miércoles, 15 de octubre de 2008

El hombre del Presidente: Yehude Simon


Cuando uno revisa los periódicos y revistas de hace apenas algunos días, nada podía hacernos presagiar la salida de Jorge Del Castillo del cargo de Primer Ministro y mucho menos la crisis del gabinete ministerial en su conjunto. Es cierto, el gabinete estaba atravesando un periodo de desgaste debido a la propia dinámica y avatares de la función política y, en especial, a los continuos desaciertos cometidos por el Ejecutivo en los últimos meses, sobre todo en los sectores a cargo de los dos ministros más incompetentes de este régimen, el Ministro de Salud, Hernán Garrido Lecca y, el Ministro del Interior, Luis Alva Castro. Sin embargo, y a pesar de lo señalado, la posición de Del Castillo se percibía como estable, al menos hasta finalizadas las reuniones de APEC, fecha a partir del cual el Presidente de la República aprovecharía tomaría la decisión de hacer un recambio en la composición del gabinete y oxigenar al gobierno.

¿Por qué cayó el gabinete? ¿Por qué decidió renunciar Del Castillo? ¿Fueron los audios, el escándalo mediático o la labor de la oposición la que desató la crisis política? Indudablemente el escándalo de corrupción dado a conocer por el programa Cuarto Poder y la posterior denuncia del Ex Ministro Fernando Rospigliosi vinculando a altos funcionarios y personalidades cercanas al actual gobierno en el delito de tráfico de influencias para favorecer a una empresa, dedicada a la explotación petrolera, mediante el otorgamiento de una concesión conseguida gracias a los ilegales oficios de los protagonistas de los audios, el Ex Ministro de Pesquería del primer gobierno aprista, Rómulo León Alegría y, el abogado, Alberto Quimper, trajo consigo un fuerte remezón en las estructuras de Palacio y por consiguiente la salida de importantes funcionarios. A pesar de ello, no creo que los audios en si mismos o el contenido de los mismos hayan precipitado la crisis del gabinete que estamos atravesando. Ya en meses pasados numerosos destapes de corrupción se habían dado a conocer por los medios de comunicación, sin embargo, y con el correr de los días estos habían ido perdiendo importancia en el sentir de la opinión pública; se conformaron comisiones investigadoras en el seno del parlamento, se separaron a funcionarios de rango medio implicados en dichos hechos o se hicieron las denuncias correspondientes ante el Poder Judicial, y en menos de lo que canta un gallo el gabinete y su Premier recuperaban terreno y estabilidad.

¿Qué cambió en este caso? Creo que la diferencia responde a dos elementos que confluyeron para forzar la caída del gabinete. En primer lugar, el comienzo de la crisis estuvo marcado por las declaraciones de Lourdes Flores Nano, pidiendo la censura total del gabinete. El gobierno ya no contaba con el apoyo de Unidad Nacional para blindar a sus ministros, apoyo que dada la coyuntura resultaba ser fundamental si se tiene en cuenta que Del Castillo jamás fue uno de los preferidos del fujimorismo, sector que de la mano del partido de gobierno había escudado a Alva Castro y Garrido Lecca en acontecimientos tan o más bochornosos que los expuestos en los audios del criollamente denominado faenón, pero que en este caso se colocaría al lado del nacionalismo, con lo cual la censura al gabinete era mas que inminente y, por ende, la renuncia del Premier era la única salida para evitar una exposición y un daño mediático innecesario. El segundo factor está relacionado a los magros índices de popularidad y a la enorme desconfianza que el gobierno genera en la ciudadanía, la cual parece tener aún frescos en su memoria algunos de los muchos incidentes de corrupción vividos durante el segundo quinquenio de los ochenta. En ese sentido, parece que la oposición encabezada por la lidereza de Unidad Nacional hizo una adecuada lectura de lo que la calle sentía y decidió salir al frente a pedir la cabeza de todos los ministros.

