miércoles, 1 de abril de 2009

El poder y la democracia: el error de Alan García


La semana que pasó estuvo cargada de sucesos que desataron la polémica política y social en nuestro país. Por un lado, la demora incomprensible y sospechosa en el nombramiento del nuevo Contralor General de la República, por el otro, la serie de declaraciones que sobre el conflicto limítrofe profirieron altos funcionarios peruanos, chilenos y bolivianos, crisparon los ánimos de la clase política de estos países. Pero, sin lugar a dudas, fueron las declaraciones del Presidente de la República las que generaron mayor preocupación y debate en la escena nacional: “En el Perú, el presidente tiene un poder, no puede hacer presidente al que él quiera, pero si puede evitar que sea presidente quien él no quiere. Yo lo he demostrado”, enfatizó.

Esta fue la manera como el presidente decidió saludar a los banqueros latinoamericanos que se dieron cita en la Reunión Anual de Ejecutivos del Instituto de Finanzas Internacionales, comprometiéndose a brindarles y a mantener un clima de tranquilidad y paz social propicio para sus inversiones. “Aquí no se va a mover nada. De ninguna manera vamos a retroceder eso se los garantizo porque es mi oficio”, puntualizó, arrancando más de un aplauso espontáneo y una sonrisa cómplice entre los presentes.

Las palabras del Presidente corrieron como regadero de pólvora, y ya por la noche eran repetidas una y otra vez en todos los noticieros y programas políticos del medio local. Qué pensaba García cuando profería estas declaraciones, a quién se refería, que candidatura decidirá impedir en los comicios del 2011, se habrá referido a Mario Vargas Llosa, durante la campaña electoral del 90, cuando señaló que el ya había demostrado ese poder de impedir una candidatura que no es de su agrado.

Fue una metida de pata, esa fue la conclusión a la cual hemos llegado todos los que seguimos la noticia y algo sabemos del temperamento de García. Al parecer, la presencia de los banqueros aún lo pone nervioso y es por ello que no pierde oportunidad para fortalecer los lazos de confianza que durante este gobierno ha tratado de establecer con un sector para el cual durante largos años fue una especie de anticristo económico y financiero, sobre todo desde aquél fatídico año de 1987 en el cual pretendió estatizar la banca.

Casi 20 años han transcurrido desde aquella campaña electoral de 1990, tiempo suficiente para hacer ahora una suerte de recuerdo reflexivo y desapasionado en torno a la manera cómo el actual Presidente, y Presidente en ese entonces, ayudado por su partido y por su numerosa clientela política que infestaba cuanto ministerio y organismo público tenía en frente decidió arremeter contra Mario Vargas Llosa cerrando filas en favor de un desconocido y advenedizo Alberto Fujimori que tentaba el Sillón de Pizarro sin otro mérito que el de haber ejercido tímidamente la Presidencia de la Asamblea Nacional de Rectores, pero que desconocía y carecía de las más elementales condiciones de un estadista, o en todo caso, de un estadista auténticamente democrático.

Aquella campaña fue ignominiosa para Vargas Llosa, nunca pensó el escritor que el terreno de la política fuera tan escabroso y tan carente de los más elementales parámetros de la ética democrática. Así lo reconoce don Mario en su libro El pez en el agua, en el cual relata la campaña que desató García en su contra durante esas elecciones y en especial durante la segunda vuelta: “Las piedras eran un asunto secundario en la guerra sucia preparada por García y sus secuaces contra mí, para esta última etapa”, escribe. “Lo de los impuestos era una entre varias operaciones de descrédito con las que el gobierno trataba de impedir lo que todavía a estas alturas parecía un triunfo arrollador del Frente Democrático”, enfatiza. “Se me pretendió presentar como un pervertido y pornógrafo, la prueba de tan aberrante afirmación era mi novela Elogio de la madrastra, que fue leída a razón de un capítulo diario, en Canal 7, del Estado (que tenía entre sus más connotados trabajadores al periodista Mauricio Mulder, hoy congresista y Secretario General del Partido Aprista) a horas de máxima audiencia.

