miércoles, 6 de febrero de 2008

Los dos enemigos de la libertad: nacionalismos y socialismos


El día de ayer leyendo las últimas páginas de un libro que comencé hace una semana, me vino a la mente la inusual idea de dar cuenta de él a través de un texto como el que ahora presento, digo inusual ya que todos o la gran mayoría de textos escritos por mi persona versan sobre temas relacionados con las Ciencias Jurídicas, o, en algunos casos temas concernientes a la actualidad social y política de nuestro Perú; más nunca me había atrevido a reflexionar sobre problemas de corte sociopolítico que rebasen los límites de nuestras fronteras, es por ello que el tema que me he propuesto desarrollar en esta oportunidad gira en torno a la importancia de la cultura y filosofía liberal aplicada al campo de la economía; y a su vez sobre la importancia que alcanza el desarrollo de la cultura democrática, con su tolerancia y apertura al pensamiento con el pensamiento, en la manera de relacionarnos con nuestros semejantes, en la manera cómo los Estados en el mundo se miran y se reconocen y, finalmente, sobre la manera como los fundamentalismos, ya sea religiosos o políticos, acaban por minar las esferas de libertad que le fueron otorgadas al hombre para su auténtico y cabal desarrollo.

Así, creo que después de leer a F.Hayek en Camino de Servidumbre, mis convicciones democráticas liberales se han visto afianzadas, más cuando este autor, se encarga de desnudar todas las contradicciones y retardos que la denominada planificación económica y la visión colectivista de la sociedad guardan en su seno, alertándonos, asimismo, de los enormes peligros que dichos planteamientos traen frente a la defensa y consolidación de las libertades individuales y políticas.

Esto que puede parecer obvio en nuestros días, no lo era tanto allá por los años cuarenta, en especial en el año 1943, cuando este libro es publicado, en pleno desarrollo de la segunda guerra mundial, en medio de una Europa que día a día se desangraba por dentro, gracias al régimen fascista totalitario del Fhurer, uno de los mayores, sino el mayor representante de lo que significa la planificación económica y política de una sociedad, el uso de la fuerza, el terror y el miedo como medio de control colectivo en una sociedad que veía como día a día iba perdiendo una porción, cada vez mayor, de libertad.

Dicho todo esto, y antes de comenzar a desarrollar algunas de las más importantes ideas que Hayek desarrolla en este libro, debo decir que en lo personal, si alguien me preguntase cuál es la conclusión a la que llega el lector después de recorrer con éxito las páginas de este texto, es que las ideologías nacionalistas y sus dogmas fundacionales, para sobrevivir necesitan del uso de la coerción , la fuerza y la opresión, así como del uso de la ficción para hacer creer a los ciudadanos de cada sociedad, donde este karma impera, que existen países empeñados en pisotear su soberanía, su historia y su cultura o que el capitalismo y el ejercicio de las libertades económicas, acrecienta, de manera egoísta, la diferencia existente entre ricos y pobres.

Friedrich Hayek escribió en Camino de Servidumbre, que los dos mayores peligros para el desarrollo de la civilización y las libertades del hombre eran el socialismo y el nacionalismo. Quizá el gran economista austriaco hubiera suprimido el vocablo socialismo, y lo hubiese reemplazado por el de fundamentalismo religioso, si es que le hubiese tocado escribir este libro en nuestros días, días en los cuales Camicaces estrellan aviones contra edificios en medio Wall Street, creyendo que así han de obtener la gloria de Alá o terroristas árabes hacen estallar bombas en los metros de Madrid, justificando dicho atentado, en el hecho de que un buen día, José María Aznar, presidente español y líder del Partido Liberal de dicho país, decidió respaldar la invasión de los Estados Unidos en territorio irakí.

