lunes, 11 de mayo de 2009

Ecuador: un autoritarismo popular


Las últimas semanas en nuestro país han estado cargadas de una serie de acontecimientos sociales y políticos que han despertado el interés mayoritario de la opinión pública. Una vez más, los escándalos en el manejo del dinero del Estado en el Congreso de la República, puestos al descubierto con el destape periodístico de los vales de combustible y el pago de pasajes de viaje a los congresistas, la aparición del denominado taxista del desarmador, que atacaba a sus víctimas al interior de su vehículo robándoles todas sus pertenencias o, los ya conocidos problemas en la Policía Nacional del Perú, con las pugnas internas y renuncias sucedáneas en la jefatura de dicha institución, calentaron el escenario nacional impidiendo que otros sucesos, como el que en esta oportunidad comentaremos, sean analizados en la dimensión y con la importancia que su relevancia continental así lo exigen.

Hace apenas dos semanas, el hermano país del Ecuador fue testigo de un hecho que, sin lugar a dudas, constituye un precedente en la historia política y constitucional de esa nación. Después de casi 30 años, 1979 para ser exactos, fecha en la cual el país norteño recuperó su democracia, el pueblo de ese país decidió reelegir al presidente, Rafael Correa, para gobernar hasta el 2013, otorgándole una aplastante cantidad de votos que marcaron el triunfo del oficialismo, luego de una década de profunda crisis e inestabilidad social y política, la cual trajo consigo la destitución de sus tres antecesores, todos ellos en medio de un clima de desasosiego y enfrentamiento civil que hacían pensar en la inviabilidad del diseño político ecuatoriano.

El presidente Correa logra la victoria en primera vuelta debido a que obtuvo un aproximado de 55% de los votos válidos y una ventaja de 28 puntos sobre su más cercano perseguidor, el candidato nacionalista y ex presidente, Lucio Gutiérrez y más de 40 puntos sobre el otro candidato, el millonario Álvaro Noboa. Como se sabe, la legislación ecuatoriana, señala que para evitar el balotaje o mecanismo de segunda vuelta, un candidato requiere de al menos el 40 % de los votos y una diferencia de 10 puntos sobre su inmediato contendor, cifra obtenida con comodidad por el partido de Correa.

Pese a lo positivo de las cifras, el partido del Correa, sufrió un duro revés en la Alcaldía de Guayaquil, considerada la ciudad más próspera del Ecuador, la cual quedó en manos de Jaime Nebot, la cual se ha convertido de un tiempo a esta parte en el bastión de la oposición en Ecuador. Lo mismo ha ocurrido en la conformación de la Asamblea Nacional (congreso) ecuatoriana, en la cual el partido de Correa no ha logrado la mayoría que esperaba y se verá obligado a establecer una serie de alianzas políticas estratégicas con partidos de izquierda, centro izquierda y quizá con el ala más progresista de la derecha ecuatoriana, todo ello con la finalidad de dar impulso a un conjunto de medidas que son prioritarias por el gobierno de cara a la construcción de su denominada transformación y revolución socialista de siglo XXI.

Pero más allá de las cifras, es importante tratar de encontrar respuesta a este nuevo fenómeno de corte populista autoritario llamado Rafael Correa.

Rafael Correa, economista de 46 años, asumió la presidencia del Ecuador en enero del 2007. Su campaña tuvo como propuesta central de gobierno la promulgación de una nueva Constitución que tuviera por objetivo encaminar al país hacia un socialismo que permitiese una mayor presencia estatal en sectores estratégicos de la economía como el sector petro-energético (recordemos que el Ecuador tiene una economía dolarizada desde el año 2000 y que el 50% del PBI ecuatoriano proviene de la venta del petróleo en el mercado internacional).

Una vez instalado en el gobierno, en presencia de un congreso que le resultaba incómodo, decidió cerrar el Poder Legislativo, al mismo estilo de Fujimori en la década del 90, y en su reemplazo, decidió elegir una Asamblea Constituyente encargada de elaborar la nueva Constitución ecuatoriana. Al cabo de unos meses, y con la anuencia de la mayoría de los miembros de esa Asamblea, Correa logra aprobar dicha Constitución de marcado tendencia de izquierda socialista, olvidando por completo el respeto por el pluralismo político y avasallando mediáticamente a cuanto opositor trataba de enfrentar su tono autoritario y antidemocrático, al mismo estilo de su modelo a seguir Hugo Chávez o su hermano mellizo Evo Morales.

