viernes, 28 de noviembre de 2014

¿HA MUERTO LA SOCIALDEMOCRACIA?


En el año 2010, Tony Judt (1948-2010), uno de los más grandes pensadores contemporáneos, publicó su último libro titulado “Algo va mal”. En este ensayo el autor sostiene que las nuevas generaciones sienten una honda preocupación por el mundo que van a heredar, y esos temores van acompañados de una sensación general de frustración: ¿En qué podemos creer?, ¿qué debemos hacer? Son las preguntas que Judt aborda en este libro, desafiándonos, como se lee en la contratapa, a oponernos a los males de nuestra sociedad y a afrontar el mundo en el que vivimos.

¿Por qué la palabra “socialismo” provoca silencio y/o rechazo en el mundo? Fue la pregunta que un niño le formuló al autor del libro en una conferencia en Nueva York en octubre de 2009. Este niño jamás imaginó que la respuesta a tamaña interrogante se convertiría en el capítulo final de este ensayo, cuyo título: “¿Qué pervive y qué ha muerto en la socialdemocracia?” Ahora nos permite acercarnos al pensamiento político de uno de los más agudos y eruditos intelectuales de los Estados Unidos del siglo XX.

La palabra “socialismo”

El efecto que provoca la palabra socialismo no es unánime en el mundo. La palabra adquiere una connotación diferente en cada país, por ejemplo, alusiones al socialismo en Suecia, Europa, o América Latina, no producen el silencio embarazoso que suele generar en los Estados Unidos. Es por ello, afirma Judt, que uno de los grandes desafíos para cambiar la dirección del debate sobre las políticas públicas en Estados Unidos (yo diría que también en Latinoamérica) es vencer el recelo que tenemos inculcado ante cualquier cosa que suene a “socialismo” o a la que pueda colgarse ese sambenito.


Hay dos formas de hacerlo. La primera es sencillamente no referirse al “socialismo”. Podríamos afirmar que el término está profundamente contaminado por su asociación con distintas dictaduras del siglo XX y excluirlo. La segunda es preguntarnos: ¿Por qué el socialismo atrae a las personas corrientes?, o ¿por qué hoy en día, diversos gobiernos usan principios socialistas para definir y defender sus políticas? Es justamente esta segunda forma de encarar este desafío la que ahora desarrollaremos a partir de la obra de Judt.

“Socialismo” es una idea del siglo XIX con una historia del siglo XX. Eso no impide seguir adelante con el análisis, afirma el Judt, pues lo mismo podríamos decir del “liberalismo”. No obstante ello, es innegable la carga negativa que el término tiene, más cuando Estados totalitarios como la Unión Soviética y la mayoría de sus satélites se definían como “socialistas”.

Socialismo y socialdemocracia

En otras palabras, al “socialismo” le pasa lo mismo que al marxismo, pues por las mismas razones el marxismo está manchado de forma irreversible por su herencia, con independencia de lo útil que todavía hoy puede resultar leer a Marx. Sin embargo, lo que corresponde en nuestros días, es hacer una distinción significativa entre “socialismo” y “socialdemocracia”. Pues siendo términos parecidos (que muchos quieren convertir en sinónimos) presentan diferencias históricas y políticas profundas.


El socialismo buscaba el cambio transformador: el desplazamiento del capitalismo por un régimen basado en un sistema de producción y propiedad completamente distinto. Por el contrario, la socialdemocracia representaba un compromiso: implicaba la aceptación del capitalismo y de la democracia parlamentaria -como marco en el que se atenderían los intereses de amplios sectores de la población que hasta entonces habían sido ignorados-. Estas diferencias son muy importantes, pues la historia ha demostrado que el socialismo -con sus diversos matices y diferencias geográficas- ha fracasado en todos aquellos lugares en los cuales pretendió imponerse. En cambio, la socialdemocracia, apunta Judt, no sólo ha llegado al poder en muchos países, sino que su éxito ha superado los sueños más ambicioso de sus fundadores.

Así, lo que a mediados del siglo XIX era idealista y, cincuenta años después, un desafío radical, se ha convertido en la política cotidiana en muchos Estados liberales: Dinamarca, Suecia, Suiza, Noruega, entre otros. Por eso, cuando en Europa se introduce la palabra “socialdemocracia” al debate, esto no genera mayor silencio o rechazo, como tampoco ocurre en Nueva Zelanda o Canadá.

Las limitaciones de la socialdemocracia

Por lo general, sostiene Judt, durante las últimas décadas del siglo XX los críticos han sugerido que la razón por la que el consenso socialdemócrata (presente hasta inicios de 1980) había empezado a desmoronarse fue su incapacidad para desarrollar una visión que trascendiera al Estado nacional.