El socialismo al que Hayek hacía referencia era el marxista, enemigo furibundo de la democracia liberal a la que estigmatizaba como fórmula encubridora de la explotación capitalista. Ese socialismo quería acabar con la propiedad privada de los medios de producción, colectivizar la tierra, nacionalizar las empresas y la industria, centralizar y planificar la economía y, finalmente, instalar la dictadura del proletariado como paso previo hacia la futura sociedad, mundo ideal en el cual se hayan abolido las clases. Aquel socialismo tuvo su epitafio con la conversión de la China Popular al capitalismo autoritario del partido único, la desintegración de la Unión Soviética en diversos pequeños estados y la caída del muro de Berlín en 1991. Los sobrevivientes de ese socialismo trasnochado, como Corea del Norte y Cuba, son estados que, por el bien de los ciudadanos de esas naciones, ojala estén próximos a la extinción.

Pero, ello significa acaso que el socialismo como planteamiento ideológico y político ha desaparecido de la faz de la tierra, significa que nadie en ningún lugar del planeta se dispone a izar las banderas de la justicia social y de un Estado mucho más humano y más comprometido con el destino de los menos favorecidos, pues no, el socialismo existe, y afortunadamente ha cobrado gran vigor y fuerza en muchos países, y ello es muy saludable para la cultura democrática de nuestros países, pero este socialismo ha cambiado, ha tomado nuevos bríos y se ha tornado mucho más democrático y plural, es un socialismo que acepta que la empresa privada produce más empleo y riqueza que la estatal, sobre todo en una economía de mercado y globalizada como la que ahora tenemos, y es un defensor del pluralismo político, de las elecciones, la libertad y el Estado Constitucional de Derecho. Este nuevo socialismo, más que ideológico es ético y moral. En lugar de empeñarse en sentar las bases para la gran revolución proletaria mundial, se empeña en la defensa de un modelo similar a la idea del Estado de Bienestar, de campañas y políticas públicas de asistencia social a los más desfavorecidos y en una redistribución de la riqueza a través de mecanismos de política fiscal para corregir los llamados desequilibrios del mercado, tratando así de construir una sociedad mas justa y equitativa, en cuanto a ingreso per cápita se refiere. En muchos casos, este matiz social en el manejo de la política y la economía de ciertos países de gobierno socialista, hace que dichas iniciativas resulten poco diferenciables de las que son promovidas por los liberales o conservadores europeos y del resto del mundo. Un ejercicio analítico comparativo interesante, resulta ser el de tratar de encontrar diferencias sustanciales en el campo de las políticas económicas impulsadas por el gobierno socialista de Tony Blair en el Reino Unido y las del partido republicano de Bush en los Estados Unidos de Norteamérica o entre las que aplicó el partido de la derecha española de José María Aznar y las de su sucesor y actual presidente de dicho país Rodríguez Zapatero, líder del partido socialista obrero español.

El nacionalismo, en cambio, sigue, y seguirá por mucho tiempo presente y con más fuerzas en el futuro, en especial en la región del medio oriente y en algunos países de Europa, en los cuales dicho nacionalismo se robustece con la aparición de movimientos terroristas que izan sus banderas. Pero este nacionalismo ya no es el mismo de los días en los cuales Hayek escribió este libro ya no es más el nazismo tremebundo de Hitler, el fascismo totalitario de Mussolini o el autoritarismo desmedido del franquismo. En nuestros días, el nacionalismo ha dejado de identificarse unívocamente con el extremismo y conservadurismo de la derecha y ha pasado a adquirir, casi de manera camaleónica, diferentes rostros y diversos atuendos. A diferencia de lo que ocurrió con el socialismo, el nacionalismo ha cobrado fuerza y ha experimentado un notable surgimiento.

Esto, se hace mucho más palpable, en países como España, en el cual poderosos movimientos y grupos nacionalistas en Cataluña y el País Vasco plantean un riesgo de fragmentación y escisión a una soberanía que cuestionan, algunos lo hacen de manera pacífica otros, en cambio, con métodos violentos. Pero, este nacionalismo, también está presente en países donde el nacionalismo parecía haber llegado a su epílogo. En el Reino Unido, por ejemplo, hasta hace algunos años, el Partido Nacionalista Escocés, era un pequeño club de algunos cuantos hombres y mujeres. Hoy es una importante fuerza política de Escocia, donde por primera vez en la historia moderna de Gran Bretaña las encuestas revelan, a partir del año 2001, que casi la mitad de escoceses se muestran a favor de su independencia. En Francia, Le Front National de Le Pen, antes de dividirse tras la elección del 2001, atrajo entre el 15 y 20% del electorado. En Austria, casi un tercio de los votos en el 2001 respaldó al llamado Partido Liberal de Jorg Haider. Lo mismo ocurrió en Italia en donde el movimiento nacionalista de Umberto Bossi, La Liga Lombarda, sigue empeñado en desmembrar dicho país, separando del resto a todo el Norte.

