jueves, 19 de enero de 2012

El caso Omar Chehade: la gran desilusión




Todo terminó. Se activó la máquina del tiempo en nuestra negra política y el Perú volvió a sumirse en el estiércol. El discurso de la lucha frontal contra la corrupción, que le sirviera a Ollanta Humala como bandera de campaña en la segunda vuelta electoral; al menos eso es lo que nos ha demostrado el oficialismo, terminó convirtiéndose en una falsa, oportunista y mentirosa prédica, que empleada sutilmente por los publicistas del actual Presidente de la República, inclinó la balanza electoral y le dio la victoria, permitiéndole llegar a Palacio de Gobierno haciendo suya la frase: “honestidad para hacer la diferencia”.

Algunos lo intuimos, suponíamos que esto podía suceder. Lo que no podíamos presagiar, o simplemente no quisimos hacerlo, era que el cambio y la claudicación principista y de espíritu llegaría antes de haberse cumplido el primer año de gobierno. Errores, tropiezos, denuncias por corrupción siempre han de existir, siempre acompañarán el día a día de un gobierno en el Perú, en Latinoamérica, en el mundo entero. Pero a un gobierno no se lo puede tildar de mafioso o corrupto simplemente por el número de denuncias de este tipo que salten a la luz pública. Un gobierno es corrupto cuando a la luz de los acontecimientos y la contundencia de los argumentos, como ocurrió en este caso, decide, maquiavélicamente, blindar desde el Congreso a un personaje siniestro y despreciable como Chehade, amparándose únicamente en la fuerza de la mayoría de sus escaños. Las razones se exponen, los votos se imponen, así ha sido siempre en nuestro país, y así seguirá siendo, al menos durante los próximos 5 años. Esa fue la conducta fujimorista de los noventa, la aprista del segundo alanismo, y la que ya es posible presagiar en el humalismo. Ojalá me equivoque

Si nos asqueó la manera como el fujimorismo y el aprismo unieron esfuerzos al momento de cubrir con un manto de impunidad a los corruptos durante el último quinquenio, qué podemos decir del humalismo luego de ver cómo encarpetaron el caso Chehade, sin mayor argumento jurídico o político que la simple contabilización de votos a favor de la corrupción. Trece fueron los votos que impidieron que el inefable Chehade se sometiese a una investigación ante la justicia ordinaria. Trece fueron los votos que volvieron a matar la esperanza de un país que está cansado de ver cómo la frase: “otorongo, no come otorongo”, alcanza el estatus de verdad bíblica entre nuestros políticos.

La crónica se resume en pocas palabras: “Como los defensores del ex abogado del Presidente de la República sumaban trece votos, no había más que discutir, no importaba si el informe elaborado por la Sub Comisión de Acusaciones Constitucionales, trabajado con prolijidad por la congresista Marisol Pérez Tello, daba cuenta del enorme caudal de indicios razonables en torno a la responsabilidad penal de Omar Chehade. Así, gracias a la condescendencia que muchos tienen con la corrupción, me pareció escuchar a los cacacenos reflexionar de esta manera: ¡Nosotros somos el partido de gobierno, Perú Posible juega de nuestro lado, nosotros somos trece y ellos doce, al diablo con el informe, Chehade se queda entre nosotros, Chehade es un digno padre de la patria! Además, quién no ha cometido un error”. Disculpen los que razonan de este modo, pero existe una diferencia semántica sustantiva entre error y delito, entre imprudencia y corrupción, entre torpeza y bribonería, entre defensa y testarudez, entre candidez y pendejada.

Y así terminó la historia del caso Chehade, con la complicidad de la bancada oficialista salvándole su curul congresal, con el cobarde apoyo de los congresistas del partido de Alejandro Toledo, y con la venia y mano salvadora de los otrora paladines de la moralidad Yehude Simon y Javier Diez Canseco. Mención especial merece el señor Jaime Delgado, quien en menos de 6 meses de experiencia parlamentaria ha sido rápidamente amaestrado en el arte del encubrimiento, y al votar por el archivamiento de la acusación contra Chehade, lanzó por la borda años de prestigio ganado como defensor de causas justas.

Ollanta Humala y sus parlamentarios han herido de muerte a la lucha contra la corrupción. Si el barro del caso Omar Chehade los había cubierto hasta la cintura con la denuncia hecha por los medios de comunicación por la supuesta comisión del delito de patrocinio ilegal en el cual habría incurrido el “irrenunciable Chehade”, el blindaje y apoyo brindado por el oficialismo a favor de éste terminó por sepultarlos en el fango de la indecencia y del otoronguismo parlamentario más ramplón. Y pensar que el actual Presidente del Congreso, Daniel Abugattás, o el actual Presidente de la Comisión de Constitución del Parlamento, Fredy Otárola, se rasgaban las vestiduras durante el segundo alanismo cuando la mayoría aprofujimorista echaba por tierra toda denuncia, toda acusación, todo afán moralizador. ¿Dónde están estos señores tan decentes? ¿Dónde están ahora que el Perú necesita más de ellos? ¿Dónde están cuando lo que les reclama el electorado es coherencia entre lo que se dice y lo que se hace? Muy sencillo. Están viendo la manera de perpetuar y consolidar esta mayoría parlamentaria que por ahora les permite hacer lo que quieran, a ellos, a sus promotores, y por supuesto, a su jefe mayor, su cacique empoderado con cetro y corona sentado en el sillón de Pizarro.

