jueves, 7 de noviembre de 2013

LA OLIGARQUÍA EN EL PERÚ Y AMÉRICA LATINA


No recuerdo exactamente la primera vez que escuché la palabra “oligarquía”, lo que sí recuerdo es que en la mayoría de las veces, quien la pronuncia lo hace asignándole una connotación peyorativa. También recuerdo las clases de historia en el colegio, la profesora a cargo del dictado de este curso usaba siempre este término para hacer alusión a una clase social y/o económica en particular: los terratenientes. Quizás por ello, yo creí durante largo tiempo que “ser un oligarca” significaba formar parte de una clase (los ricos) en contraposición de las grandes mayorías de la patria (los pobres).

Sin embargo, luego de revisar libros y lecturas, y gracias a la orientación de algunos buenos profesores (Sinesio López, Henry Pease, y especialmente Piero Corvetto) me he podido dar cuenta de que el concepto que usualmente se maneja de oligarquía (en medios de comunicación y publicaciones) no es necesariamente el más correcto, por ello, en esta oportunidad, trataré de abordar este tema, advirtiendo que en América Latina la oligarquía ha sido un proceso que se consolidó básicamente entre los años 1880 y 1930 (en el Perú, la oligarquía llegó a su fin recién a fines de los sesenta).

¿Qué debemos entender por oligarquía?

La oligarquía es una forma de ejercicio de la dominación política por un grupo minoritario perteneciente a clases sociales que detentan poder económico y social (Waldo Ansaldi). También podemos conceptualizar a la oligarquía como una forma política e institucionalizada más o menos centralizada que asumió el Estado en países periféricos, en la fase capitalista de exportación de materias primas y alimentos, cuando estuvo en manos de las élites señoriales (Sinesio López).


Características generales de la oligarquía latinoamericana

Para algunos especialistas (Corvetto Salinas), la oligarquía latinoamericana presentó básicamente cuatro grandes características:

1)    Fue un sistema de dominación excluyente que le negó a las grandes mayorías la posibilidad de participar en el proceso de deliberación política, económica y social.

2)    Tuvo como actor principal a la clase terrateniente, pues fueron los titulares de la propiedad de la tierra los protagonistas de excepción en este proceso. El poder económico y social que la clase terrateniente llegó a tener, le permitió consolidar su hegemonía en un sistema político al que lograron poner al servicio de sus intereses.

3)    Apostó por un modelo económico hacia afuera que privilegió la exportación de materias primas (minerales) y alimentos (cereales, azúcar, caña y otros productos) al mercado exterior, sentando las bases de lo que hoy conocemos con el nombre de economías abiertas, generando una enorme brecha (enclaves) entre los sectores vinculados al mercado exterior (tecnificado) y los sectores de producción local (artesanal).

4)    Consolidó su posición privilegiada a partir de la construcción de una red de relaciones parentales y familiares que hizo del matrimonio el instrumento fundamental para garantizar, consolidar y ampliar su poder político y económico a futuro (sólo se casaban entre ellos).

¿Qué tipo de estado construyó la oligarquía latinoamericana?

Los estados oligárquicos latinoamericanos fueron siempre sistemas de dominación racial, étnica y social, de las élites criollas, señoriales y terratenientes sobre sociedades multiculturales, cuya población fue sometida por medio de relaciones de servidumbre y discriminación étnica (Sinesio López).  Eso explica el tipo de estado que la oligarquía construyó, el mismo que  respondía exclusivamente a sus demandas, y que garantizó y protegió sus intereses como si estos representaran a toda la nación. Así, podemos decir que el estado oligárquico se caracterizó por lo siguiente:

1)    Fue un estado patrimonialista pues estuvo al servicio de los intereses de la oligarquía en detrimento de las demandas de los sectores populares excluidos.

2)     Fue un estado que se desarrolló en el marco de una sociedad altamente jerarquizada, en donde las relaciones sociales respondían a criterios de servidumbre y sumisión (terrateniente-siervo).

3)    Fue un estado que apostó por la consolidación de su aparato público, centrando su atención principalmente en dos instituciones: a) La burocracia; y b) Las Fuerzas Armadas.

4)    Fue un estado que buscó progresivamente ganar autonomía e independencia frente al poder religioso.

5)    Fue un estado políticamente excluyente que limitó severamente la ciudadanía, pues el reconocimiento y ejercicio de derechos civiles y políticos (también sociales y económicos) se circunscribió a un pequeño  y reducido grupo de la sociedad (la oligarquía). Basta recordar que en el Perú, por ejemplo, luego de las reformas electorales promulgadas por Nicolás de Piérola (fines del siglo XIX e inicios del XX), el padrón electoral representaba a apenas el 2% de la población de ese entonces (Corvetto Salinas).

Como podemos apreciar, la oligarquía construyó un modelo de estado abiertamente antidemocrático, en donde unos pocos eran considerados ciudadanos, frente a una inmensa mayoría de excluidos, muchos de los cuales vivían en condiciones de servidumbre y bajo el yugo del patrón terrateniente siempre proclive a cometer abusos y vejámenes en contra de éstos.