En el ámbito de las relaciones internacionales, Correa no perdió oportunidad para alinearse y hacer suyo el discurso antiglobalización y antilibre mercado que viene sobrevolando desde Caracas, pasa por la Paz y, desde luego, aterriza en la Habana. Así, decidió rechazar las negociaciones encaminadas a profundizar el libre comercio con los Estados Unidos, luego, expulsó al representante del Banco Mundial y a dos funcionarios de la diplomacia americana y, finalmente, decidió destinar parte del fondo previsto para el pago de la deuda externa a una serie de programas sociales, todo ello con una clara y abierta intención electoral.

Es preciso recordar que, si bien es cierto el ascenso de Correa a la presidencia de la república fue legítimo y democrático, una vez en ejercicio, el presidente ecuatoriano ha dado muestras de un profundo desinterés por el respeto a las reglas mínimas de la democracia y el Estado de Derecho. Correa no solo decidió disolver un Congreso en el cual no tenía mayoría, y al cual nunca pudo manejar a su real antojo, sino también ha logrado copar el resto de poderes públicos, incluyendo el Consejo Nacional Electoral, tal y como lo afirmaran diversos sectores de la sociedad civil ecuatoriana, opinión que hemos podido verificar mediante diversos canales de información, por lo que suscribimos y hacemos nuestra.

Podemos decir entonces, que el triunfo de Correa, tal y como lo anunciaban importantes firmas y empresas encuestadoras como la Santiago Pérez, Cedatos-Gallup o CMS, a las cuales continuamente hemos acudido en búsqueda de datos durante este último proceso electoral, no es más que el resultado de una campaña que comenzó el mismo día en que Correa asumiera la presidencia en 2007, una campaña basada en el uso irresponsable y desmedido de los recursos públicos en programas que tienen más de esfuerzos populistas y neoclientelistas que de políticas sociales serias, en el control y exposición continua del cual goza en los medios de comunicación social y en un carismático estilo de líder joven que cree que el autoritarismo matizado con dosis de seudo socialismo son el camino para sacar a Ecuador y a la región del subdesarrollo.

Pero el triunfo de Correa, debe ser visto también como un llamado de atención a la partidocracia tradicional del Ecuador, una partidocracia que no ha sido capaz de presentar una opción alternativa seria detrás de un candidato de consenso de centro o centro derecha que le haga frente a este nuevo caudillo de la región, ya que en este proceso electoral, por ejemplo, la derecha no fue capaz de presentar candidato alguno.


Con todo ello, Ecuador y su clase política deberán de andar con cuidado pues deben enfrentar un escenario para nada auspicioso en los próximos meses, la crisis económica, la caída de los precios internacionales de comodities como el petróleo, golpean duramente la economía interna del hermano país del norte, situación, que para muchos, será el termómetro para evaluar el manejo y la eficacia del modelo que Correa y sus amigos de la región pretenden implantar en el hemisferio.

En fin, sólo el tiempo nos mostrará las bondades o maldades de este nuevo modelo socialista de siglo XXI que tanto defienden y proclaman, los Chávez, los Evo, los Castro, los Ortega y los Correa de la región. Los meses que viene serán muy difíciles para nuestro continente, para algunos países más que para otros, sin lugar a dudas; por ello es necesario que tanto en Ecuador como en las demás naciones, la clase política sea capaz de enviar a la ciudadanía un mensaje de unidad y consenso ante la crisis, que pase por consolidar el respeto por los principios constitucionales que hagan posible la convivencia pacífica y democrática entre los poderes del Estado. En todo caso, esperemos que el partido de gobierno ecuatoriano, con Correa a la cabeza, haga todo lo necesario por conseguir este tipo de consensos y no materialice su tantas veces anunciada amenaza de cerrar o disolver el congreso y anticipar la convocatoria de elecciones, en caso el Poder Legislativo obstruyese su plan de gobierno, lo decimos con sinceridad y con la autoridad que nos da el haber sido testigos del accionar de un presidente que mediante el uso abusivo de la fuerza instaló un régimen en el cual los derechos civiles y las libertades públicas eran diariamente vulnerados y en donde la corrupción fue de un hedor que enrarecía y estaba presente en todos los pasillos de los organismos públicos.

Rafael Rodríguez Campos

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