lunes, 26 de mayo de 2008

Lima: ciudad gris, triste y maravillosa


Son las 4 de la tarde de un día normal en la ciudad de Lima, estoy parado junto a un semáforo en rojo en la cuadra 4 o 5 de la Av. Abancay justo en el cruce con la calle que da a la iglesia Santo Domingo, en pleno centro histórico de la ciudad. Miro a mi derecha giro la cabeza hacia la izquierda, es la misma figura la que presencian mis ojos, millones de rostros, millones de colores, millones de grises, esto es Lima, una ciudad invadida por la multietnicidad, gringos, cholos, mulatos, negros, altos, bajos, retacos, gordos, flacos, famélicos, pero así, poliédrica y circense es la urbe en la cual me tocó vivir.

Muchos recuerdos asaltan mi memoria, las compras ambulatorias de fiestas patrias o fin de año, a lo largo de esta gran avenida durante la década de los noventa, sobre todo, hasta que un buen día, un buen señor, un empresario de cueros, asumiera las riendas de la Municipalidad Metropolitana de Lima y decidiera acabar con el comercio ambulatorio que invadía parques y veredas por esos tiempos. Recuerdo a mi madre tomando mi mano raudamente para iniciar el retorno a casa, la cual a su vez recordaba que mi padre siempre le recomendaba salir de ese infierno antes de la 5 de la tarde, hora en la que el grueso de la burocracia de nuestro país, abandonaba sus centros de labores, ministerios, Congreso de la República, Palacio de Gobierno, Municipalidad Metropolitana de Lima, Ministerio Público, Juzgados Penales y Civiles, Banco de la Nación, y otros monumentales edificios públicos llenos de cientos de servidores de la nación que salían en estampida a tomar el primer bus a casa, ocasionando una congestión vehicular que convertía un camino de 30 minutos en un periplo de cerca de dos horas o más, ya que uno siempre corría el riesgo de toparse con alguna manifestación, huelga o protesta ciudadana, la cual, por lo general se iniciaba en la Plaza Manco Cápac y tenía su punto de ebullición en pleno Parque Universitario junto a la sede del entonces Ministerio de Educación.

Lima cambió, ya no es la Lima de aquella década, sus calles cambiaron, su gente cambió, no sé si para bien o para mal, pero cambió, pero lo que no cambió, lo que no ha cambiado, ni cambiará, es el insoportable tráfico de la avenida Abancay a partir de las 5 de la tarde, en especial el de los días de semana.

Miro mi reloj, son las 4:05 de la tarde, y debo de apurarme en abordar algún bus con destino a mi hogar, puede ser la línea 27, la cual luego de dejar atrás el centro de Lima, dobla por Plaza Manco Cápac, toma la avenida Iquitos, llega a Vía Expresa y enseguida cruza la avenida Javier Prado ingresado por Rivera Navarrete, llegando a mi destino en San Isidro. Pero no, mejor no, he comprado un libro en una de esas ferias de libros de segunda mano, en las cuales los vendedores pueden ofrecerte desde la edición de 1962 de la “Orgía Perpetua: Ensayo sobre Madame Bovary”, de Mario Vargas Llosa, hasta la colección completa de revistas para caballeros europeas del año 1968, el año en que estaba prohibido prohibir, y lo último que deseo es un bus como la línea 27, en la cual pareciera que choferes y cobradores han firmado un contrato de promoción de ventas con cuanto vendedor ambulante desea abordar su vehículo, créanme que en esas condiciones es imposible darle una hojeada a mi nueva adquisición literaria: “La Romana”, de Alberto Moravia.

Pasan los minutos, llega la impaciencia, no aparece por ningún lado mi segunda opción, los colores verde grises de la línea 91, no es posible, mi reloj marca las 4: 30 de la tarde, pronto aparecerá el tsunami de gente uniformada de corbatas fosforescentes y camisas manga corta, en el caso de los caballeros, y conjuntitos marca Parque Cánepa, en el caso de las damas, y yo sigo aquí en plena avenida Abancay.