Pero como es sabido en política, los favores gratuitos, así como los votos de conciencia no existen, y si existen son producto de la imaginación afiebrada de quienes dicen defender al Perú un día y se congracian con quienes lo minan desde sus entrañas a la mañana siguiente. Cómo pagará este favor Chehade, cuáles serán las dádivas que los Yehude, los Diez Canseco, los Delgado recibirán de manos del ex cliente de Chehade, el Presidente de la República. Porque habría que ser muy ingenuo para no estar casi seguro de que detrás de este inmundo blindaje no está la mano de Ollanta Humala. Qué lástima, qué desilusión. Lo dijimos cuando leímos vía twitter la pregunta de la Primera Dama, Nadine Heredia, con respecto a este caso: ¿Tan difícil es caminar derecho? Sí señora Nadine. Caminar derecho es muy difícil, conducirse con honestidad es toda una proeza, casi una hazaña, sobre todo cuando el corrupto sabe que el Presidente de la República, quien personifica a la nación y al Estado, mueve los hilos y hace todo lo posible por convalidar con su silencio primero, y con el apoyo de sus ayayeros congresales después, los irregulares actos de la persona a la cual el propio mandatario le dio el honor de asumir el cargo de Vicepresidente del Perú.

Otra vez nos ganó la cobardía, otra vez se impuso en nuestro país la hediondez de la corrupción, otra vez los faenones descubiertos se convierten en expedientes encarpetados, otra vez el Congreso le hace el juego a quienes no debieron nunca pisar el Hemiciclo, otra vez los cuestionados parlamentarios le cuidan las espaldas a quienes ya perdieron todo tipo de credibilidad, otra vez los peruanos hemos sido timados, otra vez la juventud se desencanta, otra vez la clase política le hace el trabajo a los radicales, a los que creen que al Perú no lo salva nadie, que en el Perú la mierda se exporta, y que para que eso cambie se necesita la llegada de un movimiento mesiánico, violento si es posible, capaz de acabar de una vez por todas con toda esta imagen de país que alcanza el desarrollo económico pero que va en serio retroceso cuando se trata de principios y valores.

Me quedo con una imagen y una frase para recordar. Esas que pasan a formar parte del álbum de la infamia nacional o del archivo de nuestra miseria. Veo a Omar Chehade, una vez culminada la sesión de la vergüenza, cruzar de un lado a otro, acercarse a Yehude Simon y estrecharle fuertemente la mano, con una sonrisa que lo dice todo, y con una altivez de quien sabe que gracias a este “hombre de izquierda”, podrá seguir cobrándole al país su jugoso sueldo de parlamentario, más gastos operativos y otras gollerías que sólo Dios sabe tienen estos fanáticos de las películas de gánsters, sobre todo de aquellas en las cuales los delincuentes siempre ganan. Luego, recuerdo las declaraciones de Yehude Simon tratando de justificar su injustificable actuar: “no se puede condenar a una persona en función de meras presunciones”, sentenció el otrora Premier de Alan García.

Obvio señor Simon, en una democracia la inocencia se presume, no se prueba, pero casualmente debido a ello, lo que se estaba solicitando no era la imposición de una sanción penal en contra de Chehade, eso es una locura, el Congreso de la República no tiene esa prerrogativa, lo que se solicitaba era el levantamiento de la inmunidad de esta persona para que su caso pase a manos del Ministerio Público y del Poder Judicial, respectivamente, pues le corresponde a este último órgano determinar la responsabilidad penal de todo peruano. Bastaba con que se presenten indicios razonables sobre la posible comisión de un delito de corrupción para que el Congreso remitiese el caso a manos de los órganos de justicia. Ahora bien, salvo que el señor Simon sufra de algún tipo de incapacidad mental, súbita y convenientemente adquirida en estos últimos días, o tenga problemas para diferenciar entre lo real y lo maravilloso, todos tenemos claro que en este caso, razones, indicios, pruebas sobre la posible responsabilidad de Omar Chehade existían y de sobra.

El caso Chehade marcará un antes y un después en este gobierno, el caso Chehade será la piedra en el zapato que acompañará la gestión de Ollanta Humala, se equivocan los que creen que en unas semanas o meses el señor Chehade recuperará posiciones y volverá a aparecer como el gran señor, como el héroe de la lucha contra la corrupción. Cuánto daño se ha hecho el gobierno, cuánto daño se le hace al país con este tipo de conductas, cuánto tiempo hemos perdido en tratar de desentrañar este embrollo para que al final, y como siempre en nuestra patria, el acomodo político le gane la partida a la decencia. Dónde terminará todo ese paquete legislativo que el Poder Ejecutivo pensaba impulsar en materia de lucha contra la corrupción, dónde irá a parar el proyecto de reforma constitucional que pensaba presentar, curiosamente el señor Chehade, para tornar imprescriptibles los delitos de corrupción cometidos por funcionarios públicos. El Ejecutivo ha perdido el norte, y los parlamentarios oficialistas han perdido la autoridad moral para encabezar la gran reforma que el país requiere en materia de justicia. Qué pensará el país cuando el señor Chehade acuse a alguien de corrupto, que pensará la juventud cuando vean al señor Abugattás tildar a todos, menos a los suyos, de delincuentes. Seguro sentiremos cólera, rabia, tristeza de ver cómo el Perú es el país de las eternas oportunidades perdidas.

Celebran los corruptos, celebran los que amasaron fortunas con el erario nacional, celebran los que logran abandonar las cárceles gracias a las ventajas y favores del poder, celebran los malos apristas, celebran los malos fujimoristas, celebran los corruptos del régimen de Toledo. Celebran todos, porque en el Perú ya no es posible diferenciar entre buenos y malos, entre honestos y deshonestos. Porque allá donde todos son percibidos como corruptos, entonces nadie es corrupto. Porque allá dónde todo tiene un precio, y donde todo se vende, los valores son siempre relativos y la decencia es una palabra extraña que los peruanos conocemos pero no sentimos.

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