miércoles, 16 de septiembre de 2009

Don Aurelio: el promotor de libros


Marco Aurelio, filósofo y emperador romano, quien durante largos años derrotara en épicas batallas a los bárbaros haciendo inmortal su nombre por sus campañas militares como por su cultivado intelecto, fue reconocido en el mundo antiguo como Marco Aurelio el filósofo, debido a su importante obra que compila célebres pensamientos de inspiración estoica.

Hoy en día, casi dos mil años luego de su muerte, nosotros los peruanos también tenemos a nuestro Aurelio, pero nuestro ministro de justicia, Aurelio Pastor, si bien es cierto no será recordado por los peruanos como un filósofo, escritor, novelista o poeta, merece un espacio en los libros de historia bajo el título: “Aurelio, el promotor de libros”.

No sabemos si por interés y un afán de protagonismo exacerbados o por puro desconocimiento jurídico y político, esperemos que sea por lo segundo, el ministro de justicia se ha empeñado en estos últimos días en promocionar torpemente la publicación de un libro que por su torpeza creativa y su carencia intelectual hubiera sido sepultado por el soberano desinterés de un país en el cual sus ciudadanos leen un promedio de medio libro por año, y esto, siempre y cuando su autor sea un personaje de la farándula o un animador de televisión, como sucedió en la última edición de la Feria del Libro en Lima, en la cual los autores más vendidos fueron Beto Ortiz y Aldo Miyashiro.

Pues bien, el libro al que nos referimos es el ahora tan promocionado “De puño y letra”, su autor, Abimael Guzmán Reinoso, el ex cabecilla del movimiento terrorista Sendero Luminoso, el mismo que fuera responsable de la muerte de más de 30000 peruanos, tal y como lo señala el informe final de la Comisión de la Verdad, a la cual los propios amigos de Guzmán critican ácidamente cada vez que pueden y en cuanto set de televisión los acoge, muestra evidente de la intachable honorabilidad e imparcialidad de sus miembros, aquellos a los cuales muchas veces el sector más rancio de la derecha conservadora peruana, incluyendo el clero y las Fuerzas Armadas, tildaron de defensores del terrorismo y enemigos de la policía y el ejército.

Debo confesar que no he podido leer en su totalidad el mencionado libro, pasé dos días buscando una copia del mismo, ya que me parece poco riguroso opinar sobre una publicación que no se ha podido revisar a cabalidad, por ello mi sorpresa cuando el ministro de justicia, en menos de 24 horas había devorado las más de 400 soporíferas páginas que trae dicha publicación, para luego salir a los medios de comunicación, a decirle al país que tanto el acto de la presentación del libro como el contenido del mismo constituyen delito de apología al terrorismo.

Hoy, 3 días después de que el ministro presentara al libro en sociedad (ya que los asistentes a la presentación del libro hecha por los abogados de Guzmán no eran más que un grupo insignificante de personas), puedo decir que gracias a la piratería que colma calles y plazuelas de nuestra Lima, ya cuento con un ejemplar del mismo, en su dedicatoria se lee “A nuestro amadísimo pueblo peruano”, consta de 7 capítulos, uno dedicado a su esposa, la camarada “Norah”, Augusta La Torre, y a Elena Iparraguirre, la camarada “Miriam”, el resto es un conjunto de aburridísimos manuscritos hechos por Abimael Guzmán entre los años 2005 y 2006 que constituyen la base de los escritos legales que presentó su defensa durante el megaproceso en el cual se lo condenó a cadena perpetua.

Creo, después de haber revisado, venciendo el sueño y el aburrimiento, el grueso del libro, que la preocupación del ministro y su histriónica presentación denunciando la comisión del delito de apología del terrorismo, a partir de la presentación y publicación del libro, carecen de todo tipo de sustento legal. Más allá de narrar, en su lenguaje y con la evidente miopía de una mente totalitaria como la de Guzmán, los hechos que marcaron los años de la violencia subversiva en nuestro país, de pretender hacer una lectura “sui generis” de los mismos, de reconocer el fracaso de su proyecto y de proponer una delirante ley de amnistía para los terroristas como parte de un proceso de reconciliación nacional, el libro no nos brinda piezas claras y precisas, que nos puedan hacer pensar que nos encontramos frente a la comisión del delito de apología al terrorismo.

