lunes, 4 de marzo de 2013

¿Qué hacemos los peruanos para proteger a mujeres como "Bibi"?





Una mujer afgana, Bibi Aisha Mohammadzai, tenía apenas 12 años cuando  su padre la comprometió para que contraiga matrimonio con un combatiente del movimiento talibán. Cuando cumplió los 14 años, ella fue obligada a casarse con el combatiente. Así se inició el infierno trágico que le tocaría vivir por cometer el pecado de querer ser una “mujer libre”.

Desde que contrajo nupcias, Bibi fue víctima de violencia física y psicológica. No existen males que duren cien años, ni cuerpos que los resistan, eso Bibi lo entendió a punta de golpes y humillaciones, por eso, al cumplir los 18 años, se escapó de su casa para salvar su vida. Lo peor vendría después, al cabo de unos días, Bibi fue detenida y encarcelada por las fuerzas del orden de su país, quienes no tuvieron mejor idea que ponerla en manos de su desquiciado esposo.

La violencia que su esposo practicaba en contra suya llegó a límites insospechados, a Bibi le cortó la nariz y las orejas, para luego dejarla abandonada a su suerte como si fuera un animal degollado. Pero Bibi fue rescatada y atendida en un hospital estadounidense y pasó a ser protegida por una fundación dedicada a defender los derechos de las mujeres de esta parte del mundo.

Luego de muchas operaciones reconstructivas Bibi tiene una nueva nariz, sus cicatrices en su cuerpo desaparecen lentamente, no podemos decir lo mismo de las heridas que ella lleva grababas en el alma, tampoco de los traumas que su mente y su memoria no pueden olvidar. A pesar de todo su dolor, Bibi está decidida a luchar por salvarles la vida a los cientos de miles de mujeres afganas que en estos momentos padecen el martirio que a ella le tocó vivir.

¿Por qué ocuparnos de una historia que ocurrió a miles de kilómetros de nuestro país? ¿Por qué nos debería interesar conocer la historia de Bibi y de tantas otras mujeres que sufren a diario la violencia a manos de sus enfermas parejas? La respuesta es muy simple: en el Perú tenemos a miles de “Bibis” que por diversas razones son víctimas de humillaciones y vejámenes sin que ello genere mayor indignación en nuestra sociedad. De hecho, cuántas veces son los propios familiares de las víctimas los que justifican esta insana violencia y encubren a los responsables de tanta barbarie.

La realidad afgana, la vida de las mujeres y la violencia que contra estas se practica en esta región del globo no son ajenas a lo que ocurre en nuestro país, más aún si tomamos como referencia las cifras que las propias entidades de nuestro Estado han hecho públicas dando cuenta de los delitos que se cometen en contra de las mujeres y de la vida miserable a la cual ellas están condenadas sino se someten a las órdenes de sus captores, a los cuales ellas llaman esposos, novios o ex parejas.

De acuerdo a estadísticas oficiales elaboradas por instituciones como el Ministerio Público (no es la única), tenemos que en el Perú  se han registrado 135 (2009), 117 (2010), 64 (2011), 97 (2012) casos de feminicidio durante estos 4 años.

El feminicidio es el asesinato evitable contra la mujer por razones de género. Los estudios arrojan que en más de un 80% de los casos el victimario es la pareja o ex pareja de la víctima. Además, se sabe que muchas veces son los policías, jueces y fiscales los que terminan responsabilizando a las mujeres de los actos de violencia que ellas sufren. Frases como: ¿Quizá tú tuviste la culpa? ¿Por qué haces enojar a tu marido? ¿Qué ropas usabas cuando tu esposo te golpeó por celos?, terminan evidenciando la miseria moral y estrechez mental de los que tienen la misión de procesar las denuncias que las mujeres hacen en contra de sus agresores.

Asimismo, los informes señalan que en la mayoría de los casos las mujeres mueren acuchilladas, estranguladas, baleadas o golpeadas hasta su muerte. Nadie podría imaginar que el escenario en el que se cometen estos sangrientos delitos es el domicilio de la propia víctima (duermen con sus verdugos). Lo peor de todo esto es que en muchos casos las víctimas denunciaron a sus agresores por actos de violencia física, psicológica o sexual cometidos de manera reiterada por estos, sin que ello motivara a las autoridades a tomar las medidas necesarias para poner punto final a tanta violencia. Los agresores son tratados con benevolencia y al poco tiempo vuelven al hogar para seguir ensañándose con sus víctimas. En otras palabras, estos asesinatos se pudieron evitar. Esa es la dura y cruda realidad en nuestro país.

En el año 2012, Lima registró 24 víctimas de feminicidio, seguida por los departamento de Junín (9), Puno (6), Tacna (6) y Lambayeque (5). Es decir, en estos departamentos se registró el 51.6% de los casos de feminicidio a nivel nacional. Cifra que grafica la magnitud de este problema social cuyo saldo final arroja el estremecedor número de aproximadamente 410 mujeres asesinadas en los últimos 4 años por razones de género.

¿Qué hace el Estado para frenar esta violencia y proteger adecuadamente a sus mujeres? Al parecer, los esfuerzos que se han venido dando en los últimos años no han dado los frutos que todos esperaban. Falta una política integral que ataqué el problema de modo estructural. Se requiere de una coordinación y cooperación constante entre las instituciones involucradas. Además, es necesario que la sociedad sancione y repudie drásticamente este tipo de actos atroces, y para eso, no existe otra fórmula que no sea la de fomentar una educación con enfoque de género a nivel nacional.

Los peruanos y peruanas debemos exigir sanciones ejemplares no sólo para ladrones o delincuentes, sino también para esos maridos o ex parejas cobardes que violentan a las mujeres. Mientras no seamos capaces como sociedad de entender que nadie tiene derecho a maltratar a una mujer, que ningún marido celoso puede agarrar a trompadas a su esposa, que ningún novio o enamorado puede destrozarle la cara a su pareja en un arranque de cólera, no lograremos vencer a este problema que trasciende la esfera de los estrictamente penal, y nos muestra la peor cara de lo que somos como sociedad, y de lo que debemos dejar de ser. No es posible hablar de un país que crece y se desarrolla cuando tenemos una de las tasas de violencia contra la mujer más altas del continente. Decir eso es una infamia.

Nota: Este artículo será también publicado en http://elcristalroto.pe/ portal institucional de la Facultad de Derecho de la Universidad del Pacífico.

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