La oligarquía en el Perú

A diferencia de lo que ocurrió en la mayoría de países de América Latina, en el Perú, el proceso oligárquico se inició tardíamente, y por ello nuestro país tuvo a la oligarquía más duradera del continente, pues debemos recordar que fue el Gobierno de Velasco Alvarado (recién a fines de los sesenta) el que terminó por quebrarle el espinazo a la oligarquía nacional (Pease García). No obstante ello, podemos dividir al proceso oligárquico peruano en tres grandes etapas (Corvetto Salinas):

1)    Primera etapa (1890-1930): la oligarquía ejerce hegemónicamente y de manera directa el poder político (a través del Partido Civil) y económico.

2)    Segunda etapa (1930-1968): la oligarquía ejerce el poder “desde el balcón”, es decir, conserva su poder económico intacto, pero ejerce el poder político de manera indirecta, por intermedio de caudillos civiles y militares a quienes apoya y financia. Recordemos que el gobierno de Augusto B. Leguía se había encargado de liquidar políticamente al Partido Civil (el partido de los oligarcas). Por eso se dice que la oligarquía en esta segunda etapa se vio obligada a gobernar “desde el balcón”.

3)    Tercera etapa (1968-1990): la oligarquía ha sido prácticamente extinguida, sin embargo, muchas familias y grupos que la conformaron, lograron preservar ciertas cuotas de poder económico que años más tarde les permitieron convertirse en actores del proceso político con capacidad de presión y acción.


Características de la oligarquía en el Perú

Como ya lo señalara anteriormente, la oligarquía peruana fue la última en aparecer en nuestra región. Así, en el caso de nuestro país, la oligarquía surgió a fines del siglo XIX durante el gobierno de Nicolás de Piérola y estuvo formada por un grupo aproximado de 25 familias (la oligarquía estaba compuesta por las familias limeñas que semana a semana socializaban en el “Club Nacional”). Del mismo modo, nuestra oligarquía presentó una marcada influencia europea y tuvo como actor político al Partido Civil (fundado por Manuel Pardo y Lavalle en 1872) y como actores sociales y económicos a los terratenientes, quienes gracias a sus lazos de parentesco y familiaridad, forjados a lo largo de los años, lograron fortalecer endógenamente su poder político. Finalmente, podemos decir que en el caso peruano, la oligarquía presentó tres ámbitos centrales de desarrollo: 1) En Lima, fue el Club Nacional el espacio predilecto de los oligarcas; 2) En la costa norte, la oligarquía estuvo representada por los terratenientes del azúcar y la caña; y 3) En la sierra sur, la oligarquía estuvo conformada por los terratenientes vinculados al negocio de la lana.

La herencia oligárquica en América Latina

Nos guste o no, fue la oligarquía la que sentó las bases para la construcción del estado moderno en nuestro continente. Pero además de ello, implementó una serie de medidas que terminaron por cambiarles el rostro a los países latinoamericanos.

La oligarquía apostó por un proceso de apertura comercial y exportación que modernizó nuestra región. Fue esa modernidad la que posibilitó el proceso de industrialización, el mismo que a su vez, abrió el camino para la gran migración y urbanización, permitiendo la aparición nuevos actores sociales, que exigían una mayor participación en la vida política latinoamericana, como las clases medias emergentes, los intelectuales, los nuevos comerciantes, pero sobre todo, los sindicatos y obreros, que a la larga se convertirían en la punta de lanza de los movimientos y partidos populistas que se enfrentaron y acabaron con el proceso oligárquico latinoamericano.


La huella oligárquica que nuestras democracias no han borrado

En el campo económico, el modelo hacia afuera que promovió la oligarquía, basado únicamente en la exportación de materias primas, afianzó una economía dependiente, con escaso valor agregado, carente de una política de industrialización nacional capaz de diversificar su oferta económica para volverla más competitiva; preservando la presencia de enclaves generadores de desigualdad social y económica todavía vigentes en muchos países de América Latina.

En el campo político, las formas oligárquicas de entender y hacer política (mando-obediencia), logró consolidar una tradición y vocación autoritaria que sigue vigente, y que genera, entre muchas otras cosas, una profunda y marcada brecha entre quienes tienen la posibilidad real de hacer valer sus derechos dentro del marco jurídico-político del Estado de Derecho y aquellos sectores mayoritarios que han sido históricamente excluidos.


Así, la exclusión económica y política, que fue el sello característico de la oligarquía, ha impedido que nuestro continente construya una ciudadanía capaz de promover la participación de las grandes mayorías en el proceso político, en condiciones de igualdad y libertad. Esa es la herencia oligárquica que nos acompaña hasta nuestros días, ese es el presente que la oligarquía forjó en el pasado y que las democracias latinoamericanas tienen la obligación de superar en el futuro para la construcción de auténticas repúblicas democráticas. Esa es la huella oligárquica que la política latinoamericana no ha logrado borrar.

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