De pronto, y de manera casi automática, subo a la volada a un vehículo, no me lo van a creer, estoy agradecido a la vida, he conseguido un asiento en la parte trasera del bus, junto a una ventanita al lado izquierdo del vehículo, y estoy en verdad agradecido, porque todo aquél que ha tomado un bus en esta avenida sabe que si encontrar un asiento vacío es ya un suceso, encontrar uno junto a una ventana es realmente todo un milagro divino.

Ha sido un día de suerte, conseguí el libro que buscaba y ahora podré leer con tranquilidad su prólogo de 10 páginas, tengo más o menos entre 40 y 50 minutos para “La Romana”, antes de llegar a mi hogar.

De pronto, levanto la mirada, se acerca el cobrador a mi asiento, extiende la mano, gesto que, dentro de los códigos comunicacionales que como pasajeros debemos manejar, constituye una invitación a hacer efectivo el pago del boleto de transporte, meto mi mano en el bolsillo derecho de mi pantalón, extraigo de el mi monedero, y le alcanzo una moneda de un sol, a cambio, recibo un boleto color azul, el cual, de acuerdo a ley, me otorga la garantía de estar asegurado en caso de algún siniestro o accidente de tránsito. No puede ser, el boleto corresponde a la Línea 27, no puede ser, entre el alboroto, la prisa y mi temor por recibir las 5 de la tarde en plena avenida Abancay, una vez más estoy a bordo del bus de mis pesadillas, no demora en aparecer uno, dos, tres, cuatro, cinco o hasta seis, vendedores al paso, desde aquellos que ofrecen llaveros, agujas, porta documentos, seguidos por los que por el precio de un sol obtienes un lápiz, lapicero azul, rojo, negro y un resaltador amarillo o verde, de segura poca vida, hasta los enfermos de SIDA que te piden limosna, los que acaban de salir del penal de Lurigancho y no encuentran trabajo, o los carismáticos cantantes criollos, vernaculares o modernos que luego de entonar dos o tres canciones pasan la latita o el sombrero pidiendo una colaboración para el artista peruano.

No terminaba de leer el primer párrafo de este mi nuevo libro, cuando de pronto, la voz ronca del primer vendedor de mi viaje interrumpe la conversación de unos, el sueño de otros, la lectura de pocos o simplemente el pensamiento perdido de los de la mayoría de pasajeros que están a bordo de este bus. Se trata del señor de las agujas, que ofrece un estuche de 20 agujas por el módico precio de un nuevo sol, siempre necesarias para el hogar, para zurcir manteles, calcetines o servilletas, un regalo perfecto para la esposa, la abuelita o la mujer del hogar. Pero esta vez el señor de las agujas viene recargado, ya que no sólo nos vende agujas, su pequeña niña nos ofrece al mismo tiempo el pack de materiales de escritorio, también al precio de un sol, pero esta vez la promoción es más tentadora, ya que por la compra de uno de los dos productos, el comprador se podrá llevar a casa un porta documentos color rojo, negro o azul, completamente gratis, para darle larga vida al documento nacional de identidad, al carné del seguro social o a las tarjetas de crédito, el problema es que abordo, nadie tiene una tarjeta de crédito ya que el único crédito que se conoce es el que mes a mes deben de pagar al Banco de la Nación, por el préstamo solicitado para cubrir la pensión del mayor de los hijos que acaba de ingresar a la universidad o para saldar las deudas que dejó la campaña escolar y la compra de uniformes de los tres hijos con los que dios los bendijo. Además, en caso de que uno no requiera de ninguno de sus productos, siempre podrá llegar a casa con alguno de ellos, con el sentimiento de haber hecho una obra de bien, ayudando a un padre que siendo abandonado por su esposa, día a día sale a las calles, acompañado de la mayor de sus niñas, para conseguir la lata de leche o el kilo de arroz para la alimentación del resto de su prole.