Para los desmemoriados habría que recodar que ésta campaña infame, llena de oprobios, denuestos y libelos de todo calibre fue dirigida por el publicista aprista Alfonso Salcedo, el mismo que luego de más de 10 años publicó un artículo titulado Perdóname, Mario, el torpe fui yo, quizá recordando que su máximo líder tuvo que huir del país durante los años de la dictadura fujimontesinista, una dictadura monstruosa a la cual él ayudó a nacer. Como pueden apreciar, el Presidente no miente cuando asegura que en el Perú el mandatario tiene el poder para evitar que el candidato que no sea de su agrado gane las elecciones presidenciales. El ya lo demostró, y vaya cómo lo demostró.

Como era de esperarse, tamaño exabrupto recibió la desaprobación de toda la clase política, salvo la del partido de gobierno como resulta lógico ( es justo señalar que fue el talentoso político y jurista aprista, Javier Valle Riestra, el único en calificar de grave, tamaño desatino verbal del Presidente, disculpándose por no poder brindar mayores declaraciones sobre el tema por la reconocida disciplina partidaria aprista), la cual encabezada por Lourdes Flores y Ollanta Humala, no dudaron en recordarle al Presidente de la República que en democracia él cumple una función política y constitucional, la cual le obliga a mantener una sobria posición en torno al desarrollo de los procesos electorales, más cuando como hemos podido apreciar, existe una historia y un pasado que no necesariamente hablan de un García respetuoso de aquél principio constitucional y democrático que le exige al jefe de Estado una posición neutral frente a los candidatos que serán elegidos por el voto popular.

Al parecer esta vez, como tantas otras, el Presidente fue presa de la soberbia, la cual en más de una oportunidad le ha jugado una mala pasada, nublándole el juicio, restándole, de ese modo, ese carácter institucional que debe de exhibir la Presidencia de la República.

Pero las críticas fueron cayendo una tras otra, esta vez no provenían únicamente de la clase política o de la oposición, a la cual este gobierno está acostumbrado a ningunear y maltratar. Personalidades del prestigio de Fernando Tuesta, ex jefe de la ONPE (Oficina Nacional de Procesos Electorales), no dudaron en manifestar su extrañeza y preocupación por las declaraciones del Jefe de Estado, advirtiendo que las mismas pueden generar una serie de especulaciones sobre la claridad del proceso electoral del 2011, debido a que podrían ser interpretadas como una vedada injerencia en el proceso electoral. La mismísima ONPE Y JNE (Jurado Nacional de Elecciones) se vieron obligados a emitir un comunicado conjunto descartando cualquier posibilidad de ser utilizados por el Gobierno en los comicios presidenciales próximos.

García se percató del tremendo bolondrón y del ruido político que sus frasecitas habían ocasionado y no dudó en tratar de matizarlas: “El Perú es una democracia y no puede imponer otro presidente. Yo me refería a modelos de gobierno y no a personas en particular”, señaló antes de ingresar a la ceremonia de renovación de la directiva de la Confiep. A esa hora, todo el Perú sabía que era Ollanta Humala el candidato al cual García hacía referencia cuando hablaba de salvar al Perú del retroceso y de bloquear al “candidato antimercado o antisistema”.