Pero más allá de las duras consecuencias que este escándalo mediático ha traído para el Ejecutivo, resulta preocupante constatar el enorme perjuicio que este tipo de incidentes causan a la salud del sistema político y a la estabilidad de la institucionalidad democrática de nuestro país. Basta con echar un vistazo a las últimas cifras proyectadas por el Instituto de Opinión Publica de la Universidad Católica para constatar la gravedad del daño. Así, tenemos que el 71% de ciudadanos considera que el escándalo de corrupción en Perupetro fue un hecho grave que involucra directamente a las autoridades del gobierno, el 48% de la población, respectivamente, considera que Alan García tenía conocimiento de estos negociados mucho antes de que salieran a la luz través de los medios de comunicación. La situación empeora al observar que la mayoría de la población no confía en la respuesta que el Estado a través de sus instituciones ofrezca de cara a combatir frontalmente casos de corrupción como los mencionados. Así por ejemplo, el 61% de los limeños tiene poca o ninguna confianza en que el Congreso realizara una investigación seria a los involucrados en este caso, el 59% presenta la misma desconfianza en cuanto al papel que asumirá el Poder Judicial a la hora de sancionar a los presuntos responsables, y el 53% no cree que el Ejecutivo vaya a asumir o implementar medidas eficaces de lucha contra la corrupción.

Por ello, resulta ser fundamental la decisión y el impacto mediático que genere en la ciudadanía la iniciativa del Presidente de recomponer el gabinete ministerial y la labor que el nuevo Premier desarrolle a fin de devolverle al ciudadano común la confianza en su sistema político y en las instituciones democráticas, mas si se tiene en consideración la historia pasada y reciente de nuestra nación, en la cual de cuando en cuando y debido a este tipo de sucesos que cuestionan la capacidad de la democracia para sancionar severamente a los que la destruyen y distorsionan, no tardan en aparecer en el escenario nacional las voces de aquellos nostálgicos de los gobiernos fuertes y autoritarios.

En lo personal, la juramentación de Yehude Simon como nuevo Premier jamás despertó en mí el temor o la ilusión de ver grandes cambios en la composición del gabinete, quizá lo más saltante de los nuevos rostros en el Ejecutivo haya sido la presencia de Remigio Hernani, general en retiro de la Policía Nacional del Perú, quien nunca dejo de criticar duramente la labor de su antecesor y del actual Director General de la Policía Nacional del Perú, lo cual nos hace presagiar un cambio radical en la política y en la manera como se ha conducido hasta ese momento ese sector, lo curioso es que dicho cambio mas parece una jugada mediática que un sincero afán de cambio o enmienda, ya que ningún Presidente incorpora en su equipo ministerial a la persona que desde siempre critico ácidamente a su ministro consentido, no sólo por ser algo políticamente incorrecto sino por un tema de coherencia y compatibilidad en la visión de manejo de un sector tan complejo como el del Interior, claro, siempre y cuando Alva Castro haya tenido alguna visión, cosa que me resisto a creer rotundamente. En síntesis, la juramentación de Simon y la nueva terna de ministros que lo acompañaran en esta su nueva aventura política no me hace más que recordar la novela de Tomasi de Lampedusa: El Gatopardo, en la cual lo personajes se esfuerzan por hacer creer que todas las cosas cambian cuando en realidad no cambia nada, con lo cual, hago mía la percepción de algunos diarios en el sentido de que la novedad en el gabinete Simon es que no hubo novedad alguna, si tomamos como referencia que esta compuesto por 10 de los 16 ministros de Del Castillo.