Esta vez, parece que los modos, los productos, pero sobre todo, la triste historia narrada por el vendedor, dieron sus frutos, seis fuimos los pasajeros a bordo del vehículo que nos vimos envueltos por su discurso, y a pesar de que el señor de mi costado dormía con un ojo abierto y otro cerrado, esperando que las compras culminen rápido y este cholito de mierda, como el dijo baje del bus o que la señora del asiento de adelante diga que seguro su mujer lo dejó por borracho o mujeriego o que las dos señoras de carteras “Polvos Azules” comentaran que la pequeña niña era muy clarita paras ser hija de él y que seguro la madre que los abandonó era una cualquiera, la compra en este bus le resultó, si mi visión no me ha fallado y mis cálculos tampoco, fueron entre 6 y 10 soles los que en este vehículo logró vender. Lo curioso es que de las seis personas que les compramos algún producto a estos dos personajes, 5 de ellas eran abuelitas como la que yo tengo en casa, las 5 compraron las agujitas diciendo que no hay nada más entretenido que coser las medias de los nietos viendo las telenovelas de canal 4, y yo, curiosamente, también compré las agujitas, también para mi abuelita, la diferencia es que ella ve las telenovelas en el canal 12, el canal mexicano “Telenovelas”, y eso, porque las abuelitas del bus, según pude escuchar, vivían en Villa El Salvador, distrito en el cual, no todos tienen televisor, y por ende, nadie o casi nadie cuenta con el servio de cable en sus casas, casas en las cuales muchas veces la preocupación no es el cable sino el desagüe o el alumbrado público que solicitan pero que el gobierno no les brinda, al menos eso dicen las abuelitas del bus, versión certificada por la señora Adelina, trabajador incansable de mi hogar hace más de 10 años.

Al poco rato, y luego de mirar por la ventana del bus y descubrir los nuevos colores con los cuales están pintando la fachada de la antigua Biblioteca Nacional ubicada en la Avenida Abancay, sube a bordo un nuevo vendedor, esta vez es el ex presidiario del Penal de Lurigancho, que acaba de salir de dicho recinto, y no encuentra trabajo, ya que la sociedad no le quiere dar un segunda oportunidad, lleva tres días sin comer, y lo único que desea es que le ayudemos a juntar 3 soles para que pueda comprar una bolsita de caramelos de limón, ya que no desea volver a delinquir, lo curioso es que al parecer, nos coloca como responsables de su destino, nos dice que es por el egoísmo de algunos como los que en este bus se hacen los dormidos o los que se hacen los que conversan, la razón por la cual, él quizá volverá a pararse en las esquinas esperando a un descuidado transeúnte para arrebatarle su bolso o sus paquetes.

Al parecer, su discurso mitad yo soy un pobrecito mitad delincuencial, no recibe muchos aplausos, y menos una retribución económica, algunos lo miran con miedo, y esconden inconcientemente sus monederos, unas en su falda, las abuelitas abren sus blusas y lo colocan en sus partes íntimas, llámese en sus sostenes, los jóvenes abrazan sus mochilas y las señoritas, cambian de lado sus carteras; otros lo miran con asco, especialmente, luego de que para darle una mayor impacto a sus palabras decide descubrirse el pecho y muestra los miles de cortes adquiridos en prisión, el asco es generalizado, se lo mira como un pobre diablo, alguien que no debería haber salido nunca del penal, todos piensan, y así lo dicen en voz baja, este no tarda en robar otra vez, este quiere plata para la droga, esta con unos ojos que delatan una noche de pasta y alcohol, a pesar de eso, otros como yo, lo miramos con pena, temor y desconcierto a la vez, pena, pues su situación personal es calamitosa, miedo, porque en cualquier momento puede tener un arrebato y lanzar una grosería al aire, y desoncierto, porque el rostro de este vendedor, es el rostro del sistema penitenciario de nuestro país, sistema que no reeduca, ni rehabilita ni resocializa, sino todo lo contrario, envilece y aumenta el potencial criminal y la agresividad de aquellos que pasaron por sus predios. Lo anecdótico, y es algo que muchos cómicos de la calle señalan, es que a este paso, con gente que cada día deja las cárceles de nuestro país, prono Lurigancho se quedará vació, y la empresa “Ambrosoli”, productora de dulces y golosinas, tendrá que competir con los más de 10000 reclusos que tiene este penal en la actualidad.

