jueves, 3 de diciembre de 2009

La Iglesia Católica y las minorías sexuales


Una vez más las altas autoridades del Vaticano, en este caso su ex Ministro de Salud, cardenal Javier Lozano Barragán, sorprenden al mundo con declaraciones que ponen de manifiesto el clima de intolerancia y homofobia aún presentes en el seno de la Iglesia Católica. “Los homosexuales y transexuales no entrarán jamás en el reino de los cielos”, manifestó el cardenal.


A renglón seguido, tratando de justificar sus alucinantes declaraciones, no tuvo mejor idea que recurrir a lo dicho por San Pablo hace casi 2000 años para señalar que “uno no nace homosexual, sino que se convierte. Por razones diferentes, de educación o porque la propia identidad no se desarrolló durante la adolescencia. Puede que ellos no sean culpables, pero actuar contra la naturaleza y la dignidad del cuerpo no les garantiza entrar en el reino de los cielos”, manifestó el afiebrado cardenal.


Pero las declaraciones fueron más allá, luego de señalar el homosexualismo es un desorden, dijo también que los homosexuales son unos pecadores, y que es justamente ello lo que no les garantiza su ingreso en el reino del señor. No obstante ello, y como para que su intervención no sea catalogada como intolerante a la luz de los nuevos tiempos, instó a los hombres y mujeres del mundo a no cometer actos de discriminación contra ellos ya que el deber de los católicos es tratarlos con respeto y compasión.


Seguramente, al igual que yo, todos nos preguntaremos ¿Cómo un hombre con este tipo de complejos y limitaciones espirituales pudo haber llegado a ser una voz autorizada en las altas esferas del Vaticano, desempeñándose como Ministro de Salud?¿Cómo alguien que llama pecadores y tilda de desviados a personas que presentan una opción sexual distinta a la heterosexual puede luego hacer una llamado contra la discriminación de las minorías sexuales? ¿Cómo alguien puede decir que las puertas del cielo están cerradas para algunos hombres llamándolos pecadores y al mismo tiempo hablar de compasión y respeto por esos mismos hombres?


Sin lugar a dudas son preguntas que nos deben de invitar a una profunda reflexión en torno a la relación existente entre la religión, sus principios y dogmas, y la compatibilidad de estos con la construcción de una sociedad libre y democrática, en la cual las personas sean tratadas con dignidad, más allá de las diferencias sociales, religiosas, étnicas, o sexuales existentes. En un mundo en el cual los índices de violencia y discriminación parecen no descender, en un mundo en el cual la posibilidad de identificarse con el prójimo y colaborar de manera solidaria con su desarrollo y progreso es una tarea pendiente, en un mundo en el cual las diferencias interpersonales han servido para construir muros insalvables entres los seres humanos; declaraciones como las vertidas por este anacrónico cardenal no parecen contribuir con la concreción del mensaje de Cristo basado en el amor y respeto por el prójimo.


¿Qué autoridad tiene este mortal para decirle al mundo entero quién debe o quién no entrar en el reino de los cielos? Ninguna ¿Qué autoridad tiene este prócer de la discriminación para tildar de desviados o anormales a quienes viven de manera heterodoxa? Ninguna ¿Algún católico que cree en el mensaje de amor de Jesucristo puede estar de acuerdo con declaraciones que lo único que hacen es perpetuar las diferencias entre los seres humanos a partir de un conservadurismo rancio y una homofobia contraria a todo principio de pluralismo y tolerancia propios de las sociedades libres e igualitarias? No ninguno.


Evidentemente estas declaraciones traerán consigo una enorme polémica, el sentimiento de rechazo y repulsión hacia éstas ha sido tal que el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, ha tenido que salir a tratar de bajarle la temperatura al problema señalando que la iglesia no promueve ningún tipo de acción discriminatoria contra esta minoría sexual, instando a todos los hombres a tratarse con respeto. Me pregunto si éstas declaraciones responden a una reflexión sincera por parte de la máxima autoridad católica o no son más que un recurso mediático para frenar la andanada de críticas que semejante absurdo le ha ocasionada a la imagen del catolicismo en el mundo.


Lo preocupante del tema es que este tipo de opiniones no forman parte de la corriente de pensamiento minoritaria dentro de la Iglesia, de tiempo en tiempo todos somos testigos de una serie de hechos que ponen en tela de juicio el nivel de apertura del catolicismo para adaptar sus preceptos más añejos a las necesidades de los nuevos tiempos. Quizá este factor sea el que explique el éxodo masivo que desde hace algunas décadas atraviesa la Iglesia Católica, con la migración continua de sus fieles hacia otras iglesias o confesiones. Prueba de ello es el continuo fortalecimiento de la Iglesia Cristiana o Evangélica en nuestro continente, teniendo como ejemplo emblemático el caso de Brasil, país en el cual la Iglesia Evangélica ha experimentado un crecimiento exponencial en cuanto al número de seguidores.


Como no puede ser de otro modo, nuestro país también forma parte de este fenómeno, durante las últimas décadas el número de católicos que ha decidido migrar hacia otros credos ha ido en aumento, la posición intolerante del catolicismo en temas como la unión civil entre personas del mismo sexo, la eutanasia, la legalización del aborto por razones terapéuticas y/o eugenésicas, las políticas de planificación familiar, la difusión de la educación sexual en los colegios, es vista como un factor que disuade a los peruanos y peruanas al momento de adscribir su fe a una iglesia que permaneciendo ciega y sorda frente a una realidad que la desborda pretende regular la conducta humana apelando a principios que han dejado de tener vigencia hace mucho tiempo atrás.


En todo caso, y esta opinión es la de alguien que ejerce su derecho democrático a cuestionar la existencia de cualquier divinidad, sea católica, musulmana, israelí o hindú, creo que la pregunta que debemos de hacernos todos los latinoamericanos gira en torno a la labor o el rol que en los últimos años una institución tan importante como la Iglesia Católica ha desarrollado en el proceso de consolidación democrática de nuestra América Latina. Debemos preguntarnos si este tipo de autoridades religiosas, que profesan un discurso que genera un mayor antagonismo en nuestras sociedades, resultan positivas no sólo para la construcción de una sociedad mucho más libre, inclusiva y justa, sino también para la difusión del mensaje de amor que Dios, en caso este exista, quiso difundir entre los hombres a través de Jesucristo.




Rafael Rodríguez Campos

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