Pero más allá del escándalo y del debate mediático y pre electoral que este incidente desafortunado ha ocasionado no debemos perder de vista el problema de fondo que trae consigo este tipo de actitudes y declaraciones de voluntad del jefe de Estado, la cuestión es indagar en torno a cuál es el concepto de democracia constitucional que maneja García y la clase política en general, para a partir de ello poder determinar si este tipo de conductas y declaraciones públicas se condicen con el conjunto de deberes que le corresponde asumir a un presidente en un Estado de Derecho

En ese sentido, habría que recordar que la democracia se funda en el predominio de la mayoría, pero respetando el derecho de la minoría y de la oposición política en su conjunto. La democracia, a diferencia de la dictadura, defiende y consagra la libertad y la igualdad entre los hombres. En tal sentido, la tiranía de un partido, de un hombre, de una casta, de una categoría social o grupo, niegan estos dos valores fundamentales sobre los cuales se asienta nuestro sistema de libertades.

Lo cierto también es que la democracia presupone cierto relativismo político y axiológico, debido a que no existen verdades absolutas en estos campos, ya que la opinión que en un momento determinado de la historia es tenida como válida puede y debe perder vigencia con la llegada de las nuevas generaciones. Es por ello, que la democracia puede ser vista también como aquella forma de gobierno en la cual el juego de roles entre la mayoría y minoría es constante, es casualmente este juego el que asegura la libertad y la igualdad de los hombres, permitiendo que la alternancia en el poder sea constante impidiendo que se consagren poderes absolutos que valiéndose de tal condición impongan esquemas autoritarios para la sociedad, tal y como sucede en aquellos países en los cuales mediante mecanismo ilegales se avasalla y muchas veces desaparece, incluso físicamente, a aquellos que no comparten la posición mayoritaria u oficial.

Es por ello, que el relativismo y, por ende el pluralismo político y la tolerancia constituyen los supuestos ideológicos de la democracia, estos preceptos con su doctrina de que ninguna ideología o posición política es totalmente cierta o totalmente falsa, son necesarios para contrarrestar en la arena política aquella perversa tendencia a creernos dueños de la verdad y ver en el disidente a una persona carente de sentido común o bondad, imponiendo por la fuerza nuestro propio esquema mental.

Ante ello, debemos entonces ser cuidadosos y estar bastante atentos a todo tipo de injerencia que pueda distorsionar el proceso mediante el cual los ciudadanos elegimos nuestro propio destino, como individuos y como grupo social. Debemos de recordarle a los políticos que la democracia es más que una forma de gobierno, es más que el gobierno de las mayorías, la democracia es un estilo de vida integrado por las mayorías y minorías sociales.

Estoy seguro que el Presidente de la República conoce el verdadero sentido de la palabra democracia, aunque a veces se esfuerce por hacernos pensar lo contrario como en la década de los 90 o con sus recientes declaraciones. El presidente, acierta en dar marcha atrás en sus palabras, acierta en el sentido de las mismas cuando dice que si el gobierno hace bien las cosas, logra inversión, genera puestos de trabajo, amplia los servicios sociales, resulta casi imposible que un candidato antisistema, antimercado, o antidemocrático pueda recibir el apoyo de la inmensa mayoría. Los auténticos demócratas combatimos el pensamiento antisistema y autoritario venga de donde venga, pero mediante los mecanismos de la propia democracia, no es necesario convertirnos en un antisistema para defender los valores constitucionales, eso es lo que quisieran justificar algunos, como Alberto Fujimori Fujimori, por ejemplo, los verdaderos demócratas defendemos la libertad y el derecho de todos los ciudadanos de elegir libremente a sus representantes, los verdaderos demócratas pueda que no compartamos el sentir y los puntos de vista de otros sectores, pero siempre estaremos prestos para defender el derecho de otros estos a participar en elecciones libres y expresar sin temor su pensamiento, y ello porque la democracia, como estilo de vida, como forma de gobierno, florece en aquella comunidad en la cual la cultura política, social o económica no se halla dominada por un valor único.

No lo olvide señor presidente, no pretenda imponernos su verdad como si fuera divina y por favor no le haga el juego a los antisistema, que están prestos para utilizar cualquier metida de pata suya para victimizarse y poner en tela de juicio nuestro ya frágil orden democrático.

Rafael Rodríguez Campos

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