¿Pero qué son exactamente los nacionalismos?,¿Son de derecha o de izquierda?.A un líder del Partido Revolucionario Institucional mexicano se atribuye haber explicado la corriente ideológica de su partido de la siguiente manera. “El PRI no es de derecha ni de izquierda sino todo lo contrario”. Una confusión de tal naturaleza asoma cuando se busca situar al nacionalismo dentro de los tradicionales conceptos de izquierda y derecha. Y es que precisamente, una de las mayores dificultades para hablar de nacionalismo consiste en que esa doctrina se reproduce y manifiesta con apariencias, formas y comportamientos diferentes, aunque en su raíz, esa diversidad coincida en el hecho de constituir todos, sin excepción, el ser una auténtica amenaza a la cultura democrática. Este nacionalismo se mueve sin dificultad entre éstas antípodas de derechas e izquierdas, y adopta a veces semblante radical, como, en España, ETA o Terra Lliure, o el IRA en Irlanda del Norte, o se identifica con posiciones inequívocamente conservadoras, como el Partido Nacionalista Vasco. Aunque, también es frecuente que sea de izquierda antes de llegar al poder, y cuando lo captura se vuelve de derecha como ocurrió al FLN argelino y así casi todos los movimientos nacionalistas árabes.

Con este recuento, de movimientos nacionalistas de derecha e izquierda, no pretendo borrar de un plomazo, ni mucho menos desconocer y tapar con un dedo, las enormes diferencias que existen entre unos y otros. Naturalmente que constituye una diferencia, mas que sustancial, el hecho de defender una idea de manera pacífica, por la vía de las elecciones, de la ley, dentro de las reglas del debate público y plural frente al asesinato, coche bombas y secuestros de movimientos terroristas. Son diferencias que, en términos prácticos, permiten la convivencia social o la crispan hasta hacerla estallar en un río de sangre como ocurrió en Bosnia o en Kosovo y aún, aunque en menor medida, ocurre en Macedonia. Pero debemos tener claro, que no son los métodos y los comportamientos los que determinan que un movimiento político sea nacionalista, sino un núcleo básico de afirmaciones y creencias que todos los nacionalistas- pacíficos o violentos- tienen.

Ese núcleo, el punto de partida de todo movimiento nacionalista, no es de ningún modo una corriente racional de ideas sistemáticamente organizada, es un acto de fe, una especie de dogma en la que hay que creer sí o sí. Es un acto de fe colectivista, masivo, que atribuye a una entelequia fantástica e inexistente- la nación- un sin número de características trascendentales, capaces de mantenerse impertérritas en el tiempo, indemnes a las circunstancias y a los cambios históricos, preservando una coherencia y unidad entre todos sus elementos constitutivos que sólo se encuentra presente el terreno de la ficción y en el peor de los casos en la mente e imaginación de los Bin Laden, los militantes de Hamás o del Hezbolá.

Así, al lado del colectivismo, el esencialismo de estas creencias, es un ingrediente central del nacionalismo. Para esta doctrina, los individuos no existen separados de la nación, para esta doctrina la libertad siempre cede algunos, y en otros casos, muchos metros frente a un concepto tan indeterminado como gaseoso como el de bien común, beneficio colectivo o bienestar general. El individuo jamás se desliga de la idea colectivista de nación, cordón umbilical que les da identidad, la palabra clave, la piedra filosofal de la retórica y el discurso nacionalista, que los vivifica social, cultural y políticamente, que se manifiesta en ellos en la lengua que hablan, las costumbres, la historia que comparten, la religión, la raza, o lo más alucinante, la conformación craneal y el número de glóbulos rojos o blancos de que Dios o la fortuna quiso dotarlos.

