exitoso, el hombre que cuenta con el dinero suficiente para sacar adelante a los suyos, la típica figura prehistórica del hombre visto como cazador, proveedor, protector. En otras palabras, a los limeños les cuesta abandonar la figura del “súper macho fuerte”.




Consultados sobre el supuesto en el cual la mujer es quien recibe un mejor salario que el hombre. La mayoría reconoce las ventajas que ello trae consigo para la economía familiar. Sin embargo, otro importante grupo señala que este supuesto puede originar otro tipo de problemas. Varios de los entrevistados ven en la mujer a una virtual competidora, muchos de ellos creen que si la mujer gana más que el hombre adquirirá un mayor poder al interior del hogar, hecho que sin lugar a dudas ocasionará problemas, dado que esta podrá discutir o desconocer las órdenes del hombre, y ello es desventajoso pues menoscaba la figura del marido o esposo como “Jefe del hogar”. Es decir, una vez más, asoma el machismo, el hombre asume que la posición y autoridad que tiene en casa depende del dinero que él lleva al hogar, basa su posición al interior de la familia en su capacidad para proveer y satisfacer las necesidades materiales de los suyos, desconoce que el respeto que la mujer o los hijos sienten hacia él se construye a partir de otro tipo de factores, como el cariño, el afecto, la responsabilidad o el respeto que él día a día les profesa.




Consultados sobre qué opinan de la violencia familiar. La mayoría de ellos reconoce la existencia de la misma al interior de la familia peruana. Incluso brindan datos sobre la misma, señalan que en la mayoría de los casos la violencia se asocia al consumo de drogas o alcohol. Asimismo, señalan que las razones se deben a problemas económicos, diferencias a nivel laboral y salarial con la pareja o los celos. Nuevamente aparece el machismo encubierto en esta problemática. El hombre al sentir que no puede cumplir con su rol de padre, esposo o pareja protectora, al verse opacado por la pareja en el campo laboral o económico, busca restablecer esa relación de dominio sobre la mujer a través de la violencia, del insulto, del vejamen y la humillación. Este dato es sumamente alarmante pues las cifras de violencia familiar en nuestro país son tan elevadas que este fenómeno ha sido considerado como un problema de salud pública.




Consultados sobre su opinión sobre la violencia de mujeres contra hombres. La mayoría reconoció la existencia de este problema. Muchos reclaman la necesidad de crear instituciones o programas para su defensa. Muchos reconocen la necesidad de ayudar psicológicamente a los hombres que sufren abuso. Sin embargo, reconocen que la mayoría de los hombres abusados, o ellos mismos, no denuncian estos casos por vergüenza, sienten temor a lo que la sociedad y su grupo más cercano piense de ellos. El hombre que denuncia que su mujer le pega, dice uno de ellos, queda como un tonto, como un saco largo, como un mariquita que no se puede hacer respetar. Una vez más aflora el machismo, cómo denunciar maltrato por parte de la mujer, si la sociedad asume que el hombre es el “machazo” en la relación, si la sociedad hace de la mujer un ser indefenso, que necesita protección, cómo denunciar si el propio policía o fiscal ante quien denunció el hecho se burla y le dice: ¡caramba hombre, déjate de cojudeces!




Consultados sobre si alguna vez han rechazado una propuesta de alguna dama de ir a la cama con ella o si han dejado pasar la oportunidad de acostarse con una mujer, aun cuando se trate de una desconocida y a pesar de los riesgos que esto trae consigo. La mayoría señala que tanto el hombre como la mujer tienen el derecho de decir “no”. Sin embargo, un grupo importante de los entrevistados reconoce que a veces uno tiene que hacerlo porque sino luego dicen que uno es homosexual, que no le gustan las mujeres y eso no se puede permitir. Más aún, reconocen que uno le puede decir que “no” a las parejas ocasionales, a las trampitas, como dicen ellos, pero uno no puede decirle no a la esposa. Nuevamente hace su aparición el machismo encubierto, a la esposa no se le puede decir “no”, porque si eso pasa, se corre el riesgo que ella busque satisfacer su deseo fuera de casa, se corre el riesgo de la infidelidad. Es decir, el hombre cree que la fidelidad y compromiso de la esposa o pareja se ganan siendo un verdadero campeón en la cama, un tipo que sin importar el sin número de problemas que tenga en la mente es capaz de satisfacer a su “hembra”, porque si eso no ocurre, infidelidad segura, afirman muchos de ellos.




Como pueden apreciar este tipo de pensamientos, explícitos o no, evidencian actitudes de dominio y autoritarismo, dentro y fuera del hogar, el hombre asume que tiene el derecho y el deber de proteger su posición de dominio en la relación con su pareja. Surge la necesidad de hacer evidente ante todo el mundo que él es un hombre fuerte, valeroso, viril, duro, capaz de llevarse al mundo por delante si así lo quiere. En ese sentido, como afirma la autora, si bien las mujeres también son obligadas por la sociedad ha ser “femeninas” (entiéndase, delicadas, tiernas, amables, respetuosas, pulcras, sexualmente pasivas), la condición masculina está siempre en duda, necesita reafirmarse social y personalmente con frecuencia. De allí la necesidad de que en todo salón de clase exista un lorna o un maricón, del cual el niño tenga que diferenciarse, como reflejo de su virilidad y hombría.




Este estudio pone en evidencia la necesidad de reconstruir el concepto de lo masculino en nuestra sociedad, este informe pone en tela de juicio las construcciones sociales que a lo largo de los años se han ido consolidando en torno al rol que el hombre y la mujer deben asumir en la sociedad, este informe marca un camino hacia la construcción de una masculinidad basada en la equidad de género, una masculinidad capaz de reconocer en la mujer a un ser con los mismos, deberes, derechos y obligaciones, tanto fuera como dentro del hogar. Solo así podremos avanzar en el camino hacia la consolidación de una sociedad más igualitaria y democrática, pues la verdadera democracia se inicia en el hogar, dejemos atrás esos estilos de crianza en los cuales Juanito debe jugar con pistolas y Juanita debe hacerlo con muñecas “Barbies”, dejemos atrás la absurda costumbre de separar los colores, negro o azul para el varoncito, rosado o amarrillo para la mujercita. Reconozcamos que el machismo empieza por casa, con mamá ordenando a mis hermanas que planchen mis camisas y con papá diciéndome “tú si puedes emborracharte y llegar tarde porque eres hombre”.


Rafael Rodríguez Campos

Etiquetas: , , , , ,