Sin embargo, y a pesar de la ausencia de cambios y novedades sustanciales en cuanto a nombres en los ministerios, lo cual puede hacernos prever una escasa disposición del régimen de dar un cambio en la manera de ver y conducir el Estado, debo reconocer que la figura de Yehude alcanza para la ilusión en muchos aspectos. En tal medida, es explicable la decisión del Presidente de haber pensado en él como sucesor de Del Castillo. Sabido es por analistas y por la ciudadanía en general que los conflictos sociales y las protestas que más se han sentido en los últimos tiempos en nuestro nación son las que han provenido del interior del país, especialmente en la Región Sur. Con lo cual, resulta lógica la decisión de Alan García de nombrar al Presidente del Gobierno Regional de Lambayeque como Premier con la finalidad de establecer un diálogo y una relación mucho mas cercana con los Gobiernos Regionales y demás movimientos sociales promotores de protestas como la de Moquegua y Cuzco por ejemplo, mucho mas cuando la reducción del crecimiento durante el ejercicio 2009 es casi una realidad, hecho que sin lugar a dudas podría traer consigo nuevas protestas sociales, frente a las cuales el gobierno, su militancia y sus aliados de la derecha hasta este tiempo no han tenido respuesta . En esta coyuntura, la presencia de una figura como la de Yehude Simon cobra vitalidad de cara al nuevo escenario social, económico y político que se nos avecina, no sólo debido a la simpatía personal que en muchos sectores despierta sino también a su conocimiento que sobre el proceso de descentralización ha adquirido estando al frente del Gobierno Regional de Lambayeque.

Ahora bien, es necesario decir que el escenario que le espera al nuevo Premier no es de los mejores. A pocas horas de juramentar como Premier, la oposición encabezada por el Partido Nacionalista, Unidad Nacional y otros grupos, ha hecho saber su descontento y ha expresado sus cuestionamientos a la nueva conformación del gabinete. Al parecer la oposición esperaba mayores cambios en la conformación y el perfil de los miembros del nuevo gabinete que haga presagiar un cambio en la manera de hacer política al interior del Ejecutivo y en el rumbo por el cual marcha el país.

La misma desilusión ha experimentado el SUTEP, el cual por intermedio de su secretario general Luis Muñoz ha señalado su descontento por la terna de ministros de este nuevo gabinete, y en especial por la ratificación del ministro José Antonio Chang en el sector Educación. Ello ha llevado a demás gremios a señalar que la mayoría de los nuevos miembros del gabinete no garantizan un mayor y mejor gasto social en sectores sensibles como los de educación, salud o desarrollo.

Paradójicamente, el sector empresarial a diferencia de lo ocurrido con la oposición y los gremios de trabajadores, le ha dado el espaldarazo al nuevo Premier. Así, Jaime Cáceres, titular de la CONFIEP, ha señalado que el sector privado no tiene temor de la figura ni del pasado de Yehude pues al frente del Gobierno Regional de Lambayeque ha dado muestras tangibles de apoyo y apertura a la inversión privada como fuente de generación de empleo. En esa misma línea se ha pronunciado el titular de la Sociedad Nacional de Industrias, quien considera que la figura de Simon, reconocida como un hombre honesto y luchador social, mejorará la relación capital- pueblo, lo cual generará mayor tranquilidad social.

Queda claro entonces, que arduo será el papel que deberá de interpretar el nuevo Premier, a mi entender, deberá de concentrar su política en una lista de objetivos y medidas concretas vinculadas a tres objetivos fundamentales tales como lucha contra la corrupción, el diálogo con las regiones y los movimientos sociales y el fortalecimiento de los programas sociales que permitan una mayor eficiencia al Estado en el manejo y el gasto público destinado a combatir la pobreza y pobreza extrema.

En suma, sólo el tiempo nos mostrará si la decisión de nombrar a Yehude como Premier fue acertada o no fue sino otra jugada mediática a las que este gobierno nos tiene acostumbrados en su afán de eludir los problemas de fondo que atraviesa el país. Mucho dependerá de la capacidad personal de Yehude, del apoyo político que le brinde el APRA y las demás tiendas políticas y del respaldo que los demás sectores le propinen, en especial los gremios empresariales, que se han mostrado bastante satisfechos con la figura del nuevo Premier, esperemos que ese entusiasmo sea verdadero y no responda única y exclusivamente a la necesidad mercantilista y el interés de grupo que lejos de sentir la necesidad ética de colaborar con el país en momentos difíciles, responda al afán de protagonismo y figuración, propio de aquellos que anhelan ser los primeros en posar para la foto junto al nuevo hombre fuerte del presidente.

Rafael Rodríguez Campos

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