miércoles, 17 de septiembre de 2008

Televisión, opinión pública y democracia


La democracia como forma de gobierno se funda en el predominio de la mayoría, pero respetando el derecho de la oposición política y de las minorías sociales. La democracia persigue la libertad y la justicia como valores centrales. La democracia es también un ejercicio de autogobierno y autodefinición colectivo, que exige que los cargos de los representantes políticos sean elegidos por el pueblo y que el Estado sea receptivo a los deseos e intereses de la ciudadanía. En tal sentido, para que el ciudadano pueda ejercer dicha atribución requiere de medios que le permitan estar informado acerca de los diversos candidatos a ocupar los cargos públicos, y para que analice y juzgue las políticas, las prácticas y la manera de conducirse del gobierno. Es así como en las sociedades modernas, los medios de comunicación masiva, la prensa, la radio y la televisión, son la principal institución llamada a realizar este cometido, y para poderlo llevar a cabo de manera cabal y democrática requieren de un cierto grado de autonomía respecto del Estado y sobre todo del gobernante que lo dirige. Esta autonomía es de orden económico y jurídico. La primera se refiere al hecho que los medios de comunicación no dependan económicamente del Estado para su financiación, ni puedan los políticos o autoridades de gobierno manipular a los mismos a base de contratar y despedir a periodistas o emisoras. La segunda en cambio se refiere a la existencia de un conjunto de normas legales que imponen un límite a la capacidad del Estado para silenciar a sus críticos, especialmente a los que provienen de los medios de comunicación, a través de procesos civiles o penales.

Dicho todo ello cabe preguntarnos por la labor que los medios de comunicación, y en especial la televisión, vienen cumpliendo en nuestro país durante los últimos años y de esa forma poder señalar si los medios de comunicación actuales ponen al alcance de la ciudadanía la información necesaria para que ésta analice y participe de manera más idónea en la formación de la opinión pública y en el proceso de toma de decisiones políticas en general, ya que sólo de esa manera los individuos pueden ejercer cabal y libremente su derecho al autogobierno, atribución elemental de la cual gozan los individuos en una sociedad plural y democrática.

Debemos de precisar que en el presente artículo basaremos nuestro análisis en uno de los medios de comunicación masiva más importante: La televisión. Esta decisión no resulta ser antojadiza ni tampoco efectista, ya que hoy en día parece irrefutable que la televisión se ha convertido en la fuente de información por excelencia del ciudadano medio, la cual ha realzado la función de los medios de comunicación en la toma de decisiones políticas como la elección de un determinado candidato o en la adhesión o rechazo a la labor realizada por el gobernante de turno, tal y como quedó demostrado en los Estados Unidos, a partir de la cobertura de los debates en la carrera hacia la presidencia entre Kennedy y Nixon a principios de la década de los sesenta, y en Europa, desde mediados de los sesenta, o en el Perú en la década de los noventa durante la cual los medios, capturados por el gobernante de turno, borraron de su programación todo punto de vista crítico o alternativa distinta al discurso oficial impuesto por el fujimorismo.

Resulta ilusorio, dado el escaso espacio del cual dispongo en este momento, pretender hacer un diagnóstico exhaustivo de la programación televisiva global que se ofrece en nuestra pantalla a diario, sin embargo ello no nos impide hacer referencia a algunas de las grandes carencias de las cuales adolece nuestro menú político televisivo, carencias que repercuten en la ciudadanía, a la cual se le niega, ya sea por ignorancia o por interés, la posibilidad de conocer detalles o información vinculada con el manejo de la cosa pública o, como se dice comúnmente, con la marcha del país y la gestión del gobierno. Ante ello me animo a afirmar, sin temor a equivocarme, que somos un país que no cuenta con verdaderos programas de información y análisis político, y somos también uno de los pocos países en los cuales a pesar de calificarse formalmente como democrático, cuenta con medios de comunicación que cierran sus filas frente a discursos no alineados con el oficial u opiniones que critican el estado de cosas actual, desnaturalizando su labor comunicativa, plural y tolerante por excelencia con la diversidad de puntos de vista, para convertirse en voceros, comparsa de turno o caja de resonancia de los discursos que provienen de Palacio de Gobierno, incapaces de lanzar una crítica contra el desempeño político de sus gobernantes o contra la manera cómo estos entienden el quehacer político y la labor de gobierno, o , por último, incapaces de hacer referencia en la pantalla a los problemas de fondo que el país afronta, en suma, contamos con una programación de seudo programas políticos que están mas cerca de ser la extensión audiovisual de la página roja o policial de un diario amarillo, que un espacio libre para el debate, la confrontación de ideas y argumentos políticos, a partir del cual el ciudadano pueda formarse una opinión crítica y responsable en torno a la marcha del Estado.