Dicho de otro modo, lo que afirmaban los detractores de la socialdemocracia es que no puede haber unas políticas (ni tributación, redistribución o propiedad pública) nacionales de carácter socialdemócrata si chocan con los acuerdos internacionales. Prueba de ello fue el gobierno de Fernand Mitterrand en Francia (1981) y el del Partido Laboralista Británico años después, respectivamente. Incluso en Escandinavia, ejemplifica Judt, donde las instituciones socialdemócratas estaban mucho más consolidadas culturalmente, la pertenencia a la Unión Europea o la participación en la Organización Internacional de Comercio y otras instancias supranacionales, impusieron limitaciones sobre la legislación promovida por gobiernos “socialdemócratas”.

Desde esta perspectiva, afirma el autor, la socialdemocracia –como el liberalismo- fue un subproducto del auge del Estado-Nación europeo: una idea política vinculada a los desafíos sociales de la industrialización en las sociedades desarrollados. Entonces, además de confinarse a un continente privilegiado, la socialdemocracia parecería ser producto de unas circunstancias históricas únicas (al parecer irrepetibles). Ello acaso explica por qué no sólo no hubo “socialismo” en América, sino que la socialdemocracia como compromiso entre objetivos radicales y tradiciones liberales careció de un apoyo amplio en los demás continentes.

La socialdemocracia de hoy

En Alemania, señala Judt, el Partido Socialdemócrata es acusado por sus críticos de abandonar sus ideales universales por metas provincianas y egoístas. En toda Europa se les exige a los socialdemócratas que digan por qué abogan, en qué creen, y contra qué o quiénes se oponen (lo mismo deberíamos exigirle a la izquierda latinoamericana), ya que proteger los intereses de determinados sectores no basta para llevar adelante los grandes cambios que las sociedades esperan. Por eso el silencio de los socialdemócratas europeos (como también el de la izquierda latinoamericana) frente a los abusos cometidos por gobiernos a los que prefieren no mirar, no ha sido olvidado por sus víctimas, constituyendo una mancha indeleble en su historia reciente.


Los desafíos de la socialdemocracia

Para Judt, la socialdemocracia no puede limitarse a defender instituciones valiosas como defensa contra opciones peores (hablamos de los logros sociales conseguidos en el pasado). La socialdemocracia tiene que aprender a pensar más allá de sus fronteras, considerando las condiciones políticas y económicas que la globalización ahora presenta. La socialdemocracia no puede –sin caer en la incoherencia- defender una política radical que descansa en aspiraciones de igualdad o justicia social que es sorda a desafíos éticos más amplios y a los ideales humanitarios universales. En síntesis, la socialdemocracia debe retomar y articular –como lo hizo en el pasado- los problemas de la injusticia, la falta de equidad, la desigualdad y la inmoralidad, aunque ahora parezca haber olvidado cómo hacerlo.

Hoy en día, afirma Judt, las circunstancias han cambiado, los ideólogos del dogma del mercado han perdido fuerza, los Estados (la mayoría) excluidos del llamado G20 de países poderosos han despertado, y se abre un espacio para el debate en torno a las preguntas de siempre: ¿Podemos permitirnos planes de pensiones generales, seguro de desempleo, servicios de salud y educación universales o todos estos son demasiado caros? ¿Es posible un sistema de protecciones y garantías para las personas o es más útil una sociedad impulsada por el mercado, en la que el papel del Estado se mantiene al mínimo? Esas son las preguntas que la socialdemocracia (europea y latinoamericana) debe responder si es que quiere vencer políticamente a sus críticos.

Esto es así, pues si vamos a recuperar al Estado, debemos empezar repensando el concepto de “utilidad”, dotándolo de consideraciones éticas y sociales más amplias, más allá de lo que los defensores de la eficiencia y productividad dictaminen. Entonces, si esta es la tarea, queda claro que la herencia socialdemócrata conserva -aún en nuestros días- toda su vigencia. Citando a Orwell, Judt señala que la mística del socialismo recayó en la idea de igualdad, y que esto sigue siendo así, pues la creciente desigualdad en y entre las sociedades genera movilización e inestabilidad, abriendo espacios para la puesta en práctica de cambios sociales profundos. De allí la vigencia política del pensamiento socialdemócrata.


Finalmente, a modo de llamamiento general, Judt señala que los ciudadanos –sobre todo los más jóvenes- tienen el derecho y deber de articular sus objeciones a nuestra forma de vida (su libro busca justamente eso), ya que como hombres y mujeres de una sociedad libre, todos tenemos el deber de mirar críticamente a nuestro mundo. Si pensamos que algo está mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento. Pues más allá de interpretar el mundo –como han hecho los filósofos- de lo que se trata es de transformarlo.


Nota: Para los interesados en la obra de Tony Judt, recomiendo, además de su libro “Algo va mal”, los siguientes títulos: “El refugio de la memoria”, “Sobre el olvidado siglo XX” y “Pasado imperfecto y Postguerra”. 

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