miércoles, 23 de octubre de 2013

EL HÉROE DISCRETO


No soy crítico literario, soy tan sólo un tipo que ama la literatura y que ha tenido la suerte de leer todas las novelas de Mario Vargas Llosa (MVLL). Sí, soy también un admirador de nuestro premio nobel, tengo en mi biblioteca casi todos sus libros (novelas, cuentos y ensayos) suelo leerlos y releerlos, pues siempre encuentro en ellos algo nuevo que aprender y placeres que disfrutar. Digo todo ello, antes de exponer algunas ideas sobre “El héroe discreto”, su última novela, opiniones que no son las de un especialista (repito), sino tan solo las de un lector para quien MVLL es el escritor más importante de nuestro país y una de las grandes plumas de la lengua española del siglo XX, un creador de talla universal que ha grabado su nombre en la memoria de todos los que hemos crecido intelectualmente gracias a su genio creativo y a su cultura.

Compré esta novela hace unas tres semanas, pero entre el trabajo, los estudios y los avatares de mi complicada vida, recién pude terminar de leerla hace unos días. Le pregunté a un buen amigo qué le había parecido esta nueva entrega vargasllosiana, la respuesta fue brutalmente sincera: “Mario conoce el oficio y sabe contar historias, pero nada más”, me dijo.

Con tristeza debo decirles que mi amigo tenía razón, quienes hemos disfrutado de la ficción de MVLL y de los mundos literarios que él creo con extraordinaria imaginación, debemos empezar a aceptar que el tiempo de sus grandes creaciones, la época de sus novelas totales como la “Conversación en la catedral” o “La guerra del fin del mundo”, ya quedó atrás. Inconscientemente deseo que su mayor y más grande novela esté por venir, su novela final, la que cierre el círculo y lo vuelva a mostrar como el genial deicida literario que él es, pero esa es la ilusión de un fanático, que poco a poco está aprendiendo a comprender que nuestro MVLL no volverá a escribir jamás una novela de este vuelo.



Luego de cincuenta años dedicados a este oficio de contar historias, construir personajes arquetípos, haciendo uso de técnicas vanguardistas que revolucionaron y modernizaron a la literatura latinoamericana haciéndola menos provinciana y local, estoy seguro que a MVLL no le ha resultado difícil escribir en tan corto tiempo una novela como esta en la que vuelven a la vida conocidos personajes como Don Rigoberto, Lucrecia, Fonchito, el sargento Lituma o Los Inconquistables, pero esta vez como actores de un Perú contemporáneo pujante y moderno, diferente al que sirvió de telón de fondo de sus anteriores novelas.

La novela se nos presenta en un formato ya conocido para los vargasllosistas: la estructura bipartita de dos planos narrativos que se alternan y superponen. Como se sabe, esta es una técnica que nuestro premio nobel tomó hace mucho de la obra de otro gigante de la literatura universal como William Faulkner (“Las palmeras salvajes”). Pero si en el caso del escritor norteamericano, como bien nos lo recuerda Javier Munguía, las dos historias jamás se tocan, en el mundo literario de MVLL ambas líneas narrativas suelen converger generando una atmósfera en la que el lector cree estar frente a personajes que viven en un mismo universo, ejemplo de ello son anteriores obras como: “El sueño del celta”, “El paraíso en la otra esquina”, “La tía Julia y el escribidor”, “Historia de Mayta”, así como también sus memorias, “El pez en el agua”.



La novela se inicia con el caso de Felícito Yanaqué, un hombre de origen humilde, hijo de un cholo piurano analfabeto, que luego de mucho esfuerzo logra ser el dueño de la empresa Transportes Narihualá, un hombre que tiene como única herencia paterna la siguiente frase: “No dejes nunca que nadie te pisoteé, hijo”. Pero la vida del laborioso Felícito cambiará abruptamente luego de que un grupo de delincuentes le envíe un anónimo exigiéndole el pago de un cupo mensual a cambio de no sufrir ningún atentado contra su persona.