El bus sigue su camino, ya estamos en plena avenida Iquitos, de pronto suben dos pequeñas, una de aproximadamente 14 o 15 años, otra, su hermanita menor, de 8 o 9, la mayor sube por tanto un parlante y un micro, la menor, sube con un discman entre sus manos. Esto es inédito, nunca lo he visto, chofer y cobrador que ya las conocen las suben a bordo con una agradable sonrisa, vuelven a bajar el volumen del radio, pero esta vez con agrado y algo de ternura, radio que a esta hora, esta en el dial de la hora del lonchecito, programa conducido por el gran koki, amigo entrañable del tipo Ronco, hoy es viernes, y el programa está dedicado a los más grandes de la “Nueva Ola”, de inmediato la voz de Nino Bravo y su ya clásico “Dejaré mis tierras por ti, dejaré mis campos y me iré, lejos de aquí…”, se desvanece, la niña mayor toma el micro, conecta el parlante a una batería marca Record, y comienza a entonar con gracia y entonación los temas del grupo del momento, del Grupo 5, su pequeña hermana la acompaña con los coros, súbitamente todos nos vemos envueltos por su embrujo artístico y al ritmo del Embrujo, ya pensamos en la propina que bien merecida le debemos de ofrendar, pero la jarana no queda ahí, a ritmo de “Quién no lloró, como me sucede a mí, amarte como amé y te olvidan….”, la niña menor pasa por los asientos, algunos le damos , un sol, otros cincuenta céntimos, otros le obsequian una fruta, una galleta, lo que traen consigo, pero todos con una sonrisa, que refleja la ternura y la admiración por el talento y deseo de superación de nosotros los peruanos. Culmina su presentación, la gente la mira, la felicita, pero sobre todo le brinda su cariño, es probable, que esta artista del pueblo, no participe jamás en un “American Idol”, pero estoy seguro que su figura, su talento y su enorme carisma permanecerá en la mente y memoria de todos los que fuimos testigos de esta magnífica experiencia.

Si hacemos cuentas, ella y su talento, fueron premiados con nuestra modesta ayuda económica, y esta vez, nadie tuvo miedo, nadie tuvo asco, nadie tomó con fuerza sus prendas, monederos o billeteras, nadie habló de lo miserable que debe ser estar sólo en este mundo luego de ser abandonado por el ser querido, tampoco sobre la marginalidad y al criminalidad de nuestros ex presidiarios, esta vez la honradez, el carisma y la sinceridad de un par de niñas, nos hicieron olvidar lo difícil que es viajar en transporte público en Lima.

Estoy ahora en mi casa, sentado frente al computador, mi madre nos llama a cenar, mi abuela está feliz con sus agujitas nuevas que hace un momento le regalé, y yo tengo la firme intención de narrarles esta historia, lo haré de manera breve, no me detendré en detalles, pero si me piden que la resuma en una frase, diré que el Perú es Lima, que Lima es la avenida Abancay, que la avenida Abancay es el bus de la línea 27, y que la niña de la voz melodiosa, es la razón por la que muchos peruanos aún permanecemos aquí.


Rafael Rodríguez Campos

Etiquetas: , , , , , ,

1 comentarios:

A las 1 de junio de 2008, 16:30 , Blogger magari ha dicho...

Hola Coquito. Tu "paseo por Lima" refleja tu vena de cronista. Tienes una bonita redacción, lo que escribes logró lo que muchos escritores buscan: que el lector se sienta el personaje y aunque es en primera persona yo me sentí en aquella línea de bus que se despelazaba por esa Lima que a pesar de todo quiero muchísimo. Para los que la conocemos sus peculiaridades no nos extraña lo que cuentas, como lo cuentas es lo que destaca.

A ver si te animas y haces un recorrido por la Lima bohemia pasada la medianoche.

Sigue escribiendo Coquito.Con cariño fraterno:

maga

 

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Página principal