Lo dicho anteriormente no responde a una posición personalista, que pretenda imponer desde la soledad de una sala de lectura, una visión en torno a la manera como los medios de comunicación deben informar o desinformar, no es intención de quien escribe delinear el gusto de la ciudadanía en torno a la elección que decida hacer, durante las 5 a 6 horas diarias que pasa frente al televisor, como sucede en los Estados Unidos o en España, al momento de apretar el control remoto y depositar su atención en algún determinado tipo de programa televisivo, ello resultaría ser tan antidemocrático como el clausurar un medio de comunicación crítico con el gobierno o comprar a los dueños de los mismos con la jugosa propaganda del Estado que año tras año mueve miles de dólares en nuestro país y en el mundo; la intención del autor es únicamente llamar al atención sobre la manera como aquellos programas y periodistas que se proclaman con autobombos como políticos distan mucho de serlo, deformando la información y encaminando a la ciudadanía por un único rumbo, el cual casualmente coincide con la visón política y de Estado que nuestro presidente nos ofrece en cada uno de sus sesudos artículos titulados “El Perro del Hortelano” (Parte 1, 2, 3, etc.), como si la misma fuese la única digna de ser leída, escuchada o vista, o como si los compañeros del partido de la estrella fuesen los depositarios de la verdad sobre todas las cosas, hecho que linda con el absurdo si se tiene en cuenta que la esencia de la democracia, la cual promueve la participación de los diversos sectores y fuerzas sociales, es contar con medios de expresión independientes capaces de presentar en su programación las más diversas corrientes de opinión por más que éstas le resulten incómodas o chocantes al Señor Presidente o a sus Ministros de Estado.

Basta con echar un vistazo a las encuestas de opinión que mes a mes son elaboradas por los mismos medios que nos “informan” para comprobar hasta qué punto las personas de a pie, esas que en su mayoría eligen al gobernante cada 5 años, desconocen los temas más importantes de economía, política o gestión del Estado, así como las más elementales ideas universales. Por tanto, con una ciudadanía que presenta un escaso conocimiento de lo que está sucediendo, la cual no ha sido ni es educada para pensar y analizar los problemas sociales, la gran masa reacciona políticamente según los deseos imperantes y no por motivos medianamente razonados, situación que agrava o entorpece el camino hacia la construcción de una sociedad auténticamente libre. Ello resulta ser bastante preocupante si te tiene en cuenta que una opinión pública que razona poco como la nuestra, que con frecuencia es guiada por pasiones y no razones, y que van en busca siempre de una inspiración que la movilice, la recibe de una televisión que suministra ideas e información, hábil pero no necesariamente honestamente concebida, queda a merced de quienes en estos momentos compartiendo celebraciones con algún alto funcionario, Ministro de Estado, líder político o alguien más, renuevan sus fidelidad absoluta con la voz oficial, negándose y negándole a la opinión pública el acceso a otras verdades, a otras voces, que no siendo tan rentables desde el punto de vista económico para los dueños de los canales de televisión, si lo son desde el punto de vista ético y político al momento de asegurar un transparente proceso de toma de decisiones y al momento de consolidar la participación de una ciudadanía medianamente informada, la cual tiene el derecho de acceder a la pluralidad de opiniones, vengan de donde vengan, a fin de que el juicio que se forme sea el resultado de un ejercicio absolutamente autónomo y soberano y no la consecuencia de un sistema que esconde lo que no le conviene bajo la alfombra, o en este caso, en la oficina del editor, del productor o del dueño del canal.

La situación actual es como ya mencioné preocupante, más en un país que tiende al autoritarismo cuando el gobierno de turno no encuentra un freno en la oposición democrática o en la que proviene de los medios de comunicación y la opinión pública, por eso el interés del poder y de los grupos de interés, además de los partidos políticos por controlar los medios de comunicación, y en especial la televisión, sabedores de que las corrientes de la vida social no son espontáneas sino que obedecen a valores e intereses dirigidos. Así, se nos vende una gran mentira, se nos hace creer que somos los amos cuando no somos mas que consumidores de programas enlatados, el pueblo resulta ser formalmente dueño de las decisiones, pero las toma conforme sean las iniciativas de pequeños grupos de poder, de ahí deriva el creciente interés contemporáneo de los políticos y grupos de poder real por ganarse a la opinión pública, bautizada por Kinsgley David como la “arena intelectual de la sociedad moderna”, porque su dirección es disputada y requerida por todos.

Es preciso entonces iniciar una cruzada a nivel de la ciudadanía por democratizar los medios de comunicación y la televisión, pues nosotros somos los dueño de IBOPE cuando tomamos entre las manos el control de nuestros televisores, debemos de decirle no a programas políticos tan políticos que son incapaces de mostrarnos una realidad distinta a la que el gobierno pretende hacernos creer vivir como si los peruanos viviésemos en el mundo de Alicia en el país de las maravillas. Debemos de exigirle a la televisión que rompa su lazo matrimonial con el hombre instalado en Palacio de Gobierno, pues sólo las verdades de la democracia nos hacen auténticamente libres, y nos convierten en ciudadanos capaces de sopesar intereses y valores múltiples, con un juicio y pensamiento político propio, con el derecho a leer al “Perro del Hortelano” y a lo demás perros también.

Rafael Rodríguez Campos

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