El otro plano narrativo lo protagoniza Don Rigoberto, otro viejo personaje vargasllosiano, que luego de muchos años de trabajo como gerente general de una empresa de seguros, pedirá su jubilación para dedicarse de lleno a su familia y a sus pasatiempos artísticos, y poder viajar a Europa con Lucrecia y Fonchito, para cumplir así el sueño postergado de toda su vida: recorrer en familia los museos y galerías más importantes del viejo mundo. ¿Cuánto tiempo le había tomado a Don Rigoberto planear con tanto detalle este viaje?



Pero, ¿qué hará Felícito? ¿Cederá ante este chantaje y pagará el cupo? Jamás un hombre honesto y de férreas convicciones como él tranzaría con los criminales, nunca traicionaría la memoria de su padre, así ponga en peligro su vida o la de la persona a quien él más ama: Mabelita, su amor, la mujer de su vida, con quien tiene una relación furtiva por más de 8 años, la única capaz de hacerlo llorar de felicidad. Para ello, Felícito recurrirá a la policía en busca de ayuda, es allí donde aparece el sargento Lituma, el personaje con más presencias en la ficción vargasllosiana, él junto al  capitán Silva, tendrán la misión de dar con la identidad de los criminales e irán a la caza del autor intelectual de esta artimaña.  Cuánto sufrirá  Felícito cuando Lituma le revele que quienes estuvieron detrás del chantaje fueron Miguel (su supuesto hijo mayor) y la propia Mabelita, quienes además de ser cómplices del ardid eran también amantes.

Del otro lado de la ficción, todos los planes de Don Rigoberto corren el riesgo de estropearse gracias al pedido de Ismael Carrera, su amigo y jefe, quien a la edad de 80 y pico años le solicita a este que sea testigo de su matrimonio con Armida, su sirvienta, como parte de una venganza que ha ido maquinando en contra de sus dos hijos Miki y Escobita, que desearon su muerte antes de tiempo para quedarse con su millonaria herencia, y que luego de enterarse de la noticia, correrán a la casa del tío Rigoberto para hacerle saber que moverán cielo y tierra para anular ese matrimonio e impedir que esa chola les arrebate lo que por derecho consideran suyo. Ismael Carrera era su amigo, Don Rigoberto no le podía decir que no, pero, ¿acaso este acto de lealtad fraterna terminará truncando los más anhelados sueños de este héroe discreto? ¿Podrá un Don Rigoberto ya maduro hacerle frente a esta andanada de problemas y salir finalmente airoso?

Estas son las dos historias que de manera ágil y sencilla se superponen, un sello vargasllosiano que dota de naturalidad a la narración, recurriendo a técnicas trabajadas en anteriores novelas, como el uso de diálogos que recrean experiencias pasadas y futuras rompiendo las barreras del espacio y tiempo, con charlas y conversaciones que se narran a través de fragmentos alternados. ¿Es el uso de estas técnicas la huella más visible del genio vargasllosiano en esta novela? Yo diría que sí, creo que si esta novela hubiese sido escrita por cualquier otro narrador, de inmediato la crítica hubiese señalado que la novela estaba marcada por la influencia que el premio nobel peruano ha tenido en la formación de los literatos de nuestro tiempo.



Hace unos días, una amiga me preguntó si yo recomendaría leer esta obra. ¿Quién soy yo para decirle a la gente qué obras de MVLL debe leer o no? Le respondí. Sin embargo, lo que sí puedo señalar es que MVLL es un autor imprescindible en la formación literaria de las nuevas generaciones de escritores, uno no puede decir que conoce de literatura sino ha leído las obras de nuestro premio nobel. Para entender la literatura latinoamericana del siglo XX uno está en la obligación de leer las novelas, ensayos y artículos de MVLL.


“El héroe discreto”, es una novela bien narrada, por ratos es risueña y jocosa, pero al mismo tiempo es bastante discreta y superficial. Las historias que cuenta son increíblemente predecibles, lugares comunes que no entusiasman a un vargasllosista esforzado, un título que los lectores olvidarán con rapidez, pero estoy seguro que MVLL sabe eso, y sabe también que su prolífica trayectoria le permite tomarse este tipo de licencias. Es una obra ideal para un viaje en avión, para un día en el campo, para leer en el bus, pero nada más. Si el autor de la novela no fuese MVLL estoy seguro que este libro no formaría parte de ese diminuto espacio de civilización que es mi pequeña biblioteca. 

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