Como todos sabemos el delito de apología se tipifica en el Código Penal como la exaltación de un hecho ilícito o de la persona condenada como autor o partícipe. En ese sentido, se requiere que alguien, de manera expresa, reivindique la realización de un ilícito, terrorista en este caso, o que vanagloria o exalte la figura de un condenado por terrorismo como autor o partícipe. Ahora bien, si tomamos como ejemplo, dos de los párrafos leídos por el ministro en los cuales don Aurelio creyó equívocamente encontrar el sustento de su denuncia, nos daremos cuenta en cambio, que lo que hacen estos señores, desde su delirante concepción Marxista-Maoísta-Leninista de la sociedad, el Estado o la política, es hacer uso, nos guste o no, de su derecho a la libertad de expresión y opinión. Juzguen ustedes:

A 'MIRIAM’. . “A mi juicio, nuestro papel, el tuyo y el mío, ya había sido cumplido (...) quedando solo algunas pequeñas cosas por hacer (...). Ayudémonos una vez más, tú y yo, en la solución de estas cuestiones sobre las cuales hace tiempo ya hablamos”, le dice el terrorista Guzmán a Iparraguirre, (a) 'Miriam’, a través de una carta que le envió al penal Santa Mónica y que figura en el manuscrito.

Otra cita: llegaron más allá de la mitad del camino y a nosotros nos supo aportar a construir la obra, mas no a culminarla, pero el Perú después de los 80 es otro, el nuevo momento de la lucha popular lo demuestra; abierto ante el pueblo está el futuro”,

Como puede apreciarse, en ambas citas, no encontramos dato alguno, evidencia tangible, expresión directa de aquello que el ministro denomina apología al terrorismo con lo cual es evidente que cuando la presente denuncia llegue a manos de un fiscal y/o un juez imparcial e independiente, estos no tendrán mayor opción que archivarla por la orfandad probatoria de la misma.


Debemos recordarle al ministro, que no sólo Guzmán ha escrito un libro en prisión, también lo han hecho, Vladimiro Montesinos, Oscar Ramírez Durand, el camarada “Feliciano”, y el mismísimo Víctor Polay Campos, líder del movimiento terrorista Túpac Amaru, cuyo libro ¿Rebelde o terrorista? fuera prologado por dos figuras del partido de gobierno, Javier Valle Riestra y Alejandro Villanueva del Campo. Sorprende entonces que en esas ocasiones nadie haya hablado de apología al terrorismo o se haya presentado denuncia frente a sus autores, promotores, o como en el caso de los citados apristas, se pretendiera denunciar a los autores de los prólogos de los mismos.

No sorprende que personas en prisión puedan escribir y hasta publicar libros, ello es parte del ejercicio pleno del derecho a la libertad de expresión, opinión y pensamiento a la cual todos los ciudadanos de una sociedad democrática tienen derecho, incluso aquellos que purgan condena, ya que como bien señalan algunos intelectuales “la sanción penal no supone la muerte civil de la persona, sobre todo, en un sistema como el peruano en el cual el sistema penitenciario y la finalidad de la pena tienen como objetivo la resocialización, reeducación y reinserción del condenado en la sociedad”.

Tengan presente, sobre todo aquellos que detentan el poder político, que en democracia, las ideas, cualquiera que estas fueran, se combaten con ideas. Debemos apelar al discurso democrático para desnudar la carencia intelectual y moral de un ideario totalitario y fratricida como el de Guzmán, en el cual el respeto por la vida, la libertad y la dignidad de los peruanos estuvo siempre ausente. Debemos ser responsables al momento de enseñar la historia a nuestros niños y jóvenes, debemos de mostrarles a través del diálogo abierto y la discusión tolerante y plural que Guzmán lejos de ser el gran filósofo o inspirador, tal como ahora lo pretende mostrar su abogado, no fue más que un asesino, cuya guerra insana y sin sentido enluteció la vida de miles de peruanos.

En todo caso, como adelantara en las primeras líneas, esperemos que este desliz jurídico y político, esta metida de pata histriónica, este favor publicitario a Sendero y su ideología, no sea más que eso, un error cometido por un ministro de Estado que llegó a esa cartera sin mayor mérito que su carné aprista, y no una cortina de humo más a la cuales este gobierno nos tiene acostumbrados, cuando en el país se discuten temas más importantes que comprometen a su administración en temas de corrupción, como lo ocurrido últimamente con la irregular concesión del Puerto de Paita, o se pone en tela de juicio la eficacia de la política de lucha contra el narcoterrorismo en el VRAE.

Rafael Rodríguez Campos




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