martes, 14 de mayo de 2013

LA FORTUNA DE NUESTROS PRESIDENTES




En política, uno tiene la obligación de “ser” y “parecer” honesto. En política, terreno de apariencias y falsos ídolos, es fundamental que los actores estén libres de cualquier tipo de duda o cuestionamiento que ponga en tela de juicio su buen nombre. En política, actividad en la que las percepciones terminan siendo más importantes que las realidades, las acciones y decisiones que se toman en privado deben ser calibradas con sumo cuidado, pues de no ser así, un paso en falso puede terminar sepultando públicamente la imagen de quienes quisieron convertirse en los abanderados de la transparencia o en los adalides de la lucha contra la corrupción.

Hace algunos meses los medios de comunicación en nuestro país dieron a conocer el patrimonio inmobiliario de dos expresidentes. De inmediato, y como para no perder nuestro gusto por el chisme, deporte nacional que es el deleite de grandes y chicos, se comenzó a especular en torno al origen del dinero con el que ambos habían logrado comprar estas propiedades. ¿Puede un expresidente de un país pobre como el Perú amasar una fortuna como de la que hablaba la prensa? ¿El sueldo de un expresidente en el Perú puede servir para adquirir predios valorizados en varios miles de dólares? Esas fueron preguntas que la gente empezó a formularse en la calle y en cualquier reunión familiar o social.

Si me lo preguntan, debo decir que a mí me cuesta muchísimo trabajo creer que alguien que nunca ha trabajado en otra cosa que no sea “hacer política”, tenga los recursos suficientes como para adquirir inmuebles en el Perú y en el extranjero ubicados en zonas exclusivas. Salvo se trate, claro está, de ese tipo de políticos que luego de haber dejado el cargo “oficial” empiezan a cobrar con creces la lista de favores que durante su gestión decidieron conceder a determinados grupos o personalidades, a cambio, de eso no hay duda, de una jugosa retribución futura. En otras palabras, la política, cuando es ejercida de manera decente, no permite vivir a todo lujo y confort, tampoco hace posible una vida llena de excesos, viajes, casas, departamentos, y mucho menos de pagos “generosos” a cambio de disertaciones que no son otra cosa que una retahíla de lugares comunes y frases vacías.

Pero el asunto, como ya es costumbre en el país, pasó rápidamente al olvido, y salvo las presentaciones públicas de los implicados, en conferencias de prensa en las que nadie se atreve a hacer preguntas que incomoden al poder, dejó de ser noticia, y dando vuelta a la página, los medios volvieron a centrar su “trabajo” en los dos temas preferidos por nuestros periodistas: la candidatura de Nadine Heredia para las elecciones del 2016 y el indulto humanitario en beneficio de Alberto Fujimori. Dicho de otro modo, a nadie de la “gran prensa” le conviene enemistarse con dos potenciales candidatos para las próximas elecciones, menos cuando durante sus respectivos gobiernos, estos medios fueron favorecidos con importantes millones de soles en publicidad estatal.

Sin embargo, ahora el tema vuelve a ser tocado por los medios a raíz de la compra de una “nueva propiedad” por parte de la suegra de un expresidente. No tiene nada de malo el que la suegra de un expresidente decida comprar millonarias propiedades, para luego, si ella quiere, ponerlas a nombre de su hija, o del marido de esta, quien tuvo a su cargo los destinos de nuestro país. Pero como no tiene nada de malo, los ciudadanos tenemos el legítimo derecho de hacernos algunas preguntas: ¿De dónde sacó el dinero la afortunada señora para cerrar estas transacciones? ¿Quién o quiénes se encargaron de “hacer el negocio” en su representación si se sabe que la generosa dama vive en el extranjero? ¿A nombre de quiénes están registradas las propiedades?

Esas son preguntas que un expresidente debe estar en condiciones de absolver para salvaguardar su honor, el de su familia, y el de un país que está cansado de ver cómo sus funcionarios se llenan los bolsillos de la manera más infame. Eso siempre que no sea cierta la antológica frase: ¡A mí la plata me llega sola! Porque si la frase es verdadera pues entonces apaguemos las luces, vámonos todos, y terminemos por asesinar la ética pública en el Perú. Eso para alegría y felicidad de ladrones, criminales y pillos. Porque recuerden que cuando todos son corruptos, entonces nadie es corrupto. Y por ende, la impunidad se instala cubriendo con su manto la sarta de corruptelas y pendejadas a las que nuestros políticos nos tienen acostumbrados.

Pero no nos pongamos tristes, tampoco creamos que únicamente en el Perú se presentan este tipo de denuncias. La lista de ejemplos en nuestra región es pródiga. Tenemos casos de escándalos de corrupción que terminaron con la carrera política de congresistas, ministros y presidentes latinoamericanos. Ahora mismo, el periodista argentino Jorge Lanatta, en el programa “Periodismo para Todos” de la televisión argentina, acaba de publicar un reportaje en el que se da cuenta de la fortuna descomunal acumulada por la presidenta de ese país, Cristina Fernández, durante los últimos años. Coincidentemente durante los años en los que su esposo, el expresidente Néstor Kirchner, y ella, han ejercido el cargo de jefes de Estado.

Nadie en el Perú o Argentina puede estar feliz con este tipo de denuncias periodísticas. Nadie quiere que sus expresidentes sean reconocidos a nivel internacional como “dueños de mansiones y poseedores de fortunas” que no pueden justificar sin que la voz se les entrecorte o sus rostros los delaten. Por el bien de nuestra democracia esperemos que las denuncias sean falsas, que los presidentes puedan explicar a sus pueblos el origen y la manera cómo fueron amasando su patrimonio. De no ser así, la prensa está obligada a seguir investigando y denunciando. Aunque eso signifique perder la amistad de los dueños de la publicidad estatal.

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