Esta idea rocambolesca, esta utopía arcaica de una comunidad homogénea y unitaria se esfuma, como un castillo de naipes, apenas intentamos confrontarla con las naciones reales y concretas de la realidad, donde todas, absolutamente todas, lucen una heterogeneidad flagrante, en el terreno cultural, racial y social, al extremo que la idea de “identidad colectiva”, resulta un concepto de lo mas engañoso, que bajo su pretensión totalizadora, uniformizadora, desnaturaliza siempre la rica fecundidad y pluralidad humana.

Aunado a este tipo de tesis, los nacionalistas recurren a otro de sus artilugios para convencer y justificar sus planteamientos, ese artilugio no es otro sino el victimismo. Ellos dan cuenta de una larga lista de agravios históricos y usurpaciones políticas, culturales y económicas de las que han sido víctimas por parte de la potencia colonizadora e imperial que destruyó, contaminó o degeneró su nación. Luego, proclaman que dicha nación víctima, por debajo de ellas han seguido resistiendo, conservando indemne su esencia, esperando la hora de la salvación, la hora de la venganza, la hora para encender la pradera o el patio de Bush, para poner un ejemplo más concreto de lo que sucede actuadamente. Pero ¿Hay acaso algún país en el mundo que no tenga desagravios que reclamar a la historia?. Pensemos en el nuestro por ejemplo, si revisamos las páginas de la historia, nos encontramos con un sinnúmero de atropellos y vulneraciones de nuestra soberanía, pero: ¿Es ahora, en pleno siglo XXI, momento para tomar venganza de hechos que sucedieron hace más de un siglo? Pues naturalmente no. El problema es que sólo para los nacionalistas aquellas injusticias y agravios históricos son colectivos y hereditarios, como el pecado original, como la manzana que mordió Adán.

Otra gran amenaza, que va de la mano del nacionalismo, es su proclividad a la instauración de regímenes totalitarios, un totalitarismo que consiste en la negación exterminadora del otro. Así tenemos que sólo los nacionalistas de ETA o de IRA, son verdaderos patriotas, sólo ellos aman a su nación y sólo ellos pueden liderar la verdadera transformación de sus sociedades, eliminado todo tipo de posible apertura y convocatoria masiva a los diversos esfuerzos y planteamientos políticos, económicos, sociales y culturales que surgen de manera espontánea en cualquier sociedad.

Como opinión personal, creo que el nacionalismo, el totalitarismo y toda corriente colectivista que trate de minar las esferas de libertad que le corresponden a todo ser humano, deben de ser combatidos, pero no con las armas como hace Mr. Bush, sino en el terreno de las ideas, del debate político, de la confrontación de planteamientos demostrando una y mil veces que la democracia y que la cultura de la libertad pude satisfacer todas esas demandas que los ciudadanos que tienen la desventura de estar gobernados por nacionalistas fundamentalistas, como sucede en el medio oriente, le hacen a sus gobiernos. Los demócratas debemos unir esfuerzos y demostrar que el régimen de libertades y la legalidad son el camino para la solución de los graves problemas sociales que se viven en nuestro mundo, debemos de asegurar la libertad, el pluralismo y la cultura de paz, para que nuestros hijos entiendan con el ejemplo que todo tipo de diferendo entre los seres humanos encuentra solución a través del diálogo y la búsqueda de consensos. Pero algo es cierto, el nacionalismo no desaparecerá de la noche a la mañana o por inspiración de algún demócrata súper dotado, el nacionalismo sólo se resignará a replegarse cuando una ofensiva intelectual y política, lo derrote en todos los espacios de expresión de la sociedad y una fuerza electoralmente fuerte, no le dejen otra alternativa.


Nota: varias de las opiniones aquí vertidas, han sido recogidas de un artículo publicado por Mario Vargas Llosa en la revista mexicana Letras Libres, en Octubre del 2001.

Rafael Rodríguez Campos

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