miércoles, 10 de octubre de 2012

La esquizofrenia de la izquierda peruana



Seguro al leer el título de este artículo algún izquierdista bruto y achorado (dogmáticos tenemos en ambos bandos) afilará su puntería y llenará su arma con balas de odio y estiércol. Lo mismo haría un derechista en el otro bando, si el tenor fuese otro. El título pudo ser también “hipocresía zurda” o “la doble moral progresista”. En fin, el encabezado pudo ser cualquiera, pero en modo alguno cambiaría lo que muchos hemos sentido y pensado al escuchar a algunas voces de nuestra izquierda pronunciándose sobre los resultados en las últimas elecciones presidenciales llevadas a cabo en Venezuela.


Celebran y felicitan la victoria “democrática” del sátrapa Hugo Chávez, es una nueva forma de hacer la revolución, dicen algunos. Otros, con menos pudor y con más talento para la lisonja interesada y la adulación rastrera, dicen que Chávez es la mismísima encarnación de Simón Bolívar, y que su pueblo lo ha premiado por ser la única voz en América del Sur capaz de denunciar los abusos del imperio norteamericano (se olvidan que ese mismo imperio es el principal importador de su petróleo).


Chávez tiene sus amigos en el barrio, mejor dicho, tiene un grupo de mandatarios que con la misma prédica, pero con menos dólares, pretenden hacer la revolución socialista del siglo XXI en base a clientelismo y populismo puros. Ser generoso es muy fácil, sobre todo cuando la generosidad es financiada con el dinero de todos los ciudadanos. Ningún venezolano, hasta los más chavistas, puede negar el brutal despilfarro que Chávez hace de las reservas de su país, financiando programas “populares” que tienen como único objetivo la formación de milicias que pueblan las calles y visten un  polo rojo por el temor a perder las dádivas que desde el poder reciben.


He marchado hace algunos años con muchos hombres y mujeres que con convicción nos oponíamos a la tercera elección del reo Alberto Fujimori. En ese momento las razones jugaban a nuestro favor, el dictador y su partido aprovechando la miseria de la población, desarrollaban un plan de asistencialismo a gran escala, financiado con el dinero de todos los peruanos, el cual les permitía transformar al autócrata en Papá Noel los doce meses del año. Pero el asunto era más complejo, el shogunato fujimorista había copado todo el aparato público, y hacía lo mismo con los medios de comunicación. Frente a ese escenario la respuesta era unánime: no es posible hablar de elecciones democráticas en un país en donde las libertades son conculcadas y los opositores son perseguidos.


Pero al cabo de algunos años, esos mismos defensores de la democracia, hoy convertidos en publicistas del chavismo, o silentes organizaciones no gubernamentales que prefieren mirar a otro lado, tiran al tacho toda esa prédica democrática, y se afanan en justificar una barbarie incalificable. Decir que las elecciones en Venezuela son un ejemplo de civismo democrático es atentar e insultar la inteligencia de todo latinoamericano medianamente informado.


El problema de este sector de la izquierda (no quiero referirme a toda ella) es que bajo su tesis la palabra democracia se reduce únicamente al acto electoral en el cual los ciudadanos depositan su voto. Si ello es así, el continente corre un grave riesgo, pues en otro país, y usando las mismas prácticas, el gobernante puede modificar la Constitución y las leyes electorales a su antojo, dilapidar los fondos públicos en su campaña, manipular a toda la burocracia convirtiéndola en portátil, quebrar el principio de separación de poderes, cerrar los medios de comunicación incómodos, perseguir a los opositores, y finalmente proclamarse “tirano electoralmente elegido” en una competencia cuya transparencia no pudo ser supervisada por ningún organismo internacional serio.


Qué curioso, esta izquierda fracasada y trasnochada, que cada cinco años va de tumbo en tumbo buscando a algún partido inscrito para fagocitar de sus entrañas, es la misma izquierda que criticó y sentenció políticamente a Fujimori por hacer todo aquello que hoy en día le perdona al tirano Hugo Chávez. Eso se llama hipocresía, acomodo, doble moral, incoherencia, o únicamente sesgo ideológico. Hablan de libertad, democracia y derechos humanos cuando se trata de descalificar a los jinetes negros de la derecha, pero callan, cierran los ojos, adulan, incluso ríen, cuando el tirano es uno de los suyos, cuando el autócrata se declara anti-imperialista  aunque todos estos sepan que ese mismo enemigo del colonialismo invierte miles de dólares en el financiamiento de grupos que en cada país inoculan su ideología anti-democrática.


Chávez venció en una competencia en la que no podía perder. El esfuerzo de Enrique Capriles ha sido enorme y merece por ello nuestro reconocimiento. Pero, ¿cómo competir con Goliat si a David ni siquiera se le permite tener una piedra? Basta con medir la presencia mediática de uno y otro candidato para darnos cuenta de la falsedad de las palabras de aquellos que afirman que la oposición tuvo las mismas posibilidades de vencer en esta elección.


Es cierto que en Venezuela existe un importante número de electores (la mitad de Venezuela quizá) que seguramente votó por Chávez. Es cierto que muchos de ellos prefieren a Chávez que a los grupos tradicionales de poder que representados por AD y COPEI, se encargaron de invisibilizarlos durante décadas mientras ponían el país al servicio de sus intereses. Chávez es visto  por ellos como el héroe que descabezó a esa derecha oligárquica, egoísta y corrupta. Todo eso es cierto.


Pero con igual contundencia, podemos decir que Chávez ha convertido a Venezuela en un país donde el plebiscito sirve para justificar la destrucción de los principios básicos de la democracia. No hemos querido hablar de la brutal crisis social, política y económica por la que atraviesa Venezuela, pues razones de tiempo nos lo impiden. Lo que debe quedarnos claro es que el discurso populista y autoritario sigue siendo exitoso en nuestros pueblos, y lo seguirá siendo mientras la “democracia” no sea capaz de llevar bienestar y desarrollo a la mayor parte de latinoamericanos. Debe quedarnos claro también que tenemos una clase política que más allá de comprometerse con la defensa de ciertas reglas que transparenten la dinámica política, como el rechazo a la reelección indefinida, aparecen en el escenario para justificar autoritarismos de derecha o izquierda, dependiendo de los apetitos e intereses que